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“Mientras tanto, los BRICS,
ese club de países hartos del orden establecido dirigido por Estados Unidos,
no paran de crecer y avanzar en la consecución de un mundo multipolar.
Puede que no les importe tanto si China es o no la nueva
Esparta, de momento, pero sí que están hartos de aguantar las
injerencias de Estados Unidos. Y aquí no hablamos sólo de
la Administración Trump, sino de todos los gobiernos
estadounidenses de las últimas décadas. Están hartos de las reglas
financieras a las que han sido sometidos, cansados de los
sistemas globales que les han esquilmado bajo falsas promesas de progreso
y cabreados de que no se les tenga en cuenta en los grandes clubs y
centros de decisión global como las Naciones Unidas o la OTAN, donde
tan sólo les dan una silla a algunos de ellos casi por caridad
y con paternalismo, pero donde realmente pintan muy poco. Cada vez más
países están eligiendo bando en esta nueva guerra fría y China es la que más
convence y atrae.
Posiblemente esto último, la guerra hegemónica entre
Estados Unidos y China, entre la OTAN y los BRICS, entre el mundo
unipolar y el multipolar, sea lo que marque la historia en la
próxima década. La globalización también ha expandido la batalla,
que ya no va a darse entre dos ciudades griegas, sino entre dos mundos
más divididos incluso que durante la Guerra Fría.
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Fuentes: El salto [Imagen: Lucha de hoplitas. Museo del Louvre (Wikimedia)]
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2025, AÑO CERO DE LA TRAMPA DE TUCÍDIDES Y EN EL QUE AL LIBRE
MERCADO SE LE CAYÓ LA CARETA.
*****
Por Yago Álvarez | 01/01/2026 | Economía
Fuentes. Revista Rebelión jueves 1 de enero del 2026.
La guerra comercial y las barbaridades
neocoloniales de Donald Trump que han marcado este año no son más que el
comienzo de una guerra por la hegemonía y una muestra de la caducidad de las
viejas fórmulas de la globalización.
“Fue el ascenso de Atenas y el miedo
que esto provocó en Esparta lo que hizo inevitable la guerra”, escribió Tucídides,
un historiador griego que cinco siglos antes de Cristo escribieron Historia
de la guerra del Peloponeso.
En ella, el historiador narra que Esparta era la potencia hegemónica
dentro del mundo griego, pero que Atenas crecía rápidamente en todos los
factores, tanto económicos como bélicos. Los espartanos vieron dicho
ascenso como una amenaza y comenzaron unos años de reacción mediante
bloqueos comerciales, chantajes y presiones que acabaron desatando la
batalla entre las dos potencias, la conocida como Guerra del Peloponeso.
Ya en el siglo pasado, el politólogo estadounidense Graham Allison, asesor de varias administraciones en la Casa Blanca en materia de toma de decisiones en tiempos de crisis y guerra, acuñó el término “la trampa de Tucídides” para referirse a esos momentos históricos en los que una potencia hegemónica está perdiendo su estatus frente a un nuevo poder emergente y, con su resistencia, acaba llevando a ambas a una guerra que dirime quién será la nueva nación que domine y controle las reglas del mundo.
2025 ha sido el año en el que Trump ha
dado el primer paso para llevarnos a la trampa de Tucídides porque le tiene
miedo a su Atenas, la China del Partido Comunista
Tras leer estos dos párrafos, estoy seguro de que cualquier lector
ya debe tener a Estados Unidos y China en su mente. El último habitante
de la Casa Blanca ha roto todas las reglas del juego que ellos
mismos impusieron en las últimas décadas. La guerra comercial iniciada por Estados Unidos este 2025
ha desmontado todos los consensos económicos y políticos de las últimas
décadas. A los aranceles se le suma las soflamas neoimperialistas de
la administración Trump sobre Groenlandia o Panamá. Y, para finalizar el año, ataques e
intimidaciones a países con petróleo o tierras raras como Venezuela o Nigeria. Todo un cúmulo de batallas que huelen a
guerra fría. 2025 ha sido el año en el que Trump ha dado el primer paso
para llevarnos a la trampa de Tucídides porque le tiene miedo a su
Atenas, la China del Partido Comunista.
El libre mercado y la globalización
convino a Occidente
mientras podíamos seguir esquilmando los recursos del sur, aprovecharnos
de su mano de obra barata y manejando a dichos países a nuestro antojo,
bajo el yugo de nuestro poder económico, tecnológico y, cuando hiciera
falta, bélico. Sobre todo, claro está, el de la potencia hegemónica que
marcaba las reglas del juego desde la II Guerra Mundial, los Estados Unidos.
Si querías entrar en los mercados financieros internacionales, debías
abrir tu economía a las potencias occidentales y eliminar aranceles.
Si querías que el FMI te prestara dinero, tener una silla en los
clubs de países que toman las decisiones o si pretendías salir de
la miseria o avanzar en procesos descolonizadores, debías siempre
abrir tu economía. Los aranceles eran el enemigo número uno del
progreso… hasta que China creció lo suficiente como para dar miedo a su
Esparta.
Estados Unidos ha roto la baraja de la
globalización porque ya no es el gran beneficiado de esta, ahora debe competir
con China y las reglas actuales no le convienen
Que el país que fue el encargado de
forzar al resto del planeta a abrir sus fronteras y eliminar las barreras al
comercio sea el mismo
que ahora las levanta con más fuerza que nunca no es casual. Estados
Unidos ha roto la baraja de la globalización porque ya no
es el gran beneficiado de esta, ahora debe competir con China
y las reglas actuales no le convienen. Y cuando un gigante con economía
planificada como ese empieza a poner en duda y peligro la hegemonía
económica y geopolítica de Estados Unidos, entonces el libre
comercio ya no gusta tanto. Los mantras de décadas se borran de un
plumazo y se da el pistoletazo de salida a la guerra comercial que sin
duda ha marcado este 2025.
Estamos ante la muerte de la ideología
que mantuvo un consenso entre las élites y clases dominantes de Occidente y buena parte de las élites
del sur global. Lo que todavía está por ver es cuál
será el resultado y qué florecerá en este impasse. Estamos en
aquello que Gramsci llamó “interregno”, ese terreno donde lo de
antes queda viejo y lo nuevo todavía no se acaba de dibujar y donde, como
decía el italiano, aparecen los monstruos, en referencia al fascismo del
pasado siglo. En este interregno el fascismo tiene el pelo rubio y la
piel anaranjada.
El uso de aranceles por parte de Trump no tiene ningún tipo de lógica de
rehabilitación de su economía interior, el Make America Great
Again, tal y como insiste en señalar la verborrea de su presidente.
Los aranceles indiscriminados, sin tener en cuenta a qué productos y
servicios se les impone, no sirven para aupar a las industrias
locales en los casos en los que dichas industrias ni tan siquiera existen,
no pueden suplir la demanda interna o no consiguen igualar el precio ni con
la ayuda del impuesto a las importaciones. Esos aranceles los acaban
pagando los norteamericanos. El déficit estadounidense se
está aliviando gracias a que Trump está sangrando a sus conciudadanos,
no porque las potencias y productores extranjeros lo estén pagando.
Toda estrategia tiene un único fin que
se lee entre líneas
en cada acción de la Casa Blanca: fortalecer a Estados Unidos frente
a China, hacer retroceder al gigante asiático y
obligar al resto de Estados a elegir en qué bando van a estar en
este nuevo periodo de guerra fría
Pero da igual, porque la guerra comercial de
Trump nunca ha ido enfocada a satisfacer a los ciudadanos de su país,
sino a apretar las tuercas al resto de potencias mediante
su poder de compra y la coacción de que el mayor mercado del
mundo te cierre las puertas o las entorne un poco. La política comercial de
Trump tan sólo se puede entender desde un punto de vista
neoimperialista. Toda estrategia tiene un único fin que se
lee entrelíneas en cada acción de la Casa Blanca: fortalecer a
Estados Unidos frente a China, hacer retroceder al gigante asiático
y obligar al resto de Estados a elegir en qué bando van a estar en este
nuevo periodo de guerra fría.
No ha sido una simple batalla de aranceles. Tan sólo en 2025 hemos presenciado amenazas de Trump que pretenden hacerse con las rutas comerciales presentes y futuras (Panamá y Groenlandia). Limitaciones y prohibiciones a las empresas tecnológicas chinas en tierras europeas o estadounidenses, algo impensable hace tan sólo diez años. Cotos a las exportaciones de materias raras por parte de China, lo que puede bloquear la producción de microchips y otras tecnologías en todo el planeta, o los ataques directos a la industria del automóvil eléctrico chino o de los sectores de renovables donde los de Xi Jiping están dominando en tecnología y precios, poniendo en riesgo la industria del coche en occidente o su dominancia sobre los hidrocarburos. La lista de estas acciones ha sido interminable durante el año que cierra.
Mientras tanto, a la Unión Europea no sabe ni por dónde le
pega el aire.
“Europa es la única que
creyó en la globalización cuando existió de verdad, los demás hacían que
creían, y es la única que sigue creyendo en ella”, afirmaba con sabiduría el
ensayista y periodista Esteban
Hernández en una entrevista con El Salto.
En medio de una dura guerra comercial en la que la gran potencia se repliega
y rompe las reglas del juego del libre mercado para no perder la
carrera ante una potencia emergente con una economía planificada por
un partido comunista, Europa sigue poniendo los intereses de los
“mercados”, ese concepto que usamos para referirnos mayormente a los
fondos de inversión estadounidenses, por encima de las acciones
político-económicas estratégicas que se deberían estar ejecutando, ya
no sólo para no caer en la irrelevancia en la batalla hegemónica
entre EEUU y China, sino para que no acabemos siendo el nuevo sur global en
un par de décadas, pasando primero por gobiernos fascistas en la mayoría de
los 27.
Más allá de alguna tímida sanción a las tecnológicas estadounidenses
o las también escasas inversiones estratégicas como poner algunos
millones para que se fabriquen chips o satélites en Europa, la
Comisión Europea y la mayoría de los Estados miembro han practicado la
genuflexión ante Trump, aceptando los aranceles, las injerencias
políticas y apoyos a partidos fascistas europeos por parte
del presidente y de Elon Musk, las amenazas a los reguladores de
Bruselas, los envites contra Dinamarca por el tema de Groenlandia
o, la peor de todas, aceptando en su mayoría aumentar el gasto en
defensa al 5% del PIB, dinero que acabará en su gran mayoría en las
cuentas de resultados de las principales empresas de armamento
estadounidenses.
Cada vez más países están eligiendo
bando en esta nueva guerra fría y China es la que más convence y atrae
Mientras tanto, los BRICS, ese club de países hartos del
orden establecido dirigido por Estados Unidos, no paran de crecer y
avanzar en la consecución de un mundo multipolar. Puede que no
les importe tanto si China es o no la nueva Esparta, de
momento, pero sí que están hartos de aguantar las injerencias de
Estados Unidos. Y aquí no hablamos sólo de la Administración
Trump, sino de todos los gobiernos estadounidenses de las últimas
décadas. Están hartos de las reglas financieras a las que han
sido sometidos, cansados de los sistemas globales que les
han esquilmado bajo falsas promesas de progreso y cabreados de
que no se les tenga en cuenta en los grandes clubs y centros de
decisión global como las Naciones Unidas o la OTAN, donde tan sólo
les dan una silla a algunos de ellos casi por caridad y con
paternalismo, pero donde realmente pintan muy poco. Cada vez más países
están eligiendo bando en esta nueva guerra fría y China es la que más convence
y atrae.
Posiblemente esto último, la guerra hegemónica entre
Estados Unidos y China, entre la OTAN y los BRICS, entre el mundo
unipolar y el multipolar, sea lo que marque la historia en la
próxima década. La globalización también ha expandido la batalla,
que ya no va a darse entre dos ciudades griegas, sino entre dos mundos
más divididos incluso que durante la Guerra Fría.
Más que analizar lo que ya se ha roto
y desmontado ante
nuestros ojos, es interesante pensar en los posibles futuros a los
que nos enfrentamos. China no va a abandonar su agenda expansionista
por los países del sur por mucho que Trump patalee o que algunos
países como Argentina le den la espalda. Como demuestra la
expansión del club de los BRICS, hay decenas de países hartos
del imperialismo estadounidense y han decidido probar con otro
que, aunque tenga tintes de un nuevo imperialismo comercial, no
es tan sanguinario y fascista como el practicado por la Casa Blanca.
El Make America Great Again sólo
se puede dar a golpe de hacer China pobre again. Y eso está claro que no va a
ocurrir o que no será nada fácil
Pero la pregunta crucial de este
momento histórico es
qué hará Estados Unidos. Esa es la principal cuestión que intentan
resolver analistas de todo tipo y que Trump es capaz de desechar a
golpe de post en su red social. Lo que está claro es que Estados Unidos
ha dado el pistoletazo de salida a una nueva era. El Make
America Great Again sólo se puede dar a golpe de hacer China
pobre again. Y eso está claro que no va a ocurrir o que
no será nada fácil. En este 2025 se ha lanzado la primera lanza
en la nueva batalla por la hegemonía. Trump ha comenzado, y nos ha hecho
caer, en la trampa de Tucídides.
Yago Álvarez Barba.
Coordinador de la sección de economía @econocabreado.bsky.social.
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