&&&&&
“Hail Mary. Esta es una expresión que se
origina en
el “fútbol” americano y
que es utilizada en el ámbito político para graficar que una
determinada ley o acción política es un “manotazo de ahogado”
para recuperar votantes. En esta situación se encuentra hoy el régimen
de Washington en un contexto de transición hegemónica con China
y frente a las elecciones de medio término que se realizarán en
noviembre del presente año; las cuales, si resultan desfavorables para
Donald Trump, podrían desembocar en el inicio de un juicio
político con resultado incierto para el sistema político
estadounidense, si tenemos presente la utilización de la Guardia
Nacional, de la ICE y el antecedente del asalto al Capitolio el 6 de
enero de 2021, por el cual se intentó impedir que Joe Biden asumiera su
presidencia.
“Sin embargo, este potencial escenario no es el más preocupante.
Jack Levy sostiene en Declining power and the preventing
motivation for war que “existen algunos desacuerdos entre los
académicos en cuanto al mecanismo causal por el cual las transiciones de poder
[como la que está ocurriendo en la actualidad] conducen a una guerra. [Algunos]
argumentan que el débil y competidor en ascenso inicia la guerra contra el
poder dominante”. Sin embargo, este autor teoriza que “el
poder dominante inicia acciones preventivas para bloquear al competidor en
ascenso”. Es decir, que la potencia todavía
dominante, pero en un proceso de declinación relativa, tiene una
“motivación preventiva” para iniciar una guerra. En este sentido, y
siguiendo la calificación de Luciano Anzelini, se puede hipotetizar que, a medida que aumente
el declive relativo de Estados Unidos, este actuará como un “Estado
matón” ya no en el mundo, sino en sus Estados vecinos, como
una acción “Hail Mary” para conservar los accesos a los
recursos estratégicos que le permitan mantener el statu quo.
/////
Fuentes: El Cohete a la Luna.
*****
EL MATÓN DEL BARRIO.
Estados Unidos, manotazo de ahogados y caída del imperio.
*****
Por Sergio Eissa | 23/01/2026 | EE. UU.
En el año 2004, Philip Roth
publicó La conjura contra América, una ucronía que planteaba
que Franklin Delano Roosevelt perdía las elecciones de 1940 en manos del afamado aviador Charles Lindbergh —que fue el primer piloto que,
en un vuelo solitario, unió Estados Unidos y Europa a través del océano Atlántico—.
La genialidad del escritor estadounidense no solo se plasmó en su pluma,
sino también en prestar atención a la historia de su país porque,
efectivamente, Lindbergh se dedicó durante “los años previos a la
Segunda Guerra Mundial a una activa campaña para ‘proteger a la raza blanca’
y para que Estados Unidos mantuviera una estricta neutralidad hacia
la Alemania nazi”. Incluso recibió de manos de dicho régimen una medalla
de manos de Hermann Göring, en representación de Adolf Hitler.
Cuando la novela se publicó, algunos periodistas asociaron la figura del “héroe
estadounidense” con George Bush hijo. Sin embargo, claramente una
analogía más acertada es con el presidente Donald Trump (2017-2021 y 2025
a la fecha). Ambos comparten el discurso de America First y
el uso de su estatus de celebridad para desmantelar consensos políticos
previos.
Por ello, la conducta de Donald Trump asesinando a ciudadanos de otros
países frente a las costas de Venezuela y Colombia, el ataque militar al
primero de estos países, el despliegue de la Guardia
Nacional y la persecución de inmigrantes
en suelo estadounidense violando los derechos humanos parecen corroborar
la asociación que algunos lectores han hecho con la obra de Philip Roth.
Pese a la repudiable y clara violación
al derecho internacional
que significaron las ejecuciones extrajudiciales, así como el secuestro
de un gobernante extranjero, algunos académicos sostienen que estas
reacciones ya han ocurrido anteriormente y que ahora, en el marco de la
transición hegemónica, Estados Unidos percibe que “su primacía [es]
amenazada” por China y, por ello, suspende y busca rediseñar “el
orden internacional mediante la coerción, para luego restituirlo” y
retornar a su rol de “hegemón
benevolente”.
A nuestro criterio, Washington ha tenido una tendencia a lo largo de
su historia a violar el derecho internacional en el mundo y,
puntualmente, en su “patio trasero” a lo largo de décadas,
naturalizándola, y que se ha intensificado entre fines del siglo XX
y principios del siglo XXI, lo cual es un indicador de los primeros
signos de debilitamiento imperial que había alertado Paul Kennedy en
su obra Auge y caída de las grandes potencias en 1987.
A estas señales de agotamiento de la sobre extensión hay que sumarle
la erosión de su base económica [1] —tema que no abordaremos—
y la degradación social.
El Estado matón.
El concepto de “rogue State” ha
tenido un lugar central
en los análisis de política internacional de las últimas décadas. Este,
como algunos otros —tales como “Estados fallidos” o “nuevas
amenazas” —, no surgió en la literatura académica, sino en el discurso
político y en las usinas de pensamiento de la política exterior
estadounidense; y han sido reproducidos —salvo con algunas excepciones— de manera
acrítica en los ámbitos académicos, especialmente de nuestros países.
Un primer antecedente se puede hallar
en un discurso presidencial de Ronald Reagan (1981-1989) en la American Bar Association el
8 de julio de 1985. Allí identificó a países como Irán, Libia, Corea del
Norte, Cuba y Nicaragua como Estados que actuaban al margen de la
legalidad, promoviendo el terrorismo y desafiando las normas
básicas del sistema internacional. En ese marco, la utilización de la
expresión “outlaw State” tuvo una funcionalidad política
destinada a deslegitimar a esos gobiernos y justificar políticas de
contención, sanción o intervención indirecta. El 19 de junio de
1987, el presidente estadounidense utilizó nuevamente esta
acepción para referirse a Libia, criticando las acciones de este
país en África del Norte.
Sin embargo, el punto de inflexión se produce durante el gobierno de Bill Clinton (1993-2001) cuando su asesor de Seguridad Nacional, Anthony Lake, publicó el artículo “Confronting Backlash States” en la revista Foreign Affairs. En este escrito, el autor identifica a ciertos Estados que, lejos de integrarse al orden liberal emergente, reaccionaban contra él, desafiando activamente sus normas y valores.
La Random Corporation incorporó dicho
término a principios de los años ’90,
como así también diversos documentos del gobierno de Bill
Clinton. Asimismo, y según reseña Noam Chomsky en su libro Rogue
States. The Rule of Force in World Affairs, el Comando Estratégico
de Estados Unidos (STRATCOM)[2] elaboró un documento en 1995
denominado “Essentials of Post-Cold War Deterrence”, donde se refleja
cómo
“Estados Unidos
trasladó su estrategia de disuasión de la extinta Unión Soviética a los
llamados estados rebeldes como Irak, Libia, Cuba y Corea del Norte”.
Una de las formalizaciones más
importantes y críticas [3] del concepto de “rogue
States” la realizó Robert S. Litwak en su libro Rogue
States and U.S. Foreign Policy: Containment after the Cold War [4]. En este, el autor sostiene que un
«rogue State» no se define por su régimen político interno,
sino por su comportamiento internacional. Por su parte, Elaine Bunn
sostiene en su artículo “Pre-emptive Action: when, how and to what effect?”
que
“los ‘rogue
States‘son aquellos que brutalizan a su propio pueblo, no muestran respeto por
el derecho internacional, amenazan a sus vecinos y están decididos a adquirir
armas de destrucción masiva, patrocinan el terrorismo en todo el mundo y
rechazan los valores humanos básicos”.
Pese a su utilización extendida en la
bibliografía y en el
diseño de las políticas exteriores de las potencias desde finales de la década
de 1990, el concepto de “rogue State” ha sido criticado por diversos
académicos que han cuestionado la supuesta irracionalidad atribuida
a dichos Estados y que han señalado que este funciona como una
etiqueta que impone una identidad, construida socialmente por actores
dominantes, más que como una descripción objetiva de comportamientos.
Por su parte, Noam Chomsky argumenta, en el libro que hemos citado,
que en realidad son las potencias occidentales, especialmente
Estados Unidos, quienes actúan como “rogue States”
imponiendo su voluntad por la fuerza, y desatendiendo el derecho
internacional y la Carta de las Naciones Unidas, en contraste con la
percepción de la opinión pública, y estigmatiza selectivamente a
Estados periféricos.
En efecto, y de acuerdo con un informe publicado por
el Congressional
Research Service (CRS) de Estados Unidos, este país se ha visto
involucrado en 469 intervenciones militares entre 1798 y 2022,
habiéndose producido 251 de ellas entre 1991 y 2022. Este cálculo
es conservador [5] porque el CRS afirma que
“la lista no incluye acciones encubiertas ni numerosos casos en los que fuerzas estadounidenses han estado estacionadas en el extranjero desde la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) como fuerzas de ocupación o para participar en organizaciones de seguridad mutua, acuerdos de base u operaciones rutinarias de asistencia o entrenamiento militar”; como así tampoco las “Guerras Indígenas” (1609-1924).
Fuente: Proyecto de Intervención
Militar de la Universidad de Tufts.
*****
Si excluimos la guerra de la
Independencia (1775-1783), la guerra civil (1861-1865), la Primera Guerra
Mundial (1914-1918) y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Estados Unidos estuvo en guerra o realizó
intervenciones militares durante 95 años de su historia aproximadamente (entre
un 38 y un 40%); lo cual puede resultar engañoso porque si el cálculo
se realiza a partir de la guerra hispano-estadounidense (1898),
esa cifra se eleva a casi un 70%. Por otro lado, un documental
de la Deutsche Welle sostiene que solamente en 50 años de su historia, este país
no se encontró involucrado en un conflicto armado [6].
En síntesis, el repudiable ataque
militar de Estados Unidos a Venezuela
no es resultado de un reacomodamiento de la estrategia estadounidense
frente a la amenaza china, sino un patrón de comportamiento de la
superpotencia como “rogue State” que, al replegarse
sobre su pretendida esfera de influencia, continúa actuando como el
matón, como hizo, por ejemplo, con la Argentina en 1831 [7].
La descomposición interna.
Ibn Jaldún concibe el Estado como una entidad construida social, política e históricamente que, por lo tanto, no dura eternamente. Por ello, el autor sostiene en Introducción a la historia universal que estos poseen un ciclo vital comparable al de los seres vivos: nacimiento, crecimiento, madurez y decadencia. Esto no es un accidente, sino una consecuencia estructural del desarrollo histórico. En la teoría de este autor, el concepto central es la “asabiyyah”, que puede ser definida como solidaridad de grupo. Así, los imperios nacen cuando un grupo humano con una fuerte “asabiyyah” conquista el poder. Sin embargo, esa misma conquista inicia el proceso de decadencia, ya que la vida urbana, el lujo, la corrupción y la concentración del poder debilitan progresivamente esa cohesión.
Por otro lado, Polibio expone, en su clásica obra Historias,
la teoría de la anaciclosis, que sostiene que existe un
ciclo inevitable de degeneración de las formas de gobierno: estas se suceden
de manera regular y cada una degenera debido a un vicio interno. No
obstante, y a criterio de este autor romano, la decadencia imperial no
es inevitable, pero sí recurrente si no existen mecanismos
institucionales que limiten el poder. En este sentido, Polibio
elogia la constitución mixta romana, que combina elementos
monárquicos, aristocráticos y democráticos, que pueden retrasar
el proceso de corrupción.
Si bien los padres fundadores de Estados Unidos rechazaron
explícitamente la conformación de una democracia como forma de
gobierno [8] y optaron por el establecimiento
de una república, inspirándose en el modelo
romano. Lo que ha ocurrido a partir del despliegue de la Guardia
Nacional y, más fuertemente, con las acciones de la U.S. Immigration
and Customs Enforcement (ICE), ha puesto en duda la continuidad
de la joven democracia estadounidense nacida
en 1965.
En efecto, durante estos breves días
de enero hemos
asistido a una sistemática violación de los derechos humanos,
del “rule of law” y del “check and balance” y una degradación
de la “asabiyyah” estadounidense.
En la ciudad de Minneapolis, el gobierno federal ha desplegado
al menos 3.000 agentes de ICE para secuestrar “inmigrantes
ilegales” y, para ello, allanan casas sin orden judicial y detienen
personas al azar por su color de piel. Como consecuencia de estas
acciones, el pasado 7 de enero fue asesinada, por un agente de
ICE, Renné Nicole
Good, de 37 años. Mientras la secretaria del Departamento de
Seguridad Nacional, Kristi Noem, acusó “a Good de intentar atropellar a
los agentes en ‘un acto de terrorismo doméstico’ [y] el Vicepresidente J.D.
Vance la llamó ‘izquierdista desquiciada’”; el alcalde
de Minneapolis, Jacob Frey,
afirmó que el gobierno federal no está proporcionando seguridad
en Estados Unidos, sino que están “generando caos y
desconfianza”. Y agregó:
Viernes 23 de enero 2026, miles protestan en las calles de Minneapolis contra el ICE, a pesar del frío glacial.
*****
«Están separando
familias y en este caso, de manera literal, están matando personas (…) Tengo un
mensaje para ICE: váyanse a la mierda de Minneapolis”. Pese a ello, el régimen
de Trump está criminalizando a la víctima. Además, no investigar al agente de ICE
“está causando estragos en la oficina del fiscal federal en Minnesota que
encabeza la investigación [porque] al menos media docena de fiscales federales en Minnesota renunciaron en medio de
crecientes tensiones entre autoridades estatales y federales”.
No ha sido la única violación a los
derechos humanos en Estados Unidos.
Sería muy largo enumerar cada una de ellas en solo 15 días de
enero. Sin embargo, no podemos dejar de horrorizarnos ante las imágenes
de agentes de la ICE sacando a los golpes de su auto a una mujer discapacitada que se dirigía al médico.
Hail Mary
Esta es una expresión que se origina en el “fútbol” americano y que
es utilizada en el ámbito político para graficar que una
determinada ley o acción política es un “manotazo de ahogado”
para recuperar votantes. En esta situación se encuentra hoy el régimen
de Washington en un contexto de transición hegemónica con China
y frente a las elecciones de medio término que se realizarán en
noviembre del presente año; las cuales, si resultan desfavorables para
Donald Trump, podrían desembocar en el inicio de un juicio
político con resultado incierto para el sistema político
estadounidense, si tenemos presente la utilización de la Guardia
Nacional, de la ICE y el antecedente del asalto al Capitolio el 6 de
enero de 2021, por el cual se intentó impedir que Joe Biden asumiera su
presidencia.
Sin embargo, este potencial escenario no es el más preocupante.
Jack Levy sostiene en Declining power and the preventing
motivation for war que
“existen algunos desacuerdos entre los académicos en cuanto al mecanismo causal por el cual las transiciones de poder [como la que está ocurriendo en la actualidad] conducen a una guerra. [Algunos] argumentan que el débil y competidor en ascenso inicia la guerra contra el poder dominante”. Sin embargo, este autor teoriza que “el poder dominante inicia acciones preventivas para bloquear al competidor en ascenso”. Es decir, que la potencia todavía dominante, pero en un proceso de declinación relativa, tiene una “motivación preventiva” para iniciar una guerra. En este sentido, y siguiendo la calificación de Luciano Anzelini, se puede hipotetizar que, a medida que aumente el declive relativo de Estados Unidos, este actuará como un “Estado matón” ya no en el mundo, sino en sus Estados vecinos, como una acción “Hail Mary” para conservar los accesos a los recursos estratégicos que le permitan mantener el statu quo.
Frente a este escenario potencial, algunos autores cercanos al
gobierno, académicos intelectualmente honestos, “colaboradores de la
periferia” e incluso dentro del peronismo proponen un alineamiento con
Estados Unidos. En cuanto a los segundos, recientemente en el ámbito del
Consejo Argentino de Relaciones Internacionales, y alejándose
de las últimas recomendaciones de Carlos Escudé, se propone
“aceptar
pragmáticamente la preeminencia de Estados Unidos en el hemisferio como
condicionante estructural, para garantizar estabilidad; pero sin renunciar de
manera activa a principios como el multilateralismo, la democracia y la
soberanía”.
Esto resulta claramente un oxímoron: la aceptación del liderazgo de
Estados Unidos es contrario —como lo ha sido a lo largo de su relación
con América Latina— a la defensa de la democracia, los derechos
humanos, el multilateralismo, la soberanía, así como al desarrollo de nuestro
país. No se trata de enfrentar absurdamente a Estados Unidos, sino
de diseñar una política exterior realista que esté guiada por
los intereses vitales y estratégicos de la República Argentina. Por
ello, resulta inconcebible que en un documento de este tipo no se
mencionen las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur, y sus espacios
marítimos recurrentes, a la Antártida y al desarrollo sostenible,
el cual es impensable sin inversión en “ladrillos”, en ciencia
y tecnología y educación y alineándose —como ya ocurrió en los años ’90
del siglo XX— con una potencia con la cual no se es complementaria
económicamente y que ha recurrido, recurre y recurrá a los palos
económicos y militares para evitar que los “bárbaros” invadan la “Nueva Roma”.
*****

No hay comentarios:
Publicar un comentario