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“En este escenario, ¿qué puede
hacer la oposición mayoritaria en Diputados? Tres caminos. El primero, perder. Recortan, modifican,
va al Senado y pierden. El segundo, no aprobar nada. Si no hay
aprobación, nada pasa al Senado. Si nada pasa al Senado, no hay
ley. La tercera posibilidad es la negociación
política global (a la espera de una reforma constitucional que
arregle este engendro legislativo). Los seis partidos en el Congreso,
o al menos 5, deberían hacer un acuerdo global que se aprueba
en Diputados y en Senadores. Puede no gustarle
al oficialismo, pero la alternativa es que no les aprueben nada
por el temor de ser contradichos radicalmente en el Senado.
“Entonces, hoy la delegación de
facultades es
una prueba de fuego triple. Primero, para la reforma
constitucional que nos llevó, sin mucho debate y con mala técnica,
a un bicameralismo entrampado. Segundo, para el Ejecutivo. Diputados
solo tiene poder mientras la decisión está en sus manos y ese
poder, que puede ser obstruccionista sin duda (hay ya una larga
experiencia desde el 2016 por parte del fujimorismo) desaparece en el
Senado. ¿Van a perderlo tan rápido? No lo creo y, frente a esta realidad
política, ¿cuál será la respuesta del Ejecutivo? Tercero, es
una prueba de lo que podrían ser capaces de articular Nieto, López,
Sánchez y Belmont. Lograron la mesa directiva de Diputados,
pero si no son capaces de unir y mantener al menos 66
votos, le entregarán todo el poder a Keiko Fujimori,
contradiciendo la voluntad de sus electores.
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DAME MÁS PODER,
POR ROSA MARÍA PALACIOS.
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"¿Cómo se resolverá esta
negociación, si es que se da? Muy pronto para saberlo. Pero en este episodio
político me temo que se juega mucho más que una delegación
de facultades. Puede ser la primera ley de un Congreso bicameral, 34
años después".
Por Rosa María Palacios.
Abogada Master en Derecho. Periodista.
Fuente. La República domingo 30 de
agosto del 2026.
El gobierno ya aprobó formalmente su
solicitud de facultades legislativas al Congreso. En comparación con el abortado
proyecto que circuló los primeros días de gobierno, cambia el orden y el lenguaje,
pero no la intención. En esta oportunidad la estrategia del Ejecutivo
consiste en solicitar legislar en una combinación de asuntos sumamente
específicos, a la vez que se requieren facultades para reformar grandes
cuerpos legislativos.
Por ejemplo, se requiere regular la
participación excepcional y transitoria de las Fuerzas Armadas en
los centros penitenciarios. Un asunto bastante puntual. Pero, más
adelante, se piden facultades para modificar todo el Código Penal, todo
el Código Procesal Penal, todo el Código de Ejecución Penal y
todo el Código Penal Militar Policial. Es decir, la columna vertebral
de todo el derecho penal peruano. ¿Modificar qué artículos
y en qué sentido? ¿Se derogarán a través de estas modificaciones las
leyes procrimen? Ni una pista.
No faltan las normas demagógicas. Es decir, anuncios que venden
bien, pero no resuelven nada, como cambiar de nombre al crimen
organizado para llamarlo organización terrorista. Como si
saber que el sicario que asesina ya no es “asesino” sino “terrorista”,
fuera a cambiar en algo la situación de la víctima. O, por ejemplo,
crear la enésima norma para sobre regular la legítima defensa.
En materia laboral, sucede lo mismo que en seguridad.
Van de lo particularísimo (la revisión de los feriados
queda, triunfo del MEF) a lo absolutamente gaseoso.
“Fortalecer el marco
legal de la actividad privada, contemplando un régimen que fomente la
formalización, incluyendo la seguridad social, los beneficios laborales y la
protección contra el despido”, dice el proyecto.
Con ese texto puedes hacer toda la
reforma laboral que
quieras. Es decir, si quieres formalizar, ¿por qué no abolir el
despido arbitrario y sustituirlo por uno libre sin reposición, ni
indemnización? Eso va a formalizar muy rápido, ¿verdad? El
texto da para lo que quieras. No lo dice, pero un lenguaje así de
abierto, lo permite.
Hay algunos regalos a la oposición, en desmedro de los intereses
particulares de Fernando Rospigliosi, como derogar la ley del colegio
profesional de artistas. Un guiño de respaldo de Galarreta a
Beingolea, que está soportando una serie de intrigas
moduladas internamente para fomentar su pronto despido del Ministerio
de Cultura. Pero, de nuevo, el mismo proyecto regresa al Big Bang
normativo con una reforma “estructural” del Ejecutivo, lo que anuncia
una reducción del aparato del Estado que puede mandar toda la
cultura, como apéndice de otro ministerio.
Vale la pena mencionar un pedido que afecta directamente la contratación
de personal de confianza en el sector público. Ataron de manos a
Castillo para impedir a su gobierno contratar, poniendo requisitos
rígidos y a veces imposibles como, por ejemplo, años de
experiencia previa.
“Regular los
requisitos de idoneidad para el acceso y ejercicio de la función pública,
especialmente los funcionarios, directivos y personal de confianza” es un grito
de ayuda. Galarreta tiene que desatar lo que ellos ataron. De nuevo, el
lenguaje no dice “bajar” los requisitos, pero como en 1984 de Orwell, la neo lengua
se deja entender. Es para eso.
¿Qué puede hacer la Cámara de
Diputados? Como el
pedido viene con carácter de urgencia, los plazos son cortos y no puede
pasar por muchas comisiones (a pesar de la cantidad de temas que trae
sobre actividades productivas). Es posible que, a la antigua, veamos
largos debates para recortar, acotar, reformular lo solicitado
en diputados. En un congreso unicameral aquello tenía todo el
sentido del mundo. Ese debate producía un texto que luego era votado
y, de aprobarse, se convertía en ley luego de su promulgación.
Sin embargo, con las actuales reglas, esto ya no es así.
Supongamos que luego de una cruenta
negociación,
la Cámara de Diputados aprueba un proyecto muy acotado. Son 74
congresistas de oposición (aunque ya empezaron a verbalizarse algunas,
siempre esperadas, disidencias) los que se imponen. ¿Todos felices?
No. El
proyecto pasa al Senado
y este tiene el poder constitucional de modificarlo y restituirlo a
los términos exactos de lo enviado por el Ejecutivo. La
correlación de fuerzas políticas de mayoría y oposición es
de 30 a 30. Pero, ya hemos visto en la elección de la mesa
directiva del Senado, lo sencillo que le resultó al oficialismo
agenciarse el silencio de un solo adversario para ganar la
partida. Si repiten la operación, todo queda consumado.
Por supuesto, Renovación y Fuerza
Popular pueden
tener sus propios intereses, que el gabinete Galarreta no ha
considerado. Es posible que en el Senado ellos sean los que recorten
o agreguen texto. Pero la coordinación de los vicepresidentes de
Fujimori debería garantizar que el proyecto final aprobado quede, al
menos, al gusto de Galarreta, con toda la amplitud necesaria, casi
para hacer lo que quieran. ¿Se podrá derogar lo que salga mal? Difícil, porque
otra vez, el que corta el jamón es el Senado.
En este escenario, ¿qué puede hacer la oposición
mayoritaria en Diputados? Tres caminos. El primero, perder.
Recortan, modifican, va al Senado y pierden. El segundo, no
aprobar nada. Si no hay aprobación, nada pasa al
Senado. Si nada pasa al Senado, no hay ley. La tercera
posibilidad es la negociación política global (a la espera de una
reforma constitucional que arregle este engendro legislativo). Los seis
partidos en el Congreso, o al menos 5, deberían hacer un acuerdo
global que se aprueba en Diputados y en Senadores.
Puede no gustarle al oficialismo, pero la alternativa es que
no les aprueben nada por el temor de ser contradichos radicalmente en el
Senado.
Entonces, hoy la delegación de
facultades es
una prueba de fuego triple. Primero, para la reforma constitucional
que nos llevó, sin mucho debate y con mala técnica, a un bicameralismo
entrampado. Segundo, para el Ejecutivo. Diputados
solo tiene poder mientras la decisión está en sus manos y ese
poder, que puede ser obstruccionista sin duda (hay ya una larga
experiencia desde el 2016 por parte del fujimorismo) desaparece en el
Senado. ¿Van a perderlo tan rápido? No lo creo y, frente a esta realidad
política, ¿cuál será la respuesta del Ejecutivo? Tercero, es una prueba
de lo que podrían ser capaces de articular Nieto, López, Sánchez y
Belmont. Lograron la mesa directiva de Diputados, pero si
no son capaces de unir y mantener al menos 66 votos,
le entregarán todo el poder a Keiko Fujimori, contradiciendo
la voluntad de sus electores.
¿Cómo se resolverá esta negociación,
si es que se da?
Muy pronto para saberlo. Pero en este episodio político me temo que se
juega mucho más que una delegación de facultades. Puede ser
la primera ley de un Congreso bicameral, 34 años después.
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