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“Para adquirir
una visión de la magnitud de esta
transformación sistémica recordemos la situación imperante en los
años de la Guerra Fría. En ese momento el
sistema internacional era bipolar y enfrentaba Occidente, supuesto
hábitat de la “libertad “, la “democracia” y los “derechos
humanos”, con la Unión Soviética y sus aliados, demoníacas
personificaciones de todo lo malo que podía caber en este mundo.
“Era una estructura
relativamente simple,
que enfrentaba a dos grandes concentraciones de poder donde los actores
excluyentes eran los estados y, además, cada uno de estos
polos funcionaba en un ecosistema económico y político propio.
Entre la Unión Soviética y Estados Unidos no había relaciones
económicas o financieras. El diálogo giraba exclusivamente sobre asuntos de
carácter exclusivamente militar y se limitaba a la elaboración de tratados
para contener la carrera armamentista. Los que dialogaban eran los gobiernos,
ante una casi total ausencia de actores no estatales y el intercambio
económico entre ambas superpotencias era prácticamente inexistente:
difícilmente llegaba al uno por ciento de sus exportaciones.
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Marcha de la juventud chavista en reclamo de la liberación de Maduro. (AFP/AFP)
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TRUMP Y SU MUNDO DE FANTASÍA.
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Por
Atilio A. Boron.
Politólogo.
Sociólogo. Dr. En Ciencias Políticas.
Maestro
Universitario. Buenos Aires Argentina.
Fuente. Página /12 jueves 8 de enero del 2026.
El brutal ataque de la madrugada del 3
de enero que resultó en el secuestro del presidente Nicolás
Maduro Moros
quedará registrado en la historia futura como el punto de inflexión que echó
la última palada de tierra al tan publicitado “orden mundial basado en reglas”. Fue
un derrumbe progresivo, que lenta pero persistentemente iba dejando caer
pedazos de aquella construcción concebida para contener los conflictos y
contradicciones de un sistema internacional cada vez más complejo y, a
la vez, interconectado.
La impotencia del sistema de las
Naciones Unidas para detener el genocidio e infanticidio del régimen racista israelí en
Gaza es un ejemplo clamoroso de este fracaso. También lo es el secuestro
del ex vicepresidente del Ecuador, Jorge Glas, asilado en la embajada de México
en Quito y atrapado por las fuerzas armadas locales violando abiertamente
la Convención de Viena sobre las Relaciones e Inmunidades
Diplomáticas. El cómplice silencio de muchos líderes de Occidente ante
la barbarie desatada en Caracas es otro de los signos de la
descomposición de un “orden” incapaz de regular el flujo incesante y
cada vez más complejo que anima al sistema internacional.
Para adquirir una visión de la magnitud de esta transformación sistémica recordemos la situación imperante en los años de la Guerra Fría. En ese momento el sistema internacional era bipolar y enfrentaba Occidente, supuesto hábitat de la “libertad “, la “democracia” y los “derechos humanos”, con la Unión Soviética y sus aliados, demoníacas personificaciones de todo lo malo que podía caber en este mundo.
Era una estructura relativamente
simple, que
enfrentaba a dos grandes concentraciones de poder donde los actores
excluyentes eran los estados y, además, cada uno de estos
polos funcionaba en un ecosistema económico y político propio.
Entre la Unión Soviética y Estados Unidos no había relaciones
económicas o financieras. El diálogo giraba exclusivamente sobre asuntos de
carácter exclusivamente militar y se limitaba a la elaboración de tratados
para contener la carrera armamentista.
Los que dialogaban eran los gobiernos, ante una casi total ausencia
de actores no estatales y el intercambio económico entre ambas
superpotencias era prácticamente inexistente: difícilmente llegaba al
uno por ciento de sus exportaciones.
Pero ese mundo quedó atrás. En 2024, último año con datos confirmados, el volumen del comercio bilateral entre Estados Unidos y China llegó a los 585.000 millones de dólares, lo que tiene como consecuencia un elevado grado de articulación entre ambas economías, algo inimaginable en los años de la Guerra Fría. Pero, además, si el viejo bipolarismo era fuertemente estatista, la reconstitución que se produjo con la caída de la URSS ofrece un paisaje en donde junto con los gobiernos ha surgido una enorme cantidad de actores no-estatales. Para comenzar, gigantescas empresas cuyo valor de mercado supera con creces el producto bruto de la mayoría de los países. Nvidia supera al PIB de Alemania; Apple y Microsoft los de Francia y el Reino Unido, OpenAI vale más que el PIB de Indonesia y los cinco gigantes tecnológicos: Apple, Amazon, Microsoft, Google y Facebook (Meta) superan a casi todas las economías del mundo, con excepción de Estados Unidos y China. Facebook, además, es el “país” más poblado del planeta, con 3.070 millones de usuarios activos a fines del 2025, es decir más que la población de la India o de China. Huelga anotar que este enorme poder empresarial ha sido decisivo en el vaciamiento de las democracias liberales de nuestro tiempo, reducidas a una inconducente rutina electoral en donde puede haber alternancia de partidos gobernantes, pero sin crear nuevas alternativas de políticas públicas
Los cinco gigantes tecnológicos
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A las empresas habría que sumar la
galaxia de ONGs de
impacto global como Greenpeace, Médicos Sin Fronteras, Oxfam, Tax Justice
Network y tantas otras; o el enjambre de organismos intergubernamentales,
como las Naciones Unidas, Unesco, Unicef, la Organización Mundial de la
Salud y, más recientemente, la creación de los BRICS y su
ampliación actual, coalición del Sur Global llamada a ejercer
un creciente protagonismo en la construcción de un nuevo ordenamiento
internacional. A todos los actores mencionados hay que sumar
el crimen organizado de alcance transnacional: los cárteles
de la droga, los grupos dedicados a la trata de personas,
la venta ilegal de armas, el tráfico de órganos y las organizaciones
terroristas, en algunos casos creadas por Estados Unidos
para combatir gobiernos adversarios, sobre todo en Oriente Medio y Asia
Central. A lo anterior hay que sumar distintos movimientos
sociales organizados a escala internacional, como lo fue el No al Alca
de comienzos de siglo, o Vía Campesina, la Alianza Social Continental
amén de los diversos movimientos feministas y ambientalistas de alcance
transnacional.
Esta enorme complejidad de la escena
internacional
requiere de modo impostergable la creación de un nuevo orden, o un
conjunto de reglas basadas en la premisa de que todos ganen (el “win-win”
de China) y que todos se sientan seguros en la nueva institucionalidad.
Pero no es eso lo que proponen Estados Unidos y sus ahora
repudiados vasallos europeos, para los cuales de lo que se trata es de reforzar
el orden ya putrefacto aumentando el presupuesto militar,
fortaleciendo a la OTAN, y actualizando la Doctrina Monroe con
la brutalidad del bombardeo sobre Caracas y el insólito secuestro
del presidente de una nación soberana, a la cual se quiere convertir
en una colonia de Estados Unidos.
Lo de Trump, diciendo que él se hará cargo de la
“transición” y la refundación de Venezuela (aunque no usó esta expresión)
sólo puede ser entendido como producto de la desesperación ante los cambios
de un mundo que ya no volverá a ser el de antes. Pretender
por ejemplo que Venezuela deje de venderle petróleo a China es un absurdo de
imposible cumplimiento, como lo es el planteamiento de la nueva
Estrategia de Seguridad Nacional que se propone alejar de la región
a “potencias extra-hemisféricas” como China, Rusia, Irán e
inclusive India. Lo de Trump es un retroceso por
comparación a la formulación original de la Doctrina Monroe que rechazaba
cualquier intento de las viejas potencias europeas de intentar la
recolonización de los países latinoamericanos y caribeños, pero no llegaba
a extremos tan desquiciados como para exigir, como hace Trump, la ruptura
de vínculos comerciales entre nuestros países y otros más allá de la región,
aunque fuera con las viejas potencias colonialistas. El magnate
neoyorquino en cambio quiere cerrar con alambres de púa a todo el hemisferio,
proclamarse su dueño absoluto e intentar, con esta locura, recuperar
posiciones en la arena internacional arrasando con los preceptos
del derecho internacional y la libertad de comercio.
¿Qué va a hacer con los numerosos
países que tienen como primer socio comercial o inversionista a China, Brasil o
Chile, sin ir más lejos?
¿Los va a bombardear como hizo en
Venezuela? Además,
¿entre los aduladores que lo rodean no
hay nadie que le diga a Trump que China dispone de armas comerciales,
financieras y tecnológicas como para infligir un enorme daño a la economía de
Estados Unidos si la Casa Blanca persiste en impedir que el gigante asiático
comercie con los países del hemisferio occidental?
Un solo ejemplo basta para
probarlo: China tiene de lejos la mayor reserva de tierras raras del mundo y además domina su
refinado, procesando inclusive gran parte de las que se extraen otros
países. Y sin ese insumo la industria bélica estadounidense queda
paralizada. ¿Cree Trump que Beijing admitirá pasivamente, sin tomar
represalias ante su tentativa de alejarla del hemisferio occidental?
En suma, esto es un gigantesco
sinsentido condenado al fracaso.
En un mundo altamente interconectado por múltiples cadenas
internacionales de valor la propuesta de Trump es un disparate,
producto de un patológico delirio de grandeza y de omnipotencia que
más pronto que tarde acabará por acelerar aún más la
declinación de los Estados Unidos, algo que, como lo demuestra la historia
de los imperios, no se detiene por la fuerza de las armas.
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