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“Esta misma semana, luego del anuncio de
Chang, Rosangella Barbarán visitó el LUM. ¿Qué opinión le merece su video?
“gracioso
si no fuera algo patético o trágico. El LUM ha
sido objeto de ataque predilecto. Y eso que el LUM ha sufrido la salida
de dos directores, le han quitado financiamiento, le han quitado capacidad
autónoma. Aun así, es tan poderosa la narrativa alrededor del LUM que no
dejan de atacarlo. Barbarán no hace esto por ignorancia; su capital en
el fujimorismo no viene de su preparación como política. Su rol viene
de ser rival del comunismo, y ya lo hemos visto en las pintas en las
marchas. Es una forma de seguir en el fujimorismo ante cualquier posible
falta de talento político. Es algo peligroso, porque no es una persona a
quien le interese debatir, sino que desinforma de manera deliberada para
seguir estando en ese espacio.
“Llega un punto en el que toda esta
administración de la memoria genera un caldo de cultivo para que mañana
aparezca un movimiento posfujimorista aún más radical…
“Sí,
creo que es un buen punto. Parte del éxito del fujimorismo está
en marcar un bloque de derechas. El fujimorismo es un poco de todo y
nada. Quiso ser democrático y no lo fue, quiso ser de las élites y no
tiene quien pueda acogerlo ahí y, al final, quiere ser un movimiento más
cercano a las calles. Es como un trumpismo antes de Trump. Pero no puede
converger en esas tres líneas. Es muy difícil que surja algo más radical, pero
eso no significa que no haya grupos que quieran radicalizarse para obtener
beneficios —la resistencia, los combatientes o estos youtubers que piden
auspicios y hacen cosas de historia—. Va a haber de todo, pero la cuestión
es hasta qué punto el fujimorismo podrá controlar todo eso. Hemos visto que
la campaña confrontacional de López Aliaga, la de insultar, tiene un público
limeño potente.
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El historiador analiza el pedido del ministro
José Antonio Chang de retirar las ideologías de los textos escolares y
advierte que detrás hay una estrategia retórica y un proyecto político que
busca imponer una narrativa sobre el pasado.
Por. Mauricio Muñoz. Periodista.
Fuente La República domingo 20 de septiembre
del 2026.
Vi su reacción a las palabras del ministro José Antonio Chang, quien pidió que se retiren las ideologías de los textos escolares. ¿Por qué puede generar molestia en un historiador que un político diga algo así?
Creo
que hay varias razones; yo diría que dos centrales. Una es que viene de un
ministro fujimorista, de un tipo de gobierno con una ideología muy clara: la de
crear una historia neutral que en la práctica no lo es, sino que sigue una
línea compartida con la escuela naranja. No es algo nuevo, es algo que también
han hecho gobiernos como el de Augusto Leguía, Juan Velasco Alvarado y el
propio Alberto Fujimori. Es un intento muy burdo, bastante torpe, pero es
parte de este proyecto ultraconservador que Keiko Fujimori avala con el ministro
Chang.
El
otro punto tiene que ver con una cuestión de manipulación.
Extender la palabra ideología a todo lo que el Gobierno vea como malo es
una estrategia. Es darle un uso retórico a la palabra, planteando que solo
los otros tienen ideología y nosotros no, que somos neutros. Bajo esa línea
dicen que hay que limpiar todo de ideología para que no se contaminen.
Esa estrategia ha calado muy bien. Buena
parte de la población entiende la palabra ideología como una variable negativa:
mientras más ideologizado esté alguien, peor. ¿Eso es así?
No
realmente. El fujimorismo siempre ha querido crear una suerte de
quiebre, mostrándose como un partido nuevo, tecnócrata, modernizador y, sobre
todo, sin ideología; dando a entender que todo lo que hacen es por el
bien del país. Pero, en verdad, cuando uno habla de ideología habla de una
cosmovisión, de una manera de ver el mundo y de cambiarlo. La puede tener una
persona de la calle que consume contenido de derecha, de izquierda o incluso de
centro. No es un término cargado, sino neutro; hay que entender que
todos tenemos una forma de ver el mundo y eso, por sí mismo, no está mal.
¿No existe entonces algo como una educación
sin ideología?
No, porque incluso la investigación histórica está sometida a revisiones constantes. En nuestro gremio, la cuestión de la objetividad ya se asume como algo que no es puro. Se basa en la cantidad de debates que tenemos, y con ellos se busca afinar lo que sabemos. Lo que hace el ministro Chang no es una cuestión técnica, es algo más propagandístico.
José Ragas acaba de publicar el libro 'Las guerras de la historia', junto al también historiador Charles Walker | Foto: Carlos Félix / La República.
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Ahora, en su libro 'Las guerras de la
historia', se señala que parte de esta ultraderecha regional ha utilizado
eslóganes que, en la práctica, han resultado nocivos para grupos vulnerables.
Una persona simpatizante de estos movimientos podría responder que buena parte
de la izquierda ha tenido un control de la cultura tal que ha impuesto su
matriz de valores por encima de la de otras personas conservadoras.
Es
algo que no se ha debatido mucho y que en otras partes ha adoptado el nombre
de batalla cultural: esta reacción de los sectores ultraconservadores o de
derecha. Antonio Gramsci señalaba muy bien que existe una hegemonía
que no es solo política, sino también cultural, que es donde se
debaten las visiones del mundo. Lo que ha ocurrido en los últimos años es que
ha habido un giro en el cual elementos que venían de Mayo del 68 o de
algunas reformas liberales se convirtieron en sentido común. Por ejemplo:
está mal atacar a comunidades LGBT, está mal ser racista. Todo eso se
volvió sentido común y políticas públicas.
Tanto
que, como dice Pablo Stefanoni, la derecha aprovechó eso para mostrarse
como rebelde. Lo que vemos ahora es una primera ola. Está pasando en Estados
Unidos, está pasando en otros países de la región, y siempre con categorías
facilistas: ideología, caviar, el DEI utilizado por Elon Musk, Ceuta utilizada
en España, la cuestión de los jubilados en Argentina. Entonces, no
es algo aislado. En el libro queremos ampliar ese debate para mostrar cómo Perú
ha sido parte de eso.
En estos momentos, los militares tienen la
facultad de vetar los textos escolares…
Algo
que investigamos acá es que, en las editoriales, los textos que abordan el
periodo del conflicto armado interno tienen que pasar por el filtro de los
militares. Es algo que me parece inconcebible.
¿Y quiénes han permitido eso?
En
verdad, desde la academia debieron aparecer figuras que —desde las universidades
y los centros culturales— impidieran esto, como la Academia Nacional de
la Historia y los departamentos académicos de las universidades.
Pero eso no ha ocurrido. Quizás sea porque están fragmentados y cumplen un rol
mucho más senatorial en el debate nacional.
¿Les ha faltado carácter a los académicos?
Ha
faltado presencia y carácter para plantarse ahí. Se entiende
por las condiciones mismas de la academia. Es una academia precaria, donde
muchas universidades se han despolitizado voluntariamente para evitar
conflictos y donde el curso de historia cumple el rol de un curso de
información y no de análisis. Incluso ha habido una suerte de retroceso en la enseñanza
de la historia. Los debates se dan solo al inicio, cuando estos gobiernos y
estos grupos conservadores deciden intervenir en estos textos para imponer una
narrativa específica.
Hay un pasaje en su libro sobre la gestión
del Fondo Editorial del Congreso durante el periodo anterior, que tiene como
protagonista a Karina Beteta, hoy diputada de Fuerza Popular. Durante esa
gestión, ella publicó una historieta en la que se blanquea el autogolpe del 92.
Es un revisionismo de algo que ni siquiera viene de siglos atrás, sino de hace
pocas décadas. ¿Cómo se responde a ese gaslighting histórico?
Es un
poco la hipocresía del ministro de Educación cuando dice que quiere
retirar el contenido ideológico. Un punto que planteamos en el libro es
que estos debates, que pueden parecer anecdóticos, son parte de una narrativa
impuesta para erosionar el sentido democrático y favorecer la impunidad de
aquellos agentes del Estado que puedan cometer actos en el futuro. Todo
queda justificado con tal de defender el Estado, la Constitución, el modelo
económico y demás.
¿Por qué es tan potente esa narrativa? Algo
debe de haber hecho bien el fujimorismo de los noventa para imponer su
narrativa.
Hay
dos cosas ahí. En mi anterior libro 'Los años de Fujimori'
repasé que Fujimori fue de los pocos presidentes que se dio el trabajo
de ir. Belaúnde solo lo hizo en campaña, y Alan García también.
El candidato usualmente recorre el país; el presidente, no. Para muchos, el
recuerdo de ver al presidente recorrer tu localidad, estar en tu colegio o
estrechar la mano de una persona es una imagen muy potente. Eso le ha servido
para mantener bolsones importantes.
¿Y usted ve a Keiko con la posibilidad de
hacer algo así?
No.
Keiko no tiene el carisma de su padre. No es que el padre sea míster simpatía,
pero a Keiko no le nace. Alberto Fujimori aprovechó una cultura de caos
para solucionar, a su manera, las cosas. Tomó el proyecto económico de su
contrincante e impuso una narrativa: el país fue pacificado. Es algo que
no es del todo cierto. Pero Fujimori combinó esa narrativa con la
presencialidad. De ahí que se expandiera esa estrategia.
Si uno se pone más estricto con las
revisiones históricas, también cabe la posibilidad de que la manipulación de
textos escolares dé espacio a voces que han sido más románticas con otros
elementos históricos. La corona española es vista con buenos ojos por
influencers y youtubers que tienen cada vez más espacio en el debate público.
Totalmente. Además,
creo que algo que manejan es que no hay una diferencia entre estas exposiciones
narrativas del presente y lo que hay del pasado. Muchos youtubers
aventureros que se creen historiadores apoyan a partidos —en España,
por ejemplo, Vox o el PP—. En Perú también operan sin distinguir si son
monarquistas o si son de ultraderecha. Lo que hacen es tergiversar la
historia a partir de argumentos que no se sostienen en la investigación.
Todo bajo la idea de esto no te lo enseñaron en el colegio o esto es la
verdad oculta.
En el
caso de la conquista, se sostiene esta idea de que hubo una
suerte de transferencia pacífica. Además, junto con esto se da la idea
de que los incas pensaban que la divinidad cristiana era el sol y
que por eso fue más fácil dar paso a la transferencia religiosa. Es otra
forma de hacer imperar la idea de que el cristianismo y el catolicismo
son las únicas formas de religión en el Perú. Y es algo que vemos,
por ejemplo, con Muñante, quien dice que el catolicismo es la
religión única y que no exportaremos religiones del Medio Oriente.
Esta misma semana, luego del anuncio de
Chang, Rosangella Barbarán visitó el LUM. ¿Qué opinión le merece su video?
Sería
gracioso si no fuera algo patético o trágico. El LUM ha
sido objeto de ataque predilecto. Y eso que el LUM ha sufrido la salida
de dos directores, le han quitado financiamiento, le han quitado capacidad
autónoma. Aun así, es tan poderosa la narrativa alrededor del LUM que no
dejan de atacarlo. Barbarán no hace esto por ignorancia; su capital en
el fujimorismo no viene de su preparación como política. Su rol viene
de ser rival del comunismo, y ya lo hemos visto en las pintas en las
marchas. Es una forma de seguir en el fujimorismo ante cualquier posible
falta de talento político. Es algo peligroso, porque no es una persona a
quien le interese debatir, sino que desinforma de manera deliberada para
seguir estando en ese espacio.
Llega un punto en el que toda esta
administración de la memoria genera un caldo de cultivo para que mañana
aparezca un movimiento posfujimorista aún más radical…
Sí,
creo que es un buen punto. Parte del éxito del fujimorismo está
en marcar un bloque de derechas. El fujimorismo es un poco de todo y
nada. Quiso ser democrático y no lo fue, quiso ser de las élites y no
tiene quien pueda acogerlo ahí y, al final, quiere ser un movimiento más
cercano a las calles. Es como un trumpismo antes de Trump. Pero no puede
converger en esas tres líneas. Es muy difícil que surja algo más radical, pero
eso no significa que no haya grupos que quieran radicalizarse para obtener
beneficios —la resistencia, los combatientes o estos youtubers que piden
auspicios y hacen cosas de historia—. Va a haber de todo, pero la cuestión
es hasta qué punto el fujimorismo podrá controlar todo eso. Hemos visto que
la campaña confrontacional de López Aliaga, la de insultar, tiene un público
limeño potente.
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