jueves, 1 de septiembre de 2016

BRASIL SE ENFRENTA A LOS OJOS DE LA HISTORIA. JAQUE A LA DEMOCRACIA REGIONAL. GOLPES BLANDOS, LA NUEVA TENDENCIA EN LA REGIÓN.

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¡CANALLAS! ¡CANALLAS! ¡CANALLAS!.- El jueves dos de abril de 1964 otro golpe de Estado, un golpe cívico-militar, se consumaba, liquidando un gobierno elegido por el voto popular y soberano. En aquella ocasión, las mismas fuerzas que ayer triunfaron recorrieron a los cuarteles. Ahora, las tropas son dispensables. Hace 52 años, presidiendo una sesión extraordinaria del Congreso que reunía a diputados y senadores, el conspirador derechista Auro de Moura Andrade decretó vacante la presidencia, afirmando que el presidente constitucional, João Goulart, había abandonado el país.
Era mentira. Goulart estaba en Porto Alegre, capital de Rio Grande do Sul, intentando reunir fuerzas suficientes para resistir al golpe. Moura Andrade lo sabía. Todos sabían. El entonces diputado Tancredo Neves, conocido por sus maneras suaves y cordiales, apuntó el dedo al rostro de Moura Andrade y disparó, con insospechada voz de trueno: “¡Canalla! ¡Canalla! ¡Canalla!”.
Pasados los años, hace dos días le tocó al nieto de Tancredo, el senador Aécio Neves, uno de los artífices del golpe contra Dilma Rousseff, ver cómo su colega Roberto Requião, del mismo PMDB de Michel Temer, lo miraba en los ojos y disparaba, a él y a su pupilo Antonio Anastasía, las mismas palabras: “¡Canallas! ¡Canallas! ¡Canallas!”.
Ayer, la palabra quedó estampada, de una vez y para siempre, en la frente de Aécio, Anastasía y otros 59 senadores. Siete más de lo que sería necesario para fulminar un mandato popular. Algunos de los 61 votos que destituyeron a la presidenta fueron emitidos por senadores que hasta hace pocos meses eran ministros del gobierno ahora liquidado. En los largos e intensos debates de los últimos días se ha visto de todo: cinismo, farsa, hipocresía, cobardía, traición.
Canalladas.
No hubo una sola prueba concreta que justificase pasar por arribe los 54 millones de votos soberanos logrados por Dilma Rousseff en octubre de 2014. Bajo el manto de las formalidades, se consumó la indignidad.
Lejos del pleno del Senado, lo que se ha visto fue la reiteración de los viejos hábitos de la más baja política brasileña: Michel Temer y sus cómplices ofreciendo el oro y el moro para asegurar votos suficientes para legitimarlo legalmente en el puesto que usurpó a base de traición. Legalmente: moralmente, imposible.
Sobran ejemplos de ese comercio de intereses. Menciono dos.
A las tres de la mañana de ayer, frente a un pleno casi vacío y a una audiencia ínfima, uno de los que se declararon “indecisos”, el ex jugador Romario, leyó, con evidente dificultad, el texto escrito por algún asesor justificando su voto favorable a la destitución de Dilma Rousseff.
Dijo que se convenció gracias a las razones expuestas por los acusadores de la mandataria.
Mentira: se convenció al lograr el nombramiento de algunos de sus apaniguados en el gobierno de Temer.
Idéntica suerte tuvo el también “indeciso” senador Cristovam Buarque, ex ministro de Educación del primero mandato de Lula da Silva: a cambio de su voto, se le prometió el luminoso puesto de embajador brasileño en la UNESCO. Cambió una biografía por París.
Ese ha sido el precio de su dignidad, suponiendo que Temer cumpla lo pactado. Y suponiendo que esa dignidad alguna vez existió.
¡Canallas! ¡Canallas infames! ¡Un aquelarre de 61 canallas!
¿Por qué? Por haber asumido una farsa. Por imponer a los brasileños un programa político y económico que fue rechazado con vehemencia por las urnas electorales en las cuatro últimas elecciones. Por entregar el país a una pandilla. Por vilipendiar la historia. Por entreguistas. Por condenar el futuro. Por haber permitido que una mujer honesta sea sustituida por un bando de corruptos.
Por defender la traición.
La historia sabrá juzgarlos. Lo que cometieron ayer, sin embargo, es irreversible. El precio será pago por los humildes, como siempre. Empieza ahora un tiempo de incertidumbre. De expoliación de derechos alcanzados en los últimos trece años.
Tiempo de brumas. Tiempo de infamias. Tiempo de vergüenza.
Tiempo de canallas.( Eric Nepomuceno ).


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Dilma en el Congreso. Grandeza y Dignidad de una mujer Presidenta, en defensa de la Democracia, en un escenario plagado por la corrupción política.
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BRASIL SE ENFRENTA A LOS OJOS DE LA HISTORIA.
Por el voto de 61 de los 81 Senadores presentes se consumó la destitución de la Presidenta Electa de Brasil.
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El nuevo régimen, nacido de la mano del establishment económico, judicial y mediático, se impuso por el proceso de impeachment iniciado el 12 de mayo, durante el cual no fue presentada ninguna prueba de los delitos atribuidos a Dilma Rousseff.

Página /12 jueves 1 de septiembre del 2016.

La democracia quedó atrás. Dilma Rousseff, electa hace 22 meses por 54,5 millones de brasileños, fue depuesta ayer a las 13.30 por el voto de 61 senadores, sobre un total de 81 que forman la Cámara alta, entre quienes hay más de veinte con prontuario penal y denuncias de todo calibre.
“La historia será implacable con (…) el gobierno golpista” de Michel Temer, prometió Rousseff, una hora y media después de la clausura del ciclo democrático iniciado por completo en los comicios directos de 1989 (y no en los de 1985, cuando un colegio de electores escogió al primer mandatario civil post-dictadura).
“Nosotros volveremos para continuar nuestra marcha hacia un Brasil donde el pueblo sea soberano” prometió en el Palacio de Alvorada, del que se mudará en unos días, cuando lo ocupará Temer para completar el mandato hasta el 31 de diciembre de 2018.
Dilma habló al lado de la profesora y ex ministra de su gobierno Eleonora Mennicucci, una de sus compañeras de celda durante los tres años de prisión a los que fue condenada en 1970 por un tribunal militar por haber enfrentado con las armas a la dictadura. Junto a la ex presidenta y Mennicucci estaban las senadoras Gleisi Hoffmann y Fatima Bezerra, que fueron la infantería del Partido de los Trabajadores en el combate desigual contra la mayoría destituyente que hegemoniza el Poder Legislativo.
Menuda y delicada, Gleisi será recordada por haber enfrentado a una decena de hombres en el recinto, entre ellos el ganadero Ronaldo Caiado, de casi 1,90 metro, al grito de “Yo me pregunto qué moral tienen estos senadores para juzgar a una presidenta honesta”.
Un planteo que desató la furia de la alianza formada por el Partido Movimiento Democrático Popular (PMDB), de Temer; el Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB), de Aécio Neves y Fernando Henriqe Cardoso, y Demócratas (DEM), del fornido Caiado.
Ocurre que el régimen surgido ayer no consiente ofensas a las autoridades surgidas de espaldas a la voluntad popular: en su primera reunión de gabinete, Temer instruyó a sus ministros para que rebatan a quien los acuse de “golpistas”.
Esta democracia postiza, obsesionada por los rituales y la formalidad republicana, es el producto de un impeachment iniciado el 12 de mayo, durante el cual no fueron presentadas pruebas consistentes de los delitos atribuidos a la acusada. A tal punto que los adversarios de la mandataria tenían derecho de citar a seis testigos para respaldar sus acusaciones sobre la supuesta violación a las leyes de Presupuesto y Responsabilidad Fiscal y sólo presentaron dos.
En su alegato final de una hora, la abogada denunciante, Janaina Machado, dedicó menos tiempo a los aspectos técnico-jurídicos del caso que a su narrativa mesiánica anticomunista. Dijo Machado, heroína de los jóvenes neocons, que ayer festejaron con champan en la principal avenida de San Pablo, que Dios la había escogido para vengar al PT, que con sus malas costumbres “totalitarias” había llevado a Brasil hacia la desviación moral. Y a Dilma le recomendó dejar de echar mano del discurso de género porque no es verdad que la sociedad brasileña sea machista.
“Acaban de derribar a la primera mujer presidenta de Brasil. Este golpe es misógino, homofóbico, racista, es la imposición del prejuicio y la violencia” enumeró ayer Dilma entre senadoras y compañeras de militancia.
La derrota sufrida por Rousseff en el Senado, 61 a 20, fue más abultada de lo que se esperaba en el PT, donde confiaban en revertir algunos votos gracias a la negociaciones a cargo de Luiz Inácio Lula da Silva, que viajó a Brasilia. Como atenuante queda que la ex presidenta no fue privada de sus derechos políticos, como lo deseaban sus enemigos, y esto abre un horizonte posiblemente fecundo, dado que desde su separación del cargo, en mayo, Rousseff reforzó su participación en actos políticos y construyó un liderazgo bastante genuimo en las organizaciones femeninas urbanas y rurales.
A su modo, políticamente poco sofisticado, demostró su voluntad de lucha y temple como lo hizo el lunes en su exposición de 17 horas ante el Senado, durante las cuales prácticamente no dejó dudas sobre su inocencia. Con su retórica simple, por momentos torpe, Dilma calló a los legisladores que intentaron enredarla con trampas lingüísticas.
Quizá sea por esa estatura moral y su estilo llano que la ex mandataria genera tanto escozor en las derechas.
Ayer los festejos del amplio campo destituyente estuvieron preñados de promesas de venganza contra Dilma, Lula y el legado de 13 años de gobiernos petistas iniciados en 2003, cuando los formuladores de políticas del partido habían diseñado un plan estratégico que necesitaba de 20 años para corregir las desigualdades profundas a través de reformas progresistas.
La caída de Dilma es un revés grave, tal vez irremontable, porque truncó ese proyecto de equidad social y democracia política que había comenzado a desvirtuarse en 2015, con la desginación del neoliberal Joaquim Levy al frente del Ministerio de Hacienda para aplicar un ajuste ortodoxo que dejó 10 millones de desocupados y una recesión que hizo caer el PBI a -3,8 por ciento
Otra herencia dejada por el ministro Levy fue una Dilma Rousseff con un rechazo de más del 60 por ciento en la opinión pública, imagen negativa que subía al 70 por ciento entre el público blanco y de clase media tomado por un inédito fanatismo militante dictado desde la cadena Globo. Sin embargo, aquel aluvión conservador que desbordó las calles hasta marzo pasado, vociferando “Fuera Dilma”, no salió a festejar la confirmación de Temer como jefe de Estado.
Sucede que esta administración post dilmista arriba con muy baja aprobación, dado que no causa ninguna simpatía en las clases populares y despierta resquemores en el electorado medio preocupado con la corrupción. Y su falta de votos y apoyo del público las compensa con la gradual policialización-militarización del Estado.
Ayer la Policía Militar de Brasilia cargó con balas de goma y gas pimienta contra la movilización, no muy numerosa, que marchó en defensa de la democracia y coreando “Fuera Temer” por la avenida Eje Monumental hasta la Terminal Central de Colectivos. Más feroz, según los relatos de los militantes, fue la paliza propinada el martes por la Policía Militarizada a los manifestantes que se concentraron en San Pablo, donde anoche se realizaron nuevos actos de protesta al igual que en Río de Janeiro.
Este golpe “blando” neonato tiende a endurecerse con el correr de los meses, específicamente luego de los comicios municipales de octubre, cuando seguramente se confirmará la ocupación militar de las favelas de Rio de Janeiro y la represión a la disidencia política y social.
Temer repitió, tras tomar posesión del cargo, que su prioridad son las “reformas” previsional y laboral. El vector de su programa de regresión económica fue presentado por el ministro de Hacienda y ex funcionario de la banca privada Henrique Meirelles, que impulsa reformar la Constitución para congelar por 20 años (sí, veinte años) los gastos en salud y educación, pero no el monto de los pagos de intereses de la deuda.
En su primera reunión de gabinete, a las 17.30 de ayer, Temer se sentó en la cabecera de una sala del Palacio del Planalto y a su derecha se ubicó el ministro de Justicia, Alexandre de Moraes, una pieza importante en el nuevo engranaje de poder.
De Moraes, con quien Temer mantiene una relación antigua, es defensor de la nueva Ley Antiterrorista que, en algunos casos, equipara a los manifestantes con guerrilleros urbanos que ponen en peligro la seguridad nacional.
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La burguesía político-empresarial neoliberal - en alianza con el poder judicial y el poder de las corporaciones mediáticas - con seguridad que continuará su "gran conquista" democrática de acabar con los gobiernos de Izquierda, democráticos y progresistas. Tienen el poder de poderes fácticos para justificar los golpes blandos, utilizando a los parlamentos. Lo han hecho en Honduras, Paraguay y hoy en Brasil. Tienen toda la prensa en América a su favor y destruir también la democracia en Venezuela.
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JAQUE A LA DEMOCRACIA REGIONAL.
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Mario Wainfeld

Lula da Silva asumió como presidente de Brasil en enero de 2003, Néstor Kirchner lo hizo en la Argentina en mayo del mismo año. Comenzó entonces un ciclo democrático colectivo sin precedentes que ayer tuvo su punto final, de la peor manera imaginable. Un golpe de estado “blando”, camuflado en ropaje institucional. Aún aquellos que defienden su nula legalidad reconocen que asume un presidente impresentable, carente de votos y de legitimidad de origen. La presidenta reelecta Dilma Rousseff fue desplazada tras cuatro victorias de su partido en elecciones libres. El sucesor, Michel Temer, está desacreditado y fue abucheado por multitudes antes de su asumir. Llega montado en una endeble coalición parlamentaria que lo usó como ariete. Todo indica que el establishment, que encontró un atajo para llegar al poder, deberá buscar otro dirigente para tener chances en la elección presidencial de 2018 si Temer consigue pervivir.
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Cuando el siglo se iniciaba, dos mandatarios argentinos debieron renunciar anticipadamente tras derramar sangre de sus compatriotas. El entonces presidente boliviano Gonzalo Sánchez de Lozada reprimía a sangre y fuego la insurrección popular.
La herencia neoconservadora fue cuestionada por los pueblos y sus líderes. Distintos regímenes, adecuados a la historia y características de cada estado, se consolidaron luego, consiguiendo estabilidad política y económica jamás conocidas antes. En el lapso transcurrido entre 2003 y 2015 llegaron a conducir sus países un obrero metalúrgico (Lula), tres mujeres (Dilma, Cristina Fernández de Kirchner y Michelle Bachelet) y un indígena. Avances y progreso cultural que fueron de la mano con mejoras notables en las condiciones socioeconómicas generales, en particular de los sectores populares.
La acción conjunta de Brasil, la potencia de América del Sur, y de Argentina como aliado estratégico apuntalaron esos procesos, que se fueron acuñando en cada realidad, con sus propios tiempos y características.
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La región transitó tiempos de paz relativa, sin guerras internacionales. También quedó a cubierto de ataques del terrorismo internacional, que devasta casi todas las otras comarcas del planeta.
América del Sur fue el ciento y único continente que no adhirió a la cruzada contra el terror encabezada por Estados Unidos tras el atentado contra las Torres Gemelas. No adhirió a brutales misiones militares que agravaron a niveles delirantes la situación en Medio Oriente. Ni se prestó para instalar campos de detención “a la Guantánamo” en su suelo. Las dos excepcionalidades (paz y abstención sensata) se complementaron y realimentaron.
El obrar veloz y decidido de los jefes regionales, conducidos por Brasil y Argentina, fue imprescindible para garantizar una salida democrática en Bolivia primero. Más adelante, para frenar de raíz una ofensiva militar de Colombia contra Ecuador y conjurar golpes sangrientos contra los presidentes Evo Morales y Rafael Correa en Bolivia y Ecuador.
La resistencia conjunta al golpismo fracasó en Paraguay y Honduras, en lo que visto desde hoy fueron más ensayos generales que presagio de lo consumado ahora en Brasil.
La paz es un pilar para la vida cotidiana y para cualquier esquema de desarrollo económico. Desplazados sus sostenes políticos, cabe preocuparse por su continuidad.
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El Canciller brasileño, José Serra, elogió a los regímenes parlamentarios, tratando de embellecer al parlamento de su país. El debate sobre regímenes políticos es siempre vigente pero no parece que este sea el mejor estadio histórico para que América (cuna de los presidencialismos de sur a norte) mire al “modelo” europeo. Los gobiernos parlamentarios atraviesan un mal momento, que se prolonga desde hace varios años.
En España, por primera vez en décadas, la derecha encarnada por el presidente Mariano Rajoy no consigue formar gobierno, tras dos elecciones.
El sistema bipartidista inglés, antaño el más afiatado de todos, hace agua: el Brexit refleja una crisis política y cultural mayúscula que se proyecta al “Continente” con pronóstico reservado.
Las derechas xenófobas y racistas ganan creciente aprobación ciudadana y se convierten en opciones de gobierno en varios países de Europa. El “socialista” francés François Hollande va camino de una derrota aplastante, factiblemente a manos de la derecha salvaje de Marine Le Pen o del cada vez más extremista ex presidente Nicolas Sarkozy.
En Italia, tierra de alquimias, sobrevive un gobierno sin votos y sin desempeños dignos de mención.
Grecia, el eslabón más débil, padeció la desolación causada por la mega crisis económica financiera concebida en el centro del mundo y defendida por sus líderes. El intento de promover una vía alternativa fue sojuzgado por la “troika” europea y debilitado por contradicciones internas.
Solo se mantuvieron estables los gobernantes de las dos potencias del capitalismo dominante: Alemania y Estados Unidos. De cualquier manera, el presidente Barack Obama se retira y lo seguirá un retroceso que será pavoroso si Donald Trump contraría los pronósticos y arriba a la Casa Blanca.
América del Sur –mal que le pese a los detractores de los gobiernos progresistas, nacional populares, socialdemócratas o relativamente radicales de izquierda– fue una excepción en el ocaso de las democracias y de los estados de bienestar. Claro que los países centrales llegaron muy alto y desde ahí vienen declinando. Nuestras naciones remontaron desde abajo, desde el infierno como solía mentar Kirchner aludiendo a la Argentina.
La mejora general en este Sur no fue absoluta ni exenta de traspiés, errores y contradicciones. La derrota electoral del kirchnerismo a manos del presidente Mauricio Macri fue una señal de alerta. Con enormes diferencias también lo es el tirabuzón del gobierno bolivariano, acentuado tras el fallecimiento del presidente Hugo Chávez.
De cualquier modo, desde que éste llegó a gobernar, hubo elecciones libres y sin proscripciones en todos y cada uno de los estados. Otra novedad, dañada ayer mismo.
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Este cronista es reacio a los pronósticos porque el futuro jamás está escrito. Esto dicho, el escenario contiene factores objetivos desoladores. Los aliados ideológicos de Temer entienden que es un mandatario débil. La Canciller argentina, Susana Malcorra, lo expresó esta misma semana en una charla con alrededor de quince invitados, organizada por la Fundación Embajada Abierta. Reconoció que es dudoso cuánto poder tendrá el nuevo gobierno, después del impeachment.
Temer y Macri se perfilan para formar un nuevo eje político, alineado con Estados Unidos. La acción conjunta para desplazar a Venezuela de la presidencia pro tempore del Mercosur, inimaginable en años precedentes, ahora está a punto de coronarse. La institucionalidad del Mercosur siempre fue endeble pero jamás cayó tan hondo. Malcorra afirmó que la presidencia colegiada dejando fuera a Venezuela es algo así como la cuadratura del círculo. Un eufemismo para caracterizar una jugada prepotente que vaticina otras peores.
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En materia económica se acostumbra decir que cuando llueve o diluvia en Brasil, la Argentina germina o se inunda. El país hermano atraviesa recesión severa y las recetas que pergeña el poder económico no tienen pinta de revertir el problema. El ajuste es la receta cantada. El “gasto social” pinta para ser el pato de la boda. La debacle del gran vecino puede ser contagiosa y perjudicial para la Argentina, con cualquier gobierno.
Macri, con un punto de arranque mejor en lo político y lo económico que Temer, empeoró en nueve meses todos los indicadores, incluyendo aquellos que se prejuzga como propicios para la derecha: inflación, hasta reservas en el Banco Central.
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La legitimidad de origen de los presidentes populares se consolidó mediante una modalidad validada de ejercicio. Sustentabilidad política, paz y reformas económicas parciales progresivas constituyeron un combo negado por sus detractores, que ahora se proponen combatirlo.
Dilma se defendió con altura y pasión, distinguiéndose de sus fiscales, energúmenos hasta para argumentar. Los verdugos no consiguieron la mayoría requerida para inhabilitarla políticamente, en una jornada oprobiosa para la historia colectiva, jubilosa para ellos. Se retira sin haber ejercido violencia ni provocarla para defenderse aunque puede reprochársele haber asumido el “programa del adversario” en el segundo período.
Lula da Silva conserva el rol del mayor estadista de su patria y de la región, proporcional a la gravitación de su patria. Siempre fue consecuente con sus principios y su origen humilde. Nada borra todo lo que hizo, menos que nada los festejos culposos de la derecha regional que llegó con malas artes al sitio que la decisión popular le negó durante trece años.
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Mel Zelaya, Fernando Lugo y Dilma Rousseff, víctimas de golpes blandos en Latinoamérica.

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GOLPES BLANDOS, LA NUEVA TENDENCIA EN LA REGIÓN.

De Honduras a Paraguay y de ahí a Brasil. De la periferia al centro, de lo burdo a lo más sofisticado.
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Siguiendo con la progresión de condena total en el caso hondureño y condena parcial en el caso paraguayo, esta vez las voces de protesta a nivel regional son más la excepción que la regla, atento al vuelco a la derecha en Sudamérica.

Página /12 jueves 1 de septiembre del 2016.

Santiago O’Donnell

El golpe parlamentario que terminó con el gobierno de Dilma Rousseff es el eslabón más reciente de una serie de golpes blandos que empezó con el derrocamiento del presidente de Honduras, Mel Zelaya, en el 2009, y siguió con el de Paraguay, Fernando Lugo, en 2014.
La secuencia, a medida que avanza, va creciendo en su maquillaje y su sofisticación. Empieza en Honduras con un golpe rudimentario, al principio casi de manual, pero con una parodia de legalidad. Sigue con un juicio político express en Paraguay sin pruebas contra el presidente y violando su derecho de defensa y culmina en Brasil con un proceso tan legal como ilegítimo y carente de fundamentos jurídicos.
La secuencia, además, arranca en la periferia de la región, donde Estados Unidos continúa siendo la fuerza hegemónica, y llega hasta el corazón mismo de Sudamérica y principal potencia regional, que es Brasil, pasando como escala intermedia por un país sudamericano y socio del Mercosur como Paraguay, parte del grupo de países sudamericanos que formó un bloque relativamente autónomo en la década pasada y empezó a aplicar mecanismos propios para resolver sus conflictos.
A principios de la década pasada, las nuevas instituciones regionales como MERCOSUR y especialmente UNASUR habían servido para evitar la interrupción de regímenes democráticos en Ecuador y Bolivia, y conflictos bilaterales como Colombia-Venezuela, Colombia-Ecuador o Bolivia-Chile, desacuerdos todos ellos que en tiempos de guerra fría habrían tenido a Estados Unidos como protagonista principal y árbitro eventual.
Pero la distracción de Washington con las guerras en Medio Oriente, y la aparición de China como principal socio comercial, junto a la coincidencia de un grupo de gobernantes carismáticos de similar signo político, comprometidos con la integración regional, consiguió romper la hegemonía del Consenso de Washington a nivel sudamericano.
Mientras en México, Centroamérica y el Caribe, a pesar de puentes tendidos a través de organismos que excluyen a Estados Unidos y Canadá como la CELAC, por su nivel de integración con la potencia del norte tanto a nivel de tratados de libre comercio como en temas migratorios y de remesas, la dependencia sigue siendo casi absoluta, lo cual impide su participación en otros proyectos de integración. Este límite se vio en el golpe de Honduras.
Zelaya fue sacado de su cama en pijamas por una patota del comandante del estado mayor, Romeo Vázquez. Lo llevaron a una base militar estadounidense, lo subieron a otro avión y lo echaron del país. A la mañana siguiente, en una sesión express asumió un títere civil del comandante, el presidente del Congreso, Roberto Micheletti, y los militares decretaron el estado de sitio y una serie de medidas de control social de corte autoritario. Según cables del Departamento de Estado estadounidenses revelados por Wikileaks, Estados Unidos no apoyó el golpe y hasta intentó de disuadir a sus autores, aunque Zelaya no era de su agrado. De hecho, Estados Unidos acompañó al resto de los países de la OEA en su condena al día siguiente de que ocurrió. Pero apenas horas después Estados Unidos, a contramano de Latinoamérica, empezó a apoyar la transición del gobierno golpista hacia unas rápidas elecciones, aprovechando que Zelaya estaba en el final de su mandato. Mientras tanto, envalentonados por sus éxitos en Sudamérica, Brasil y Argentina apostaron fuerte al regreso de Zelaya, con Cristina Kirchner acompañando al presidente legítimo en un fallido intento de regreso y Lula dándole asilo en la embajada brasileña de Tegucigalpa una vez que el regreso no pudo concretarse. Con su apoyo a la transición del gobierno golpista, Estados Unidos marcó un límite a la expansión del bloque sudamericano sin romper sus políticas de Estado de no invadir más después del desembarco los Marines en Panamá en 1989, y de no apoyar más golpes, al menos abiertamente, desde el fallido putch contra Chávez en 2002.
Así llegamos al segundo golpe blando contra un gobierno progresista por parte de una elite financiera y política malacostumbrada a perpetuarse en el poder a como dé lugar. Esta vez le tocó al ex obispo Fernando Lugo, otro personaje que no era del agrado de los Estados Unidos, entre otras cosas, Wikileaks dixit, porque reemplazó una unidad antiterrorista estadounidense dedicada a entrenar tropas de elite paraguayas, por asesores militares de Argentina y Brasil. Lugo no era un político tradicional ni era particularmente hábil a la hora de negociar. Sin apoyos en el Congreso, abandonado por sus socios del Partido Liberal, traicionado por su vice Federico Franco, quedó a la merced de la elite golpista, acostumbrada a décadas ininterrumpidas de gobierno de la mano del general Alfredo Stroessner y su Partido Colorado. La oportunidad llegó tras la conmioción social causada por la llamada masacre de Curuguaty, en la que fallecieron once campesinos y seis policías en una estancia sojera en el este del país. Si bien la violencia venía desde hace tiempo y quizá nadie había hecho más para mediar en el conflicto entre campesinos y terratenientes que el propio Lugo, el Congreso decidió destituirlo por su “responsabilidad política” en el enfrentamiento. El juicio duró menos de 48 horas y Lugo tuvo menos de dos para defenderse. A falta de pruebas reales, fue destituido por el voto de 215 de los 225 congresistas paraguayos después de que la Corte Suprema rechazara un pedido de aplazar el proceso. La destitución fue condenada por la mayoría de los países de la Unasur pero, a diferencia del golpe blando hondureño, una moción de censura en la OEA apenas alcanzó 8 votos a favor y 28 en contra. UNASUR mandó a una delegación de cancilleres que al término de su misión emitió un documento crítico, los países bolivarianos del ALBA no reconocieron al gobierno de facto de Franco y el Mercosur suspendió la membresía de Paraguay hasta las elecciones, nueve meses después del golpe, que llevaron al gobierno al colorado Horacio Cartes.
Ahora llegó el golpe en contra de Dilma. Esta vez se respetaron los tiempos y rituales que marca la formalidad, en un proceso parlamentario que fue supervisado in situ por el presidente de la Corte Suprema. Pero nuevamente se trata de una interrupción del régimen democrático para imponer un gobierno de facto de una elite nostálgica de poder, a través de mecanismos constitucionales previstos para sancionar acciones criminales a pesar de que no se acusa a la presidenta de haber cometido crimen alguno, aprovechando el mal humor social por una prolongada recesión y un persistente escándalo de corrupción que involucra a muchos de los pincipales empresarios y dirigentes políticos del país, pero no a Dilma.
Siguiendo con la progresión de condena total en el caso hondureño y condena parcial en el caso paraguayo, esta vez las voces de protesta a nivel regional son más la excepción que la regla, atento al vuelco a la derecha que está dando Sudamérica. A diferencia de lo que pasó en Honduras pero en sintonía con lo que pasó en Paraguay, en el caso brasileño Washington se mantiene cauto, distante y prescindente, como aceptando la nueva realidad geopolítica de su pérdida de hegemonía. Sin embargo, atenta a los múltiples intereses que aún posee en la región, así como a su alianza tradicional con los factores de poder que quedaron del lado de los golpistas o directamente operaron para erosionar las fuerzas democráticas especulando con la posibilidad de recapturar ganancias extraordinarias, la administración de Barack Obama no tardó en reconocer la legalidad de los gobiernos surgidos de estos procesos. No es lo mismo que invadir un país, pero no deja de ser una intervención negativa.
Así quedaron las cosas después del golpe blando en Brasil. A la espera de otros eslabones en esta nueva cadena de intervenciones antidemocráticas, a menos que el joven bloque regional sudamericano genere mecanismos defensivos que le permitan preservar lo que queda en pie y regenerar lo que hace falta en términos de cultura democrática, tanto en los países amenazados por esta nueva tendencia como en aquellos que ya optaron por salidas autoritarias para sus crisis de gobernabilidad.

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