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"La cooperación con Estados Unidos y aliados en tecnología militar y
económica será central: desde suministros de sistemas de defensa
asimétricos hasta negociaciones sobre aranceles y seguridad de la
cadena de suministro global para proteger industrias clave. EE. UU.
seguirá siendo el pilar absoluto de la proyección internacional de
Taiwán, aunque con tensiones de fondo que reflejan tanto ese carácter
indispensable como la desigualdad estructural que lo determina. En
2026 cabe esperar continuidad del apoyo militar, tecnológico y político
sin reconocimiento formal y también mayor presión para que Taiwán incremente
el gasto en defensa y absorba costes industriales (relocalizaciones) desmedidos.
El riesgo de quedar atrapado en una lógica de protección condicionada
con menor margen para definir una agenda propia seguirá escalando.
"En cuanto a Japón, seguirá siendo el aliado más
sólido en términos reales, y con Sanae Takaichi menos prudente en lo
formal. Entre las tendencias cabe significar la cooperación creciente en
seguridad marítima, cadenas de suministro, semiconductores y resiliencia
industrial.
"La UE, por su parte, continuará
aumentando su retórica favorable,
pero sin traducirla en decisiones de alto riesgo. Bruselas no está
dispuesta a pagar el coste estratégico de una confrontación directa con
China continental por Taiwán. En suma, más visibilidad política, pero
poca capacidad de protección. En 2026 es previsible que se produzcan más visitas
parlamentarias, resoluciones y cooperación sectorial, avances limitados
en comercio e inversión (sin FTA), ahondando en la diferenciación
interna entre aquellos países más activos (Lituania, Chequia) y
otros claramente cautos.
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Fuentes: Rebelión [Imagen: Los presidentes de China y Taiwán en el Shangri-La Hotel de Singapur. EPA / FAZRY ISMAIL / EFE]
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TAIWÁN 2026: TENDENCIAS Y EXPECTATIVAS EN OCHO CLAVES.
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Por Xulio Ríos | 02/01/2026 | Mundo
Fuentes- Revista Rebelión viernes 2 de enero del 2026.
Taiwán enfrenta un 2026
particularmente intenso, con horizontes problemáticos y desafíos singulares muy
especialmente en la vida política interna.
Estas serían las ocho claves
principales a tener en cuenta:
Confrontación política de
máxima intensidad.
La política taiwanesa sufre una
intensa polarización entre el gobierno del Partido Democrático Progresista
(PDP) y la oposición liderada por el Kuomintang (KMT) -a menudo en coalición con
el Partido Popular de Taiwan (PPT)- que ha causado bloqueos
en la aprobación de presupuestos y políticas clave, debilitando
la capacidad del Ejecutivo para gobernar eficazmente. El parlamento
ha bloqueado repetidamente a nominados para el Tribunal Constitucional,
dejando la corte con muchas vacantes y elevando el riesgo de una parálisis
institucional que podría afectar interpretaciones constitucionales
cruciales en un momento de tensión. El Ejecutivo, a su vez, bloquea
las decisiones adoptadas por la mayoría en el Yuan Legislativo.
Elecciones locales y
estabilización de nuevos liderazgos.
Las elecciones locales de noviembre de
2026 serán un termómetro
político clave. Las disputas internas sobre candidaturas y plataformas
reflejan la fragmentación entre partidos, incluyendo alianzas
frágiles entre pequeñas agrupaciones que podrían redibujar equilibrios de poder.
De nuevo, la oposición deberá mostrar su capacidad para establecer alianzas
que magnifiquen la derrota del PDP, aprendiendo las lecciones del
13 de enero de 2024, cuando su suma del 60% se tradujo en fiasco
frente al 40% del elegido presidente Lai Ching-te.
La elección en 2025 de Cheng Li-wun como presidenta del KMT ha
suscitado debates internos sobre la orientación del partido frente
a China continental y la política doméstica, profundizando tensiones
dentro de la coalición opositora. En el PPT, en primavera debería conocerse el fallo
por corrupción contra su ex líder Ko Wen-je.
Una economía bajo fuerte
impulso.
Taiwán proyecta un crecimiento
económico sólido en 2026,
con estimaciones oficiales elevadas, gracias al auge mundial de la
inteligencia artificial (IA) y la fuerte demanda de semiconductores
avanzados. Las exportaciones relacionadas con IA, especialmente chips,
servidores y componentes de alto rendimiento, seguirán siendo el
principal motor del crecimiento y la competitividad global de Taiwán,
con expectativas de aumento adicional de las ventas al exterior. El gobierno
está promoviendo proyectos estratégicos -como un centro de
datos de nube para IA y una infraestructura de computación de alto
rendimiento- para posicionar la isla como líder global en tecnología
inteligente y reducir la dependencia de la producción tradicional.
La rápida industrialización
tecnológica presenta desafíos
en energía e infraestructura, especialmente tras el cierre de plantas
nucleares y la necesidad de mayor capacidad renovable para sostener
el crecimiento de centros de datos y la producción tecnológica.
Una sociedad que demanda la
gestión de sus preocupaciones.
El gobierno de Lai Ching-te enfrenta la presión por cumplir
promesas en temas como vivienda, desigualdad, transición energética y
bienestar social, áreas donde las expectativas ciudadanas son altas y
en las que la división política complica respuestas eficaces, creando descontento
que podría traducirse en protestas o mayor volatilidad electoral. No
hay indicios de radicalización antisistema que puedan desembocar en una “generación
Z”, pero sí desencanto acumulado entre jóvenes urbanos por unos salarios
estancados, acceso a vivienda cada vez más difícil o precariedad laboral
encubierta. La vivienda se consolida como principal problema
social, nutriendo la hipótesis de que sustituya a la identidad
como eje de politización cotidiana.
Por otra parte, Taiwán ha entrado plenamente en una fase
de sociedad superenvejecida, lo cual plantea retos significativos en
cuidados, laboral o en lo fiscal. El recurso a la inmigración de trabajadores
del Sudeste Asiático y de matrimonios transnacionales sugiere el desafío
de la integración. Asimismo, si bien Taiwán mantiene un claro liderazgo
regional en derechos civiles (matrimonio igualitario), emergen discursos
conservadores que pueden derivar en otra manifestación de la
polarización.
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Tensiones al alza con China
continental.
Las relaciones con China continental continuarán siendo un factor crítico.
A finales de 2025 se han intensificado ejercicios militares chinos
alrededor de la isla, incluyendo simulaciones de bloqueo, lo que sugiere
una presión sostenida sobre la seguridad taiwanesa y posibles riesgos
geopolíticos en 2026.
La cuestión de la identidad taiwanesa
frente a China continental
sigue siendo un tema divisorio: en la ciudadanía hay debates cada vez
más acalorados sobre independencia, “statu quo”, y hasta relatos
históricos contrapuestos que alimentan la crispación política y cultural
en la sociedad.
La defensa en la cima de las
prioridades
El PDP ha impulsado incrementos
presupuestarios en defensa,
incluyendo la ampliación de capacidades aéreas y de disuasión, con
planes para reforzar sistemas como el “T-Dome” (similar al Iron Dome) y elevar
el gasto militar a más del 3 % del PIB en el medio plazo. La oposición
reprueba estos y otros incrementos, recriminando al gobierno que
exacerba los riesgos de seguridad buscando irresponsablemente réditos
electorales y apoyo exterior.
Una diplomacia de
supervivencia sofisticada.
En 2026, la diplomacia taiwanesa
acentuará su transformación.
El reconocimiento diplomático ha dejado de ser el objetivo central,
evolucionando hacia un modelo pos-reconocimiento: menos obsesión por
cosechar aliados formales, más inserción funcional en redes
críticas, dependencia estratégica de EE. UU., y una constante negociación
del límite con Beijing.
La cooperación con Estados Unidos y aliados en tecnología militar y
económica será central: desde suministros de sistemas de defensa
asimétricos hasta negociaciones sobre aranceles y seguridad de la
cadena de suministro global para proteger industrias clave. EE. UU.
seguirá siendo el pilar absoluto de la proyección internacional de
Taiwán, aunque con tensiones de fondo que reflejan tanto ese carácter
indispensable como la desigualdad estructural que lo determina. En
2026 cabe esperar continuidad del apoyo militar, tecnológico y político
sin reconocimiento formal y también mayor presión para que Taiwán incremente
el gasto en defensa y absorba costes industriales (relocalizaciones) desmedidos.
El riesgo de quedar atrapado en una lógica de protección condicionada
con menor margen para definir una agenda propia seguirá escalando.
En cuanto a Japón, seguirá siendo el aliado más
sólido en términos reales, y con Sanae Takaichi menos prudente en lo
formal. Entre las tendencias cabe significar la cooperación creciente en
seguridad marítima, cadenas de suministro, semiconductores y resiliencia
industrial.
La UE, por su parte, continuará
aumentando su retórica favorable,
pero sin traducirla en decisiones de alto riesgo. Bruselas no está
dispuesta a pagar el coste estratégico de una confrontación directa con
China continental por Taiwán. En suma, más visibilidad política, pero
poca capacidad de protección. En 2026 es previsible que se produzcan más visitas
parlamentarias, resoluciones y cooperación sectorial, avances limitados
en comercio e inversión (sin FTA), ahondando en la diferenciación
interna entre aquellos países más activos (Lituania, Chequia) y
otros claramente cautos.
En Centroamérica, donde conserva buena parte de
sus contados aliados diplomáticos, Honduras, con la victoria del
candidato trumpista Nasry Asfura, partidario de Taiwán, será un
síntoma de lo cerrado de ciertos casos, confirmando que no hay vuelta atrás en
el reconocimiento de la República Popular China. O sí.
En lo conceptual, la diplomacia
taiwanesa acentuará
el giro funcional en detrimento del “estatal”, promoviendo una cooperación
internacional centrada en áreas como la tecnología, academia,
salud, cultura o empresa, sin depender del reconocimiento formal y buscando
institucionalizar las interdependencias en marcos más edificantes,
aunque menos sobresalientes.
Ese bajo perfil de la visibilidad internacional seguirá siendo objeto de vigilancia por parte de China continental, quien se afanará en erosionar los márgenes de la proyección internacional de Taipéi, penalizando a aquellos terceros que eleven demasiado el perfil de la relación.
Cuatro escenarios.
Cuatro escenarios plausibles podríamos
dibujar para la política interna de Taiwán en 2026, construidos a partir de la
correlación de fuerzas actual, las elecciones locales y el entorno geopolítico.
No son excluyentes, pero sí jerarquizables.
Escenario 1. Bloqueo
estructural prolongado.
La fragmentación institucional se
normaliza y el empate permanente se cronifica. El Ejecutivo del PDP, con un presidente sin mayoría
legislativa, gobierna a golpe de decretos, presupuestos recortados y soluciones
tácticas. La oposición (KMT-PPT) prioriza erosionar al gobierno antes
que producir alternativas de gobernanza. Entre las consecuencias, cabría
considerar una parálisis parcial de reformas, la judicialización de la
política y la politización de los controles, fatiga ciudadana y
desafección.
Escenario 2. Reconfiguración
opositora tras las locales de 2026.
Las elecciones locales actúan como catalizador. Si el KMT
obtiene buenos resultados, se impone una línea más disciplinada y pragmática;
si fracasa, aumenta la fragmentación y el PPT ganaría peso como árbitro.
Entre las consecuencias, una posible recomposición de alianzas en el Legislativo,
mayor presión para un gobierno “de consenso mínimo”, o una apertura
(limitada) a acuerdos técnicos, no ideológicos. Esta expectativa podría
desembocar al final del ejercicio y a mitad del mandato de Lai Ching-te
en una mejor gestión de la polarización.
Escenario 3. Escalada de la
confrontación política e identitaria.
Un aumento de la presión de China
continental se
traduciría en sobreactuación política interna. La seguridad nacional se
convierte entonces en arma arrojadiza y la identidad en frontera moral.
Esto podría provocar un endurecimiento discursivo del PDP y la
radicalización de sectores opositores acusados de ambigüedad.
Escenario 4. Recentra miento
tecnocrático y tregua táctica.
El persistente desgaste empujaría a
una parte del sistema a buscar estabilidad. La priorización de políticas
económicas, tecnológicas y sociales “neutrales”, dejaría en segundo plano las batallas
identitarias. En este caso, la presión empresarial podría ser indicativa
al igual que una cierta moderación del entorno regional. Adicionalmente,
supondría que algunos liderazgos debieran estar dispuestos a pagar
ciertos costes internos propiciando nuevas reformulaciones de cara a las
presidenciales y legislativas de 2028.
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