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“Lo que nació en Beijing no es una
alianza clásica. No tiene artículo
5, como la OTAN, ni mando integrado, ni bandera común. Pero
quizás por eso es más flexible. Es una entente de conveniencia histórica,
una coalición de agravios, una sociedad de largo plazo entre dos Estados
que no se aman, pero se necesitan; que no confían plenamente entre sí,
pero confían menos en Estados Unidos; que no comparten idéntico
destino, pero sí un adversario ordenador. Su fortaleza no reside en la pureza
ideológica, sino en la complementariedad: Rusia rompe, China
absorbe; Rusia desafía, China capitaliza; Rusia militariza
la crisis, China la convierte en arquitectura.
“El mundo que emerge es más fragmentado, más
propenso a malentendidos y escaladas. Japón se rearma con determinación,
Corea del Sur profundiza alianzas de seguridad, India equilibra
con cautela calculada, Estados Unidos redistribuye recursos entre dos
océanos y la economía global se divide en corredores rivales. La historia del siglo
XXI se está escribiendo en estos ejes pragmáticos, mientras otros debaten
principios abstractos. Para los observadores atentos, la verdadera
pregunta ya no es si este eje perdurará, sino cómo moldeará —y desafiará—
el orden internacional en las décadas por venir. El tablero ha
cambiado. El juego, con sus riesgos y oportunidades, apenas comienza.
“La unipolaridad no terminó con una
declaración, ni con
una foto, ni con una cumbre. Terminó lentamente. Lo que hizo la reunión Xi-Putin
de mayo fue ponerle forma visible a ese final. La nueva época
no será necesariamente más justa ni más estable. Puede ser más fragmentada,
más transaccional, más armada y cínica. Pero será menos occidental en su
centro de gravedad. Y en esa mutación, China y Rusia han encontrado una
fórmula eficaz: no necesitan dominar juntas el mundo; les alcanza, por
ahora, con impedir que Washington vuelva a dominarlo solo.
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Fuentes: El tábano economista [Imagen: Xi y Putin en el Palacio del Pueblo, mayo 2026 (Alexander Kazakov/pool Sputnik Kremlin Via Ap)]
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XI, PUTIN Y EL NACIMIENTO DE UN NUEVO EQUILIBRIO DE PODERES.
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Por Alejandro Marcó del
Pont | 25/05/2026 | Economía
Fuentes. Revista Rebelión lunes 25 de mayo del 2026.
Reunión Xi Jinping y Vladímir Putin,
más que un tratado de buena vecindad (El Tábano Economista)
La escena de Beijing tuvo la fidelidad de una ceremonia
antigua y la frialdad de una advertencia moderna. Xi Jinping recibió a
Vladimir Putin en el Gran salón del pueblo no como se recibe a un
socio ocasional, sino como se administra una señal al mundo. La política
internacional, cuando quiere decir algo importante, rara vez lo dice sólo con
comunicados. Lo dice con tiempos, con gestos, con repeticiones. Putin
llegó a China pocos días después de la visita de Donald Trump. Xi, sentado
en el centro geométrico de esa coreografía, mostró lo esencial. Beijing
puede hablar con Washington, pero no se subordina a Washington;
puede negociar con Estados Unidos, pero su arquitectura estratégica mira
hacia Eurasia. La cumbre de mayo no fundó la unión chino-rusa.
Hizo algo más decisivo: la normalizó como uno de los hechos estructurales
del nuevo siglo.
El primer dato es jurídico, pero su peso es histórico. Xi y
Putin acordaron extender el Tratado de Buena Vecindad y Cooperación
Amistosa, firmado originalmente en 2001. No es una formalidad. Ese
tratado es la viga legal sobre la que ambos países construyeron una relación
que superó la vieja desconfianza sino-soviética, la rivalidad comunista
del siglo XX y el trauma ruso de haber dejado de ser el centro del mundo
socialista. La diplomacia china subrayó que el tratado había
establecido una base institucional para la buena vecindad, la amistad duradera
y la coordinación estratégica integral. Esa fórmula, que puede parecer
burocrática, es en realidad una promesa de continuidad: China y Rusia
quieren que su vínculo sobreviva a coyunturas, guerras, presidentes
estadounidenses y ciclos económicos.
La ganancia rusa es evidente. Rusia obtiene mercado, oxígeno financiero,
respaldo diplomático y profundidad asiática. Después de Ucrania,
Moscú desplazó a Europa, y China se convirtió en su comprador, su
prestamista indirecto, su proveedor tecnológico posible y su escudo político
parcial. Reuters señalaba que China es, por amplio margen, el
mayor socio comercial de Rusia y el principal comprador de su crudo.
Pero la ganancia china es menos ruidosa y más profunda. Beijing obtiene
energía con descuento, acceso preferencial a recursos estratégicos, un socio
nuclear capaz de obligar a Washington a dividir su atención, y una Rusia
que mantiene ocupada a Europa mientras China consolida su
primacía industrial, tecnológica y naval en Asia. La relación es
asimétrica, sí, pero no débil, precisamente porque la asimetría favorece a China,
Beijing puede administrarla sin desesperación.
El segundo dato es político. Ambos
líderes firmaron una declaración
sobre la formación de un mundo multipolar y un nuevo tipo de relaciones
internacionales. Aquí está el corazón conceptual de la reunión. China y
Rusia no se presentan como una alianza agresiva, sino como una corrección
histórica. Su argumento es simple y poderoso: el momento unipolar posterior a
1991 fue una anomalía; Estados Unidos confundió victoria con derecho
permanente de mando; el sistema internacional debe regresar a una pluralidad de
centros de poder. Cuando Xi y Putin advierten contra la “ley de la
jungla”, no están haciendo una reflexión moral abstracta. Están
acusando a Washington de haber transformado las reglas en instrumentos,
las alianzas en cercos y el derecho internacional en un idioma usado
selectivamente.
Esa es la dimensión más importante de la cumbre. No se trata sólo de comercio, ni de gas, ni de protocolos. Se trata de legitimidad. China y Rusia buscan disputar el relato fundador del orden contemporáneo. Frente a la idea occidental de un “orden basado en reglas”, plantean la idea de un orden basado en soberanía, no intervención, equilibrio entre grandes potencias y centralidad formal de Naciones Unidas. La paradoja es evidente, Rusia se defiende de la expansión de la OTAN, China presiona sobre Taiwán y el Mar de China Meridional. Ambas potencias han encontrado una narrativa eficaz para buena parte del Sur Global, cansado de sanciones, dobles estándares y guerras presentadas como pedagogía democrática. La multipolaridad chino-rusa no promete un mundo más pacífico; promete un mundo menos obediente.
La solidez de la unión quedó también expuesta en la agenda
material. Xi habló de economía, comercio, inversión, energía, recursos,
transporte, ciencia, tecnología, innovación y nuevas fuerzas productivas.
También mencionó educación, cultura, cine, turismo y deportes. No son
adornos son capas de interdependencia. Una alianza frágil se sostiene en
una amenaza común; una relación sólida crea mecanismos, cadenas, hábitos,
rutas, empresas, bancos, universidades, laboratorios y foros. La cumbre
no produjo el gran golpe que Moscú deseaba —el acuerdo definitivo
sobre Power of Siberia 2—, pero incluso esa ausencia confirma el carácter
maduro del vínculo. China no compra por solidaridad; compra por interés.
No rescata a Rusia a cualquier precio; la integra cuando le conviene.
El gasoducto inconcluso es, en ese sentido, la metáfora
perfecta. Rusia necesita vender gas a Asia tras el cierre
parcial del mercado europeo; China necesita seguridad energética, pero
no urgencia. Moscú empuja, Beijing calcula. El Kremlin
habló de un entendimiento general, pero quedaron pendientes precio, calendario
y detalles. En apariencia es una limitación. En realidad, muestra que el eje
sino-ruso no funciona como bloque ideológico rígido, sino como sociedad
estratégica entre potencias que se necesitan sin confundirse. Rusia
aporta músculo militar, disrupción y energía; China aporta escala industrial,
tecnología, capital, mercado y paciencia. La primera se mueve con la
urgencia de quien pelea por no quedar encerrado; la segunda con la
serenidad de quien cree que el tiempo trabaja a su favor.
El tercer dato es militar-estratégico.
Xi y Putin criticaron
el proyecto estadounidense “Golden Dome” y lo presentaron como amenaza a
la estabilidad estratégica. También señalaron el deterioro del régimen de
control nuclear. Ese punto no puede leerse de manera aislada. La defensa
antimisiles, la inteligencia artificial aplicada al mando militar,
las armas hipersónicas, los satélites, la guerra electrónica
y el control del espacio cercano están fusionando la competencia
tecnológica con la competencia nuclear. China y Rusia saben que, si Washington
logra construir una arquitectura defensiva que reduzca la eficacia disuasiva de
sus arsenales, el equilibrio estratégico se altera. Por eso su respuesta no
es sólo diplomática: es una advertencia sobre la futura carrera de
armamentos.
En ese tablero entra Corea del Norte, no como apéndice exótico, sino como
pieza incómoda y útil. Pyongyang ha encontrado en la guerra de Ucrania
una oportunidad histórica para salir de su aislamiento relativo. Su
cooperación militar con Rusia le permite obtener dinero, experiencia
de combate, tecnología, legitimidad y respaldo diplomático. Para Moscú,
Corea del Norte ofrece munición, tropas, presión sobre los aliados
asiáticos de Washington y una forma de demostrar que el frente contra Occidente
no termina en Europa. Para Beijing, el asunto es más ambiguo: China
no quiere perder influencia sobre Kim Jong Un, pero tampoco le desagrada
que Corea del Norte mantenga ocupados a Japón, Corea del Sur y
Estados Unidos. El resultado es una geometría triangular imperfecta, no hay
un bloque monolítico China-Rusia-Corea del Norte, pero sí una
convergencia de intereses suficientemente peligrosa.
Japón es el país que lee esta
convergencia con
mayor alarma histórica. Para Tokio, China es el desafío estructural, Rusia
es el vecino imprevisible del norte y Corea del Norte es la amenaza nuclear
inmediata. Lo que antes podían ser tres problemas separados empiezan a
parecer un solo teatro estratégico, más complicado si agregamos el estrecho
de Ormuz.
El informe 2026 del National Institute for Defense
Studies de Japón está dedicado precisamente a las “asociaciones
desequilibradas” entre China, Rusia y Corea del
Norte, y advierte que esa cooperación se ha convertido en una cuestión
central para la seguridad japonesa. La preocupación no es retórica, si Japón
debe imaginar presión simultánea en Taiwán, en las islas del sudoeste,
en el mar de Japón y desde la península coreana, su doctrina de
defensa cambia de escala.
La consecuencia será un Japón más
armado, más autónomo
y más estrechamente vinculado a Estados Unidos. El viejo pacifismo
constitucional ya no desaparece por una reforma dramática, sino por acumulación
de excepciones, presupuestos, capacidades de contraataque, interoperabilidad y
miedo. El Japan Institute of International Affairs sostuvo en su Strategic
Outlook 2026 que la profundización de la coordinación entre China,
Rusia y Corea del Norte obliga a Japón a revisar sus documentos
estratégicos centrales y a reconstruir su política de seguridad. En términos
prácticos, eso significa más defensa antimisiles, más capacidades navales,
más cooperación con Filipinas y Australia, y una relación aún más
orgánica con Washington y Seúl.
Corea del Sur enfrenta una ecuación parecida, pero
con una sensibilidad distinta. Su amenaza principal no es China en
abstracto, sino Corea del Norte con capacidad nuclear y respaldo
externo. Si Pyongyang se siente protegida por Moscú y
tolerada por Beijing, el margen de maniobra surcoreano se estrecha.
Por eso Seúl y Tokio, pese a sus heridas históricas, han empezado
a actuar con pragmatismo creciente. El 19 de mayo, Corea del Sur y Japón
acordaron ampliar la cooperación energética, incluyendo mecanismos sobre
GNL, crudo, reservas y swaps de productos petroleros,
y reafirmaron la coordinación trilateral con Estados Unidos frente a Corea
del Norte y las tensiones regionales. No es casualidad que energía y
seguridad aparezcan juntas. En Asia oriental, las rutas marítimas, los
misiles y los puertos forman parte de la misma gramática estratégica.
India observa la escena con otra mezcla de incomodidad y oportunidad. Nueva
Delhi también quiere un mundo multipolar; lo que no quiere es una Asia
organizada alrededor de China. Ahí reside la diferencia esencial. Para India,
el fin de la unipolaridad estadounidense puede ser deseable si amplía
su autonomía, pero sería inaceptable si produce una hegemonía china en Eurasia.
Rusia fue durante décadas un socio privilegiado de India,
proveedor de armas y contrapeso diplomático. Pero una Rusia
demasiado dependiente de China deja de ser contrapeso y empieza a ser
problema. Por eso India no romperá con Moscú, pero acelerará su multi-alineamiento:
seguirá en BRICS y en la Organización de Cooperación de Shanghái,
mientras profundiza lazos con Estados Unidos, Japón, Francia y Australia.
Estados Unidos, por su parte, enfrenta la consecuencia de su propio éxito pasado. Durante treinta años actuó como si Rusia y China fueran problemas administrables por separado. Hoy se encuentra con que su presión simultánea sobre Moscú y Beijing contribuyó a acercarlas. Washington conserva ventajas inmensas: dólar, tecnología, alianzas, poder naval, mercados financieros, y perdiendo su capacidad de sanción. Pero ya no posee el monopolio de la iniciativa. Cada sanción acelera mecanismos alternativos; cada despliegue en Asia justifica la coordinación sino-rusa; cada crisis energética empuja a los países importadores a diversificar; cada guerra exhibe los límites de la coerción occidental. La pregunta estadounidense ya no es cómo preservar la unipolaridad, sino cómo evitar que la multipolaridad sea escrita por sus adversarios.
La economía mundial será una de las zonas principales de
fricción. La unión China-Rusia no reemplaza al sistema financiero
occidental, pero sí lo erosiona en los márgenes donde se juega la política
real: pagos bilaterales, energía fuera del circuito europeo, comercio en
monedas locales, seguros alternativos, bancos menos expuestos a sanciones,
corredores terrestres euroasiáticos y tecnología adaptada a restricciones. Rusia
no puede ofrecer a China lo que ofrece Occidente en consumo, capital
e innovación abierta, pero sí puede ofrecerle energía, materias primas,
espacio geográfico y una retaguardia continental. China no puede
garantizar a Rusia prosperidad plena, pero sí impedir su asfixia. Esa
combinación alcanza para alterar los cálculos de Washington, Bruselas, Tokio
y Nueva Delhi.
Lo que nació en Beijing no es una alianza clásica. No
tiene artículo 5, como la OTAN, ni mando integrado, ni bandera
común. Pero quizás por eso es más flexible. Es una entente de
conveniencia histórica, una coalición de agravios, una sociedad
de largo plazo entre dos Estados que no se aman, pero se
necesitan; que no confían plenamente entre sí, pero confían menos en Estados
Unidos; que no comparten idéntico destino, pero sí un adversario
ordenador. Su fortaleza no reside en la pureza ideológica, sino en la
complementariedad: Rusia rompe, China absorbe; Rusia desafía,
China capitaliza; Rusia militariza la crisis, China la
convierte en arquitectura.
El mundo que emerge es más fragmentado, más
propenso a malentendidos y escaladas. Japón se rearma con determinación,
Corea del Sur profundiza alianzas de seguridad, India equilibra
con cautela calculada, Estados Unidos redistribuye recursos entre dos
océanos y la economía global se divide en corredores rivales. La historia del siglo
XXI se está escribiendo en estos ejes pragmáticos, mientras otros debaten
principios abstractos. Para los observadores atentos, la verdadera
pregunta ya no es si este eje perdurará, sino cómo moldeará —y desafiará—
el orden internacional en las décadas por venir. El tablero ha
cambiado. El juego, con sus riesgos y oportunidades, apenas comienza.
La unipolaridad no terminó con una
declaración, ni con
una foto, ni con una cumbre. Terminó lentamente. Lo que hizo la reunión Xi-Putin
de mayo fue ponerle forma visible a ese final. La nueva época
no será necesariamente más justa ni más estable. Puede ser más fragmentada,
más transaccional, más armada y cínica. Pero será menos occidental en su
centro de gravedad. Y en esa mutación, China y Rusia han encontrado una
fórmula eficaz: no necesitan dominar juntas el mundo; les alcanza, por
ahora, con impedir que Washington vuelva a dominarlo solo.
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