lunes, 19 de enero de 2026

EL IMPERIO ESTÁ DESNUDO.

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“Lo que vino a continuación fueron 20 años de un crecimiento exponencial del capitalismo occidental. La época que el historiador Eric Hobsbawm llamó “Los años dorados”. Las películas de Hollywood convencieron a buena parte del mundo de que fue EE. UU. quien derrotó a los nazis, obviando el pequeño detalle de que fueron los rusos los que entraron a Berlín. Ese orden internacional que le permitió a EE. UU. ser la potencia indiscutida por tanto tiempo se reforzó a partir de 1989 con la caída del Muro de Berlín y dos años después la disolución de la Unión Soviética. Sin embargo, esa malla de contención, esa armadura se fue convirtiendo en un corsé en el que EE. UU. comenzó a sentirse asfixiado. El crecimiento de nuevas potencias económicas como China, India, Brasil y todo el grupo de los BRICS, al que ahora se sumó Arabia Saudita, amenazan su hegemonía. Tal vez por eso decidieron patear el tablero y poner en crisis todas esas instituciones, incluida la OTAN. Sin superioridad económica la superioridad militar no puede defenderse teniendo en cuenta que el presupuesto anual militar de EE. UU. para 2026 es de 900 mil millones de dólares. Nadie puede competirle en ese terreno. Han soltado todas las amarras, le palmean la espalda a los que se subordinan, como Milei, y amenazan y atacan a quién se les pone en su camino.

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(AFP/AFP)

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EL IMPERIO ESTÁ DESNUDO.

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Por Sergio Wischñevsky.

Fuente. Página /12 lunes 19 de enero del 2026.

Las declaraciones de Donald Trump al New York Times después del bombardeo a Caracas y el secuestro de Nicolás Maduro están fundando un nuevo orden mundial: “Mi único límite es mi moralidad”. Esto se reforzó con las declaraciones de su principal asesor militar, Stephen Miller, que dijo que tenían el control de Venezuela para defender los intereses de EE. UU. y que “la fuerza es el nuevo derecho internacional y vamos a ejercerla”. La defensa de la democracia y la libertad no fueron mencionadas.

Lo que es fundante no es la acción sobre Venezuela ni la amenaza a Colombia, Cuba, México, Groenlandia, y de paso, a toda Europa; la novedad absoluta es plantear la legitimidad de esas acciones porque tienen la fuerza para hacerlo. Ni Putin, ni los ayatolas de Irán, ni Netanyahu, ni Hitler, ni Bush, ninguno de los grandes usuarios de la fuerza en la historia se atrevió a explicar de esa manera sus políticas. Siempre hubo un discurso legalista justificador, una teología, una ideología, nunca el reconocimiento de la fuerza al desnudo, sin ropajes jurídicos. Es un paso hacia el abismo de consecuencias imprevisibles. Tal vez, ahora sí empecemos a entender de que se trata el siglo XXI.



La novedad escandalosa no está en el uso de la fuerza porque todos sabemos que EE. UU., como todos los Imperios, viene haciendo un uso sistemático de su poderío militar desde hace por lo menos dos siglos. Incluso la tan mentada Doctrina Monroe de 1823 que establecía que América era para los americanos tenía una base de sustentación en la pretensión de un continente sin colonialismo europeo. Después, el tiempo dejó claro que América era todo el continente y los americanos eran solo los estadounidenses. EE. UU. participó en cientos de golpes de estado en América latina y en el resto del mundo, invadió decenas de países, financió guerras civiles, tiró bombas atómicas sobre poblaciones civiles, practica en forma habitual la tortura y asesina líderes políticos opositores sin juicio previo. Nadie puede sorprenderse de que usen la fuerza. Pero siempre lo hicieron bajo pretexto de estar dándole un servicio a la humanidad, siempre se presentaron como los garantes del capitalismo, la libertad y la democracia. No es la imagen que quieren difundir desde que empezó este segundo gobierno de Trump, el gobierno de la fuerza buscan ejercerlo hacia el mundo y hacia su propio pueblo. No es fascismo, es algo nuevo.

A lo largo de la historia muchos Imperios dominaron el mundo, o vastas zonas del planeta. Antes de la actual hegemonía de EE. UU. fue Gran Bretaña la que sometió a sus intereses regiones infinitamente extensas. La frase “El imperio español donde nunca se pone el sol” popularizada durante el reinado de Felipe II (siglo XVI), describe la inmensa extensión global de los dominios de la Corona española. Abarcaba territorios en los cinco continentes, incluyendo Europa, América, Filipinas y África, asegurando que siempre fuera de día en alguna parte del imperio.

Imperios como el Otomano, Roma o Babilonia, cada uno con sus características y especificidades, se alzaron como fuerzas dominantes. Pero todos tuvieron algo en común: no fundamentaron su extenso dominio solo en la fuerza. Al mismo tiempo que se imponían construían un orden, un universo cultural, político, jurídico y económico que les daba sustento, que los hacía invencibles porque vencían y en gran medida también convencían. Claro que no a todos.



El Derecho romano surgió de esa pretensión de instaurar un orden duradero que no tuviera que exhibir las armas como único modus operandi. Por el contrario, grandes Imperios que se formaron al calor de las conquistas de líderes como Alejandro Magno o Genghis Khan se desvanecieron al morir sus fundadores porque no pudieron convertir los éxitos militares en un ordenamiento estructural.

Lo curioso del nuevo orden internacional basado en la fuerza que pretende construir Trump es que viene a destruir el anterior ordenamiento que es el que el propio EE. UU. construyó. Durante los últimos 80 años hemos vivido sobre ese paradigma creado en los acuerdos de Yalta y Potsdam en los dramáticos momentos en que estaba terminando la Segunda Guerra mundial.

Por esos días se crearon casi todas las instituciones que iban a regir al mundo hasta el día de hoy. La ONU, El Banco Mundial, el FMI, tiempo después la OTAN. Se definió que la moneda de intercambio internacional iba a ser el dólar, contrariando la propuesta de Keynes de crear una nueva moneda mundial. Todo el nuevo orden, salvo los países que quedaron dentro del bloque soviético, fue a imagen y semejanza de los intereses de EE. UU. Dos miedos los unían: la expansión del comunismo, y la posibilidad de caer en una nueva y destructiva guerra mundial. Esa Pax Americana incluyó los créditos blandos del Plan Marshall para reconstruir Europa. La única condición que puso EE. UU. para otorgarlos era subordinarse al nuevo orden y usar esos dólares para comprar mercancías estadounidenses.



Lo que vino a continuación fueron 20 años de un crecimiento exponencial del capitalismo occidental. La época que el historiador Eric Hobsbawm llamó “Los años dorados”. Las películas de Hollywood convencieron a buena parte del mundo de que fue EE. UU. quien derrotó a los nazis, obviando el pequeño detalle de que fueron los rusos los que entraron a Berlín.

Ese orden internacional que le permitió a EE. UU. ser la potencia indiscutida por tanto tiempo se reforzó a partir de 1989 con la caída del Muro de Berlín y dos años después la disolución de la Unión Soviética. Sin embargo, esa malla de contención, esa armadura se fue convirtiendo en un corsé en el que EE. UU. comenzó a sentirse asfixiado. El crecimiento de nuevas potencias económicas como China, India, Brasil y todo el grupo de los BRICS, al que ahora se sumó Arabia Saudita, amenazan su hegemonía. Tal vez por eso decidieron patear el tablero y poner en crisis todas esas instituciones, incluida la OTAN.

Sin superioridad económica la superioridad militar no puede defenderse teniendo en cuenta que el presupuesto anual militar de EE. UU. para 2026 es de 900 mil millones de dólares. Nadie puede competirle en ese terreno. Han soltado todas las amarras, le palmean la espalda a los que se subordinan, como Milei, y amenazan y atacan a quién se les pone en su camino.

El Imperio está desnudo porque la fuerza es su único discurso. Como escribió Perón en 1956, “La fuerza es el derecho de las bestias”. Todo está en movimiento, pero puede que estemos asistiendo al efecto supernova, nunca brillan más fuerte en el firmamento como cuando van a desaparecer.

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