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“Cuando lo terrible, el canibalismo, no se puede demostrar, todo queda en
el limbo de la posibilidad Efectivamente, Dylan
Farrow, hija de Mía Farrow, exmujer del
director de cine, le acusó de agredirla
sexualmente cuando ella tenía siete años. El hecho denunciado no pudo
demostrarse y no hubo una resolución judicial formal. Se desestimó por falta de
pruebas. Lo que no solo está demostrado, sino que es tan público como los besos
forzados de Iglesias es que Allen está casado
con Soon-Yi Previn, con la que tiene una
diferencia de edad de 35 años. Ella es la hija adoptiva de Farrow. La relación entre Soon-Yi
Previn y Woody Allen se descubrió cuando Farrow
encontró fotos desnudas de su hija en casa de su
entonces marido. Previn tenía entonces 21 años, Allen,
56.
Este hombre fue denunciado por una de sus hijastras, se casó con otra de ellas, 35 años más joven, y mantuvo una relación muy
estrecha, como demuestran los correos, con Jeffrey
Epstein. Y todo esto al parecer no es suficiente para saber si era
pederasta. El negacionismo de las violencias machistas viene a funcionar así:
primero, no considero machismo, ni agresión, conductas que obviamente sí lo son
y califico a quienes las critican de exageradas. Luego, cuando la opinión pública tiene claro que estas conductas
son, como poco, censurables, señalo otras posibilidades, demostrables o no,
terribles. Cuando lo terrible, el canibalismo, no se puede
demostrar, todo queda en el limbo de la posibilidad, nada puede saberse, quién
podrá decir qué. Hay demasiada información sin contrastar. Obviemos todo,
esperemos a que alguien haga el relato que nos interesa. Y así seguimos. Más de
tres millones de documentos. Fotos, vídeos, sentencias. No importa porque dato no mata relato. Es el
relato lo único que parece que queda. Alguien difundió una foto de un artista
con un pollo pelado diciendo que era la foto de un bebé desnudo de los
archivos de Epstein. Nada se puede saber. Todas
mienten. Zorras.
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Fuentes: Pikara magazine [Imagen de los archivos de Epstein.]
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CANIBALISMO BLANCO.
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Por Teresa Villaverde | 28/03/2026 | Feminismos
Fuentes- Revista Rebelión sábado 27 de marzo del 2026.
El caso Epstein sirve de ejemplo de cómo funcionan los
negacionistas de la violencia machista. La cantidad de bulos o historias
morbosas sin verificar sirven no solo para desviar la atención del tráfico
sexual de menores demostrado, sino para ponerlo todo en duda: desde las
denuncias de las víctimas hasta la pederastia más obvia.
Cuando elDiario.es sacó la
exclusiva de las denuncias de trabajadoras a Julio
Iglesias por, entre otras
cosas, agresiones sexuales, mucha gente asintió porque, al parecer, no les
sorprendía que el cantante tuviera cadáveres en el armario.
Podía entenderse que un tipo que se definía como “truhán”, un tipo de su
perfil -típico macho ligón y guaperas que las trae a todas de calle, con dinero
y fama-, hubiera agredido a sus empleadas. El caso era tan obvio que, de
hecho, había grabaciones de agresiones sexuales. Porque si
forzar a una mujer a que te dé un beso es un atentado contra la libertad sexual,
como se dijo en el caso Rubiales, hay varias pruebas de Iglesias
cometiendo este delito, como con la
presentadora Susana Giménez o con la cantante Thalía. Eso sí, en un
tiempo en que no se consideraba agresión.
Independientemente de si el caso de Iglesias prospera en algún tribunal -después de haber sido desestimado por la Fiscalía española- y de si el cantante es declarado culpable o no, lo que aquí se quiere señalar es que, primero, a mucha gente no le sorprendió la acusación porque Iglesias encaja en el estereotipo de machista que se cree con acceso al cuerpo de las mujeres -no encaja tanto Íñigo Errejón, por ejemplo- y, segundo, que hubo un tiempo en el que las agresiones estaban a la vista de todo el mundo pero no se consideraban tal. Y esto es escalofriante, sobre todo si se tiene en cuenta que no es algo del pasado. Hoy en día tenemos delante de nuestras narices casos de agresiones sexuales y el negacionismo de las violencias machistas, aun así, sigue en alza. Y justo aquí el caso Epstein funciona como paradigma para explicar cómo funciona este negacionismo, encarnado sobre todo en el discurso de la machosfera.
Necesitamos que esos señores que
abusaron de crías también hayan comido bebés, porque necesitamos que sean
horribles
Este caso es tan burdo, tan exagerado
y grave que, a la vez, la estrategia pasa un poco desapercibida. Han pasado
casi dos meses desde que se publicó la última tanda de los archivos de Jeffrey Epstein por parte del Departamento de
Justicia de Estados Unidos. La forma de difundir los contenidos -masiva, sin
jerarquizar, duplicando documentos, mezclando testimonios, pruebas, fotos de
todo tipo, correos electrónicos-, es una estrategia del poder para fingir
transparencia al tiempo que dificulta el análisis, explica Graciela
Rock. La amalgama de contenidos difundidos ha dado lugar a que circulen
diversos bulos. Quizá el más sonado, por increíble, es el del canibalismo de
bebés. El bulo, ya se ha explicado, procede de dos documentos en los que
se menciona algo así como comer bebés, pero ninguno es una prueba de que
esto haya pasado y uno de ellos es un testimonio desestimado por el propio FBI.
De esto, de la cultura del
morbo, ha escrito por ejemplo Ana Bernal Treviño en una columna en
la que señala lo que a cualquier feminista nos parece atroz: no es suficiente
que haya mujeres,
muchas menores de edad, víctimas de una red de tráfico sexual que
hayan relatado sus historias y denunciado a Epstein
y sus acólitos. Necesitamos que esos señores poderosos que abusaron de crías
también hayan comido bebés porque necesitamos que sean horribles. No podemos
creernos que sean hombres sin más, tienen que ser bárbaros. Por eso quizá el
titular más alarmista que viajaba por las redes era el de canibalismo blanco. Ser caníbal en la tradición
colonial occidental es algo propio de tribus no blancas, de seres no
civilizados, terribles. Si el canibalismo es blanco tiene que deberse a una
corrupción extrema, a mentes totalmente
depravadas, fuera de control. Los ejes racista
y cuerdista operan para demonizar a los agresores, porque admitir que la
sociedad es pederasta es admitir que el problema
es de raíz, que tenemos que cuestionarnos los cimientos.
Los poderosos que blindaron al pedófilo Jeffrey Spstein. Foto El País.
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Si salen cosas morbosas, las que
tenemos más normalizadas quedan en un segundo plano
Como explica Bernal Treviño, los bulos han servido, además de
para favorecer el mito del monstruo loco que agrede, dar alas a creadores de
contenido para crear vídeos poniendo el acento en las historias más escabrosas.
Esto, a pesar de que el caso no es nuevo, se juzgó hace años y ya había
declaraciones de sus víctimas desde hace tiempo. Es el ejemplo del
youtuber Jordi Wild, que hizo un especial
titulado, precisamente, ESPECIAL CASO EPSTEIN |
Rituales y canibalismo, su extraña muerte, secretos.
Esta es la parte obvia de la
estrategia: si salen cosas más morbosas, las que tenemos más normalizadas
quedan en un segundo plano. Por sí solo, ya es
tremendo que tengamos tan aceptada la pederastia y que demos por sentado que
los hombres ricos y poderosos van a agredir sexualmente a mujeres. Pero
el giro no es solo el de invisibilizar las agresiones, sino el de
cuestionarlas. Si todas estas historias son bulos o están sin verificar, ¿quién
nos dice que las de los relatos de las víctimas sean ciertas? Puede parecer
imposible que alguien, a estas alturas, considere que el caso Epstein se está
quedando en nada, pero lo cierto es que un ejemplar misógino patrio como es Juan Soto Ivars defendió en su canal precisamente esta
tesis. “Prefiero esperar a que alguien escriba un libro sobre esto”, viene a
decir, porque hay tantos datos que no está claro.
“La serie
documental, Jeffrey Epstein: asquerosamente rico (2020), en la que participan
varias sobrevivientes, relata cómo adolescentes de
clase trabajadora fueron ‘contratadas’ como ‘masajistas’, y sufrieron violencia
sexual sistemática a lo largo de varios años. Son los mismos testimonios
que aparecen en un sinnúmero de artículos de periódicos internacionales, en
campañas estatales como Stand With Epstein Survivors (Solidaridad
con las sobrevivientes de Epstein), y en el libro de memorias de una de sus
víctimas, Virginia Roberts Guiffe”, escribía Tatiana
Romero. Sobre Epstein pesa además una sentencia por tráfico sexual
que tampoco parece ser suficiente. Todo esto a los negacionistas les da igual
porque no hay un libro gordo escrito por uno de ellos donde se analice el caso
desde su perspectiva. Es más, entre los ejemplos elegidos para desacreditar la
veracidad de las pruebas del caso Epstein, Ivars
menciona a Woody Allen y dice
que hay correos con Epstein “bromeando” justo en
un momento en que “Allen estaba denunciado por su
exmujer, pero nunca se demostró”.
Mia Farrow arremete contra la doble moral de Hollywood. Gente- El País.
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Cuando lo terrible, el canibalismo, no
se puede demostrar, todo queda en el limbo de la posibilidad
Efectivamente, Dylan Farrow, hija de Mía
Farrow, exmujer del director de cine, le acusó de agredirla sexualmente cuando ella tenía siete años. El
hecho denunciado no pudo demostrarse y no hubo una resolución judicial formal.
Se desestimó por falta de pruebas. Lo que no solo está demostrado, sino que es
tan público como los besos forzados de Iglesias es que Allen
está casado con Soon-Yi Previn, con la que
tiene una diferencia de edad de 35 años. Ella es la hija adoptiva de Farrow. La relación entre Soon-Yi
Previn y Woody Allen se descubrió cuando Farrow
encontró fotos desnudas de su hija en casa de su
entonces marido. Previn tenía entonces 21 años, Allen,
56.
Este hombre fue denunciado por una de sus hijastras, se casó con otra de ellas, 35 años más joven, y mantuvo una relación muy
estrecha, como demuestran los correos, con Jeffrey
Epstein. Y todo esto al parecer no es suficiente para saber si era
pederasta. El negacionismo de las violencias machistas viene a funcionar así:
primero, no considero machismo, ni agresión, conductas que obviamente sí lo son
y califico a quienes las critican de exageradas. Luego, cuando la opinión pública tiene claro que estas conductas
son, como poco, censurables, señalo otras posibilidades, demostrables o no,
terribles. Cuando lo terrible, el canibalismo, no se puede
demostrar, todo queda en el limbo de la posibilidad, nada puede saberse, quién
podrá decir qué. Hay demasiada información sin contrastar. Obviemos todo,
esperemos a que alguien haga el relato que nos interesa.
Y así seguimos. Más de tres millones
de documentos. Fotos, vídeos, sentencias. No
importa porque dato no mata relato. Es el relato lo único que
parece que queda. Alguien difundió una foto de un artista con un pollo pelado
diciendo que era la foto de un bebé desnudo de los archivos de Epstein. Nada se puede saber. Todas mienten. Zorras.
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