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“En Alemania,
hace apenas un año el partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) celebraba la victoria de Trump.
Era el momento en que la AfD coqueteaba con Elon Musk, entonces el hombre
fuerte de la gestión del nuevo presidente estadounidense. Hoy,
la AfD critica la intervención estadounidense en Venezuela y sus
amenazas contra Groenlandia, acaba de comentar el periódico
suizo Le Temps. El artículo sostiene que “La
vergüenza es palpable en Alternativa para Alemania”. La cúpula del partido
había tardado diez días en comentar oficialmente la captura del presidente
venezolano por tropas estadounidenses el 3 de enero, así como las amenazas de
Trump contra Groenlandia. Pero, para sorpresa de todos, de pronto comenzaron a
cuestionarlo.
“Por su parte, Alice
Weidel, la principal dirigente del partido afirmó en Berlín la
segunda semana de enero: “[Trump] ha roto una promesa fundamental de
campaña: no interferir en los asuntos de otros Estados. Debe explicárselo a sus
votantes”. Su colega Tino Chrupalla fue más lejos al equiparar la posición de
Trump con respecto a Groenlandia con “métodos dignos del Oeste Salvaje”. Y
Markus Frohnmaier, responsable de relaciones internacionales de la Alianza,
ratificó el apoyo a la soberanía nacional de Dinamarca y Groenlandia.
Según Le Temps, éste declaró: “Son los propios daneses y
groenlandeses los que decidirán su futuro”.
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Fuentes: Rebelión [Imagen: Groenlandia vista desde el espacio. Getty Images]
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DAVOS 2026, POCO DE ECONOMÍA Y MUCHO DE PULSEADA GEOPOLÍTICA.
El garrote contra Groenlandia y una crisis no resuelta.
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Por Sergio Ferrari | 27/01/2026 | Economía
Fuentes Revista Rebelión martes 27 de junio del 2026.
Región casi desconocida hace apenas
algunos meses, Groenlandia irrumpió abruptamente como centro del mapamundi
geopolítico mundial y puso a prueba su frágil equilibrio.
La tercera semana de enero, el hielo
polar ártico de esa isla gigantesca se desplazó hasta la alpina Davos y calentó
el debate en el Foro Económico Mundial, relegando los asuntos del temario a un
plano virtualmente secundario. Además, mostró un punto de fuerte tensión entre
Washington y sus aliados occidentales y debilitó las simpatías de la extrema
derecha europea hacia su referente en la Casa Blanca.
Desde 1979, Groenlandia, con más de 2
millones de
kilómetros cuadrados de superficie –el 81% bajo el hielo– ha funcionado
como un país autónomo dentro del Reino de Dinamarca. Colonizada
por nórdicos procedentes de Islandia a fines del siglo X, tras un
período de control noruego pasó a manos danesas en el siglo XVIII,
relación que ha perdurado hasta hoy. En 2009 logró su autonomía, con
derecho a la gestión judicial, policial y de recursos naturales,
quedando en manos de Dinamarca la de relaciones exteriores y seguridad.
Centro del debate en el Foro.
Ya en Davos, el martes 20 de enero el
presidente francés Emmanuel Macron y la presidenta de la Comisión Europea,
Ursula von der Leyen, asumieron la iniciativa en la tematización de la crisis
groenlandesa al poner en el mismo centro de sus declaraciones el concepto de
una Europa “independiente”.
La soberanía y la integridad de este territorio danés autónomo no son negociables, subrayó von der Leyen, aunque dejando la puerta abierta a una posible colaboración con Estados Unidos para decidir sobre su futuro. Por otra parte, advirtió, los recargos arancelarios que propone Trump como retorsión a los países europeos que defienden la soberanía territorial de Groenlandia constituyen un “error”. Y prometió una respuesta europea “firme, unida y proporcionada” al tiempo que destacó la amistad que une a la Unión Europea con Estados Unidos. Días antes, el presidente estadounidense había amenazado a ocho países del Viejo Mundo -que movilizaron una pequeña tropa hacia la isla- con mayores aranceles si no le cedían Groenlandia.
Von der Leyen además anticipó la intención de
reforzar la seguridad en el Ártico en colaboración con Groenlandia,
Dinamarca y Estados Unidos. Por su parte, Macron, durante esa
misma jornada del Foro, abogó ante las grandes potencias por una respuesta
europea de ninguna manera “tímida” en un mundo en el que “parece reinar la ley
del más fuerte”.
Un día después, el miércoles
21, en un discurso tan tedioso como repetitivo y definitivamente
“electoralista”, Trump tematizó
en primera persona y con actitudes y un tono de capataz del
mundo, sus propias
aspiraciones con respecto al territorio groenlandés, “eso que es
solo un gran pedazo de hielo”. Si bien aseguró que no emplearía la
violencia para apropiarse del mismo, reiteró en varios momentos
de su improvisada perorata que Estados Unidos debería recibir la isla
como reconocimiento de Dinamarca, Europa y la OTAN. Algo así como una muestra
de agradecimiento de parte de sus aliados por todo lo que la potencia
americana ha estado haciendo desde hace décadas a favor de ellos y
sin pedirles nada a cambio. En otras palabras, en la concepción trumpiana la
mayor isla del mundo sería una parte del precio justo a pagarle a
Washington como contraprestación por la asistencia
político-militar norteamericana desde la 2da guerra mundial hasta el presente.
Sin poder esconder un cierto tono de
impotencia en su argumentación, Trump
culminó con un tono entre decepcionado y amenazante afirmando que
si recibe
Groenlandia,
“Estados Unidos se los agradecerá”, pero que si no lo hacen, “nos vamos a
acordar”, es decir, lo van a lamentar. Posiblemente, de este modo
trataba de insinuar tácitamente la eventualidad de nuevas retorsiones, con aranceles aduaneros más onerosos
sobre los productos europeos exportados a Estados Unidos. Incluso,
el quiebre de ciertas alianzas políticas y militares entre Washington y
Bruselas.
Horas después de su discurso en Davos,
el mandatario mantuvo una reunión con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, calificada por
ambos como de “muy útil”. En ese encuentro hubo humo blanco y se habría
evaluado un marco para un eventual futuro acuerdo con respecto a Groenlandia.
A cambio, Trump comunicó que retrocede con su decisión de
sanciones arancelarias a los ocho países europeos que días antes
había “sancionado”. La reunión especial de los dirigentes de la
Unión Europea del jueves 22 de enero sirvió para bajar la tensión
de varias semanas de una espiral retórica confrontativa con Washington
en aumento. Fue el ámbito para reiterar la soberanía territorial de
Dinamarca sobre Groenlandia y un escenario donde las desconfianzas
de fondo no terminaron de desaparecer.
Las próximas semanas permitirán entender mejor los cursos probables. En particular comprender si el capricho anexionista del jefe de la Casa Blanca fue satisfecho -total o parcialmente- por sus aliados europeos. O si el anuncio de ese preacuerdo fue una salida elegante para que Trump no vuelva a Washington con las manos vacías. Lo cierto es que en el “caso Groenlandia” se transitó un primer quiebre importante en la relación entre Trump y sus aliados europeos. Y ni siquiera, en este caso, las amenazas de los nuevos aranceles -con el consiguiente impacto económico en productos europeos de exportación- tuvo un efecto directo en la posición europea con respecto a la soberanía territorial de Groenlandia.
Antecedentes de una escalada.
Apenas dos semanas antes de la
apertura del Foro,
varios países europeos habían decidido cerrar filas contra las aspiraciones
expansionistas de Trump. Francia, Alemania, Italia, Polonia, España y el
Reino Unido anunciaron conjuntamente su apoyo a Dinamarca
frente a la escalada estadounidense.
“Groenlandia
pertenece a su pueblo. Corresponde decidir a Dinamarca y Groenlandia, y solo a
ellas”, enfatizaron sus respectivos dirigentes. La mayor isla del mundo,
argumentaron enérgicamente, “forma parte” de la Organización del Tratado del
Atlántico Norte al igual que Estados Unidos. Por otra parte, le recordaron a
Trump que Estados Unidos sigue estrechamente vinculado a Copenhague por un
acuerdo de defensa.
“La seguridad en el
Ártico”, agregaron, “sigue siendo una prioridad fundamental para Europa y es
crucial para la seguridad internacional y transatlántica” y que, debido a que
“el Reino de Dinamarca, incluida Groenlandia, forma parte de la OTAN, dicha seguridad
se debe garantizar colectivamente, en cooperación con los aliados de la OTAN,
incluidos los Estados Unidos”. Por otra parte, y fundamentalmente, insisten los
signatarios de la declaración, se debe respetar “los principios de la Carta de
las Naciones Unidas, en particular la soberanía, la integridad territorial y la
inviolabilidad de las fronteras” por constituir “principios universales”, que
no dejarán de defender.
Se resienten las alianzas “naturales”
Las fuerzas de centro y de derecha
representadas por los partidos populares y liberales – históricamente dispuestos a
alcanzar compromisos políticos con Washington– controlan, junto
con la socialdemocracia, el partido Verde y la izquierda, la mayoría de
los 720 escaños del Parlamento Europeo.
A raíz de las tensiones generadas por
las aspiraciones estadounidenses sobre Groenlandia, esos partidos han comenzado a
distanciarse de Washington por considerar esencial y no negociable
el respeto a la soberanía territorial de cada Estado europeo y
de la propia Unión Europea.
Adicionalmente, para esos sectores, en la medida en que los Estados Unidos amenacen con apropiarse de Groenlandia con el argumento de su propia seguridad y de la “seguridad mundial”, están validando y reforzando la tendencia a similares intervenciones o conflictos, actuales o potenciales, tanto en Europa del Este como en Medio Oriente y en Asia. En otros términos: la ley del más fuerte en Occidente legitima una similar ley de la selva en otras regiones del mundo a riesgo de hacer estallar en pedazos el ya fragilizado orden multilateral y su mayor referencia, las Naciones Unidas y sus instituciones.
La extrema derecha contra las cuerdas.
En el caso específico de los partidos
y las fuerzas de la extrema derecha europea, el tema Groenlandia los confronta con un problema aún
mayor. Aunque han venido expresando profundas simpatías con
Washington desde la vuelta de Trump a la presidencia -coincidiendo
con sus arrebatos nacionalistas, el control de fronteras, la
política anti inmigración y las definiciones contra las diversidades- una eventual agresión a la a la soberanía
territorial europea les pone contra la espada y la pared.
Según la edición digital del 21 de
enero de Corriere della Sera, la primera ministra italiana de
extrema derecha Giorgia Meloni
está adoptando el enfoque más diplomático posible, convencida de que
debe haber margen para un acuerdo integral entre Dinamarca, la Unión
Europea y Estados Unidos sobre la explotación de Groenlandia. Sin
embargo, sostiene, la desescalada no puede lograrse sin pasar primero
de las amenazas mutuas a una mesa de diálogo. Por otra parte,
señala este cotidiano, Meloni ha recibido elogios directos e
indirectos, por ejemplo, del presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa,
por hacer algo que requirió mucha valentía:
“llamar a Trump y
decirle a la Casa Blanca que se equivoca”. Italia es uno de los seis
firmantes de la declaración conjunta exigiéndole a Washington el respeto de la
soberanía territorial de Dinamarca y Groenlandia.
En cuanto a la extrema derecha
francesa, el
miércoles 21 la cadena televisiva TF1 comentó que Jordan
Bardella, líder de la Agrupación Nacional de ese país, durante
una sesión del Parlamento Europeo en Estrasburgo había instado a Francia
y a la Unión Europea a “mostrar fuerza” contra Trump y su “chantaje
arancelario”. La crisis diplomática con Estados Unidos ha empujado
a esa fuerza a reconsiderar su posición con respecto a Trump.
Según TF1, estamos en presencia de un modelo incómodo ya
que la
“Agrupación Nacional
nunca ha ocultado su admiración y afinidad con las ideas de Donald Trump; sin
embargo, en los últimos meses, el presidente estadounidense se ha vuelto más
difícil de apoyar debido a sus crecientes amenazas y ataques contra Francia
y la Unión Europea”. Contra todo pronóstico, concluye TF1, “la
actual crisis transatlántica está cambiando el panorama político de la extrema
derecha, obligando al partido de Jordan Bardella y Marine Le Pen a
reconsiderar sus doctrinas”. Bardella, quien también es eurodiputado, declaró
enfáticamente que “El chantaje arancelario que utiliza la soberanía de un
Estado europeo es inaceptable. O reaccionamos con la firmeza que implica este
chantaje o desaparecemos”.
En Alemania, hace apenas un año el
partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) celebraba la victoria de Trump.
Era el momento en que la AfD coqueteaba con Elon Musk, entonces el hombre
fuerte de la gestión del nuevo presidente estadounidense. Hoy,
la AfD critica la intervención estadounidense en Venezuela y sus
amenazas contra Groenlandia, acaba de comentar el periódico
suizo Le Temps. El artículo sostiene que
“La vergüenza es
palpable en Alternativa para Alemania”. La cúpula del partido había tardado
diez días en comentar oficialmente la captura del presidente venezolano por
tropas estadounidenses el 3 de enero, así como las amenazas de Trump contra
Groenlandia. Pero, para sorpresa de todos, de pronto comenzaron a cuestionarlo.
Por su parte, Alice Weidel, la principal
dirigente del partido afirmó en Berlín la segunda semana de enero:
“[Trump] ha roto una
promesa fundamental de campaña: no interferir en los asuntos de otros Estados.
Debe explicárselo a sus votantes”. Su colega Tino Chrupalla fue más lejos al
equiparar la posición de Trump con respecto a Groenlandia con “métodos dignos
del Oeste Salvaje”. Y Markus Frohnmaier, responsable de relaciones
internacionales de la Alianza, ratificó el apoyo a la soberanía nacional de
Dinamarca y Groenlandia. Según Le Temps, éste declaró: “Son los
propios daneses y groenlandeses los que decidirán su futuro”.
Aunque el futuro de Groenlandia
continúa siendo incierto se ha instalado como punto importante en la agenda
de los disensos entre los históricos aliados occidentales. Hizo estallar
alianzas, amistades, simpatías. Mostró un sistema internacional resquebrajado.
Creó un cimbronazo en el centro y la derecha continental. Significó un
verdadero tsunami para una parte importante de la ascendente extrema derecha
europea. Todos costos colaterales de una crisis que deja heridas y, sobre todo,
profundiza desconfianzas a los dos lados del Atlántico.
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