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¿Cómo perder un país? No tengo la respuesta. Solo tristeza, y la sensación de “estar perdiendo un país”, ¿cómo lo expresó la escritora turca Ece Temelkuran en ‘How do lose a country? The siete Steps from Democracy to Fascism' (The Canons, 2024). Porque, aunque a muchos les incomode el término fascismo y minimicen el grado de descomposición moral y política que vivimos, el Perú no es una isla y exhibe varios de los signos que Temelkuran asocia con la pérdida de la democracia, camino al fascismo. La impunidad estructural y la instrumentalización de las fuerzas de seguridad para ejercer violencia contra los ciudadanos en virtual calidad de inimputables, es uno de los más, si no el más, preocupante.
"En una reciente entrevista con el periodista Chris Hedges, Temelkuran dijo que cuando perdemos la democracia “perdemos muchas otras cosas, sobre todo la dignidad humana, y ese es el principal problema de la política de este siglo. Creo que tenemos que volver a situar la dignidad humana en el centro”, afirmó. Coincido, y pienso en ese otro artículo olvidado, esta vez, el 1 de la Constitución vigente: “La defensa de la persona humana y el respeto a su dignidad son el fin supremo de la sociedad y el Estado”. El Congreso no lo tocó, tal vez porque pensó que era letra muerta. De seguirse ignorando, “democracia” seguirá siendo una palabra hueca.
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CAMBIO DE MANDO SIN CAMBIO: UNA MEMORIA DEL PRESENTE.
POR CECILIA MÉNDEZ.
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Porque aunque a muchos les incomode el
término “fascismo” y minimicen
el grado de descomposición moral y política que vivimos, el Perú no es
una isla y exhibe varios de los signos que Temelkuran asocia con la pérdida de
la democracia, camino al fascismo.
Por Cecilia Méndez.
Doctora en Historia*
Fuente La República domingo 26 de
julio del 2026.
Es julio, “el mes de la patria”. El del aniversario de la
independencia. “Independencia” remite al sentido fundacional de la
soberanía nacional, pero hoy suena hueco. Porque, mientras este 28
conmemoramos un año más de que nuestros antepasados juraron
“sostener y defender
con su opinión, persona y propiedades, la independencia del Perú del gobierno
español y de cualquiera otra dominación extranjera”, asumirá la presidencia K.
Fujimori, a quien no es fácil asociar con los valores de este juramento.
El juramento de la independencia fue
un ritual cívico que
realizaron muchos pueblos del Perú antes de que San Martín proclamara
la independencia en Lima; muchos otros pueblos lo continuaron
haciendo después. Y aunque se trata de un juramento olvidado, para San
Martín fue crucial: era lo que validaba su proclama
independentista, que se realizaba por “la voluntad general de los
pueblos”. Una versión del juramento pasó a ser parte de nuestra
segunda Constitución republicana, la de 1834, cuyo artículo primero
dice:
“La nación peruana es independiente; y no puede ser patrimonio de persona o familia alguna”.
En anteriores oportunidades he
planteado (siempre
fuera de moda…), que la independencia del Perú debe entenderse
como una revolución, tal como la experimentaron sus contemporáneos y
artífices. Una revolución política y jurídica, radical para su tiempo
y —temo decirlo— más aún para el nuestro, en que el propio término
revolución no está más en el horizonte de lo pensable.
La incongruencia entre el país (¿post?) neoliberal de hoy y
el ideal de su fundación republicana no puede ser mayor. En
tres décadas de neoliberalismo, el mercado desplazó a la historia como
fuente de identidad colectiva y el país se convirtió en una
marca. Pero es necesario incidir en la historia que tuvimos, que
tenemos, porque en el intento de reescribirla se librarán muchas batallas
políticas. Por ello, creo más necesario que nunca rescatar de la historia
lo que el dogma neoliberal prefirió que olvidáramos: la historia
de nuestros derechos políticos y ciudadanos... Por ejemplo, el que nuestra
primera constitución republicana, de 1823, ya incorporaba la igualdad
ante la ley en el capítulo de garantías constitucionales, en clara ruptura
con la legislación colonial.
Dictadura
parlamentaria.
Si bien estos principios han sido
burlados sistemáticamente
a lo largo de dos siglos de vida republicana, creo que el régimen
que se inicia con la vacancia irregular de Castillo el 7 de diciembre de
2022 y llega a su fin en unos días, será considerado uno de los más
corrosivos a este respecto. Y no será fácil para la señora
Fujimori desvincularse de él, ni de su origen espurio, porque fue su
propio vicepresidente, 'Miki' Torres, quien confesó, a modo de alarde,
que el Congreso, la Fiscalía y medios, conjuntamente depusieron a
Castillo. En sus palabras:
“Sacar al señor Castillo no fue sencillo. Claro, van a decir: ‘No, se sacó solo’. No fue así. Los periodistas lo hicieron, el Congreso también lo hizo, el Ministerio Público también lo hizo. O sea, fue verdaderamente una suma de esfuerzos para que ese señor se vaya”. Es decir, si bien Castillo quiso dar un golpe, el golpe se lo terminó dando a él un Congreso dominado por el fujimorismo, que desde entonces ha gobernado el país vía presidentes títere.
Tampoco le será fácil a
Fujimori desasociarse de la masacre de 50 peruanos con la que se inauguró
el régimen parlamentario que tuvo en Boluarte a su primera presidenta
títere, porque, siendo la responsable política de estos crímenes, su
bancada Fuerza Popular blindó siete veces de la vacancia;
ni de la captura de los poderes del Estado e instituciones claves para
el sistema de justicia, como Fiscalía, TC, JNJ, Defensoría
del Pueblo, de las que Fujimori y sus coacusados se beneficiaron
directamente cuando el TC anuló inconstitucionalmente su juicio en
curso por lavado de activos. Luego vinieron el hostigamiento,
acusaciones y remoción arbitraria de jueces y fiscales que investigaban
casos que involucraban al fujimorismo y aliados, mientras los organismos
tomados reponían a jueces y fiscales comprometidos con la red criminal
Los Cuellos Blancos. ¡Un verdadero mundo al revés!
Más allá del ámbito judicial, la nueva arquitectura legal creada
por el régimen, con sus 12 leyes proimpunidad, persiguió un control
político cerrado a futuro. Arrogándose poderes constituyentes
para los que no fue elegido, el Congreso alteró, a puerta
cerrada, el 57%, de la Constitución, modificando la propia estructura
del sistema representativo y las reglas de juego del sistema
electoral, sobrepasando sus atribuciones. Llamarlo dictadura parlamentaria no
es hipérbole.
Y siendo su obra reprensible, la más alarmante de
todas las leyes que urdió es la que permite que policías y militares
puedan ser juzgados por crímenes comunes en tribunales militares y
policiales, lo que nos revierte al tiempo de los fueros coloniales
y la “sociedad de castas”, donde las penas no se daban tanto
en función del delito, sino de quién lo cometía. Una reversión de
más 200 años del principio de igualdad jurídica con el que se fundó
la república.
Cabe entonces preguntarse
¿por qué, si más del
90 % de peruanos desaprobaba a un Congreso que perpetró las iniquidades que
conocemos, el país terminó llevando a la presidencia a quien estuvo detrás de
todo esto?
¿Qué le hace a un país elegir a su propio verdugo de presidente?
Dra. Cecilia Méndez.
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¿Cómo
perder un país?
No tengo la respuesta. Solo tristeza,
y la sensación de “estar
perdiendo un país”, ¿cómo lo expresó la escritora turca Ece Temelkuran
en ‘How do lose a country? The siete Steps from Democracy to Fascism'
(The Canons, 2024). Porque, aunque a muchos les incomode el término fascismo
y minimicen el grado de descomposición moral y política que vivimos,
el Perú
no es una isla y exhibe varios de los signos que Temelkuran asocia
con la pérdida de la democracia, camino al fascismo. La impunidad
estructural y la instrumentalización de las fuerzas de seguridad para
ejercer violencia contra los ciudadanos en virtual calidad de inimputables,
es uno de los más, si no el más, preocupante.
En una reciente
entrevista con el periodista Chris Hedges, Temelkuran dijo
que cuando perdemos la democracia
“perdemos muchas
otras cosas, sobre todo la dignidad humana, y ese es el principal problema de
la política de este siglo. Creo que tenemos que volver a situar la dignidad
humana en el centro”, afirmó. Coincido, y pienso en ese otro artículo olvidado,
esta vez, el 1 de la Constitución vigente: “La defensa de la persona humana y
el respeto a su dignidad son el fin supremo de la sociedad y el Estado”. El
Congreso no lo tocó, tal vez porque pensó que era letra muerta. De seguirse
ignorando, “democracia” seguirá siendo una palabra hueca.
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*Historiadora y profesora principal en
la Univ. de California, Santa Bárbara. Doctora en Historia por la Universidad
del Estado de Nueva York, con estancia posdoctoral en la Univ. de Yale. Ha sido
profesora invitada en la Escuela de Altos Estudios de París y profesora
asociada en la UNSCH, Ayacucho. Autora de La república plebeya, entre otros.
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