&&&&&
“Si seguimos esta línea de análisis pseudo-etimológico, habrá que decir,
sin ningún lugar a dudas, que “los libertarios son
comunistas anarquistas”. Ese es el origen de la palabra y de la
bandera libertaria. Es decir, o sea, Ron de Santis, los MAGA, los libertos de Milei, de Bolsonaro, de Kast (los
neofascistas, los miembros ultraconservadores del CPAC que fundó esta corriente
orgullosa de su mediocridad) son anarcosindicalistas y comunistas
anarquistas. Digo, para entendernos con el nivel cloaca que domina hoy el
pensamiento (si se puede llamar así) antiilustrado y anticultura.
“El pensamiento de la
barbarie. Claro,
para disimular, hay que acusar a los demás de nuestras dolencias. Un personaje
de El mar estaba sereno (2016), whisky mediante, reconocía que
“había fracasado repetidas veces en el vulgar intento de ser amado por los
demás. En compensación, había logrado la admiración y el temor ajeno, como un
dios antiguo, aunque en la medida justa y necesaria. Pero no el cariño y mucho
menos el amor de nadie… Con el tiempo había desarrollado su propia teoría
psicológica, a pesar de sus rudimentos intelectuales: todo individuo que se ama
por lo que hace, se detesta por lo que es”.
/////
Fuentes: Rebelión
*****
EL PENSAMIENTO DE LA BARBARIE.
*****
Por Jorge Majfud | 21/01/2026 | Opinión
Me da pudor repetirme, pero luego de
treinta años, siempre escucho y leo los mismos argumentos, más cargados de
obviedad que de confirmación histórica, como si el mundo hubiese sido creado
ayer. Por supuesto que nadie es dueño de la verdad y hasta los físicos
cuánticos del MIT se equivocan con los quarks,
pero es penoso tener que escuchar, con respeto, teorías de borrachos de bar
(por recordar a Umberto Eco) como si estuviesen
descubriendo la pólvora o, peor, la piedra filosofal; y como si sus desvaríos
o, peor, sus clichés de siempre tuviesen el mismo valor que la Teoría de la
evolución o la Teoría de la Relatividad.
Hoy, a los borrachos
de bar, se les han sumado mercenarios académicos, o algo parecido,
dispuestos a sostener que “la Tierra es el centro del
Universo” con tal de que alguna gran editorial (a juzgar por la
historia, promovidas por la CIA y por pequeñas
donaciones de grandes corporaciones) los lance a la fama y a ingresos de ventas
que, de otra forma, por el solo peso de sus ideas, seguirían siendo solo
borrachos de bar―con algún título universitario, claro. El mercado y la cultura
consumista saben lo que hacen: explotan nuestras emociones cavernícolas, en
instituciones medievales, con una tecnología de los dioses―por parafrasear a Edward Wilson.
Desde hace muchos años, cada vez que en alguna de mis clases dibujo tres rombos contiguos en la pizarra y pregunto qué es, siempre, y sin excepciones, los estudiantes me responden que “es un cubo”.
No son niños, son
universitarios.
“¿Un objeto de 3D?”,
insisto, para que no queden dudas. La respuesta es siempre obvia:
“Sí, ¡claro!”
Un objeto de tres dimensiones. No
recuerdo una excepción en ninguna de mis clases, pero sí sabemos que algunos
pueblos de Polinesia, antes de la colonización, solían ver una figura en 2D, en
lugar de un cubo; en cambio, no veían una historia en una secuencia de una
historieta.
Cuando estoy un poco aburrido, arrimo
la cara a la pizarra y miro la figura del supuesto cubo desde la superficie:
“Pues, yo no veo
ningún objeto”, les digo. “Desde aquí, más bien se ve una línea, como si desde
sus butacas se viese sólo una figura en de dos dimensiones…”
“El cubo es real porque lo
puedo ver”, me
dijo un estudiante.
Le proyecté una pantalla amarilla.
“Es este color que ven aquí
real?”
Respuesta unánime:
“Obvio, es el amarillo. It’s
the color yellow. Lo vemos todos. Es real”.
“Entiendo. Es real” les contesté.
“Sin embargo, es una
realidad que no existe. Al menos, no es más real que los sueños.”
Hubo una risa unánime.
Este amarillo no existe fuera de
nuestros cerebros. El proyector, como cualquier pantalla digital, sólo proyecta
verde, rojo y azul. Ni siquiera nuestra retina tiene conos sensibles al
amarillo. Es una ilusión, una ilusión consistente que nos
evita chocar en un cruce con semáforos. Exactamente igual a la inexistencia del
olor de una rosa, que solo existe cuando alguien la acerca a su nariz. Antes y
después, el olor no existe. O Nocturnos de
Chopin. Esa belleza de piano es una “complicidad humana”, pero sin una
persona que la escuche, es simple vibración del aire, como el olor es simple
química antes de convertirse en olor en un cerebro animal.
Tengo un gran respeto por los jóvenes,
porque sé que, aún de viejos, seguimos aprendiendo, cambiando o ajustando
nuestra comprensión del mundo. Para peor (¿por
qué para peor?), nunca podemos decir que alcanzamos la verdad, al menos que
seamos algún tipo de fanático, uno de esos que sobran en la historia de la Humanidad.
Lo que me queda claro es que, sin la ahora maldita
educación (“los profesores son los enemigos”, JD
Vance, JG Milei) deberíamos empezar como los sumerios antes de
sus complejas tablets de arcilla y su Silicon Valley,
hace 5.200 años; o como los cavernícolas, casi un millón de años atrás,
dominando el fuego para, así, de viejos, descubrir que el 73 es el número más
misteriosos o que menstruar no significa estar enferma, sino todo lo contrario.
Esta proyección de lo que entendemos (el cubo) sobre lo que vemos (los rombos) es universal. También creo que ya analizamos y repetimos hasta el cansancio que hay palabras que son ideoléxicos (¿cubos?) y, por lo tanto, su significado es un producto histórico, el resultado de múltiples luchas filosóficas, políticas y sociales (La narración de lo invisible: Una teoría política sobre los campos semánticos, 2004).
Así también, por ejemplo, cuando
hablamos de Europa y África en el siglo XIII, o
más tarde, proyectamos en esas dos palabras nuestro limitado conocimiento y
vemos un continente desarrollado y otro pobre, el exacto contrario de la
realidad. Lo mismo con los siglos que duró el Imperio
árabe y la Europa de entonces. Una era el
centro desarrollado del mundo y otra una periferia llena de fanáticos
talibanes―y no era precisamente el mundo islámico.
Lo mismo podemos decir con palabras
como “estadounidense”: los más fanáticos
chauvinistas ni siquiera consideran que el pasado es un país extranjero,
y que el estereotipo de “americano”, el cowboy (ese mexicano blanco) tipo Clint Eastwood (esa invención de un italiano) hubiese
sido irreconocible para la generación fundadora, más británica en sus formas―no
en su fanatismo de la propiedad privada a través de la violencia del despojo
ajeno.
Esta tesis que publicamos en la
Universidad de Georgia en 2004, aunque ponía el acento en una guerra cultural
(sin negar el valor históricamente probado de la lógica marxista del
materialismo dialectico, aunque en apariencia se le oponga) pretendía exactamente
lo contrario a los productos sucesivos de la actual guerra cultural.
Cuando leímos afirmaciones como que “el nazismo era de izquierda” porque su nombre
completo era “Nacional Socialismo”, lo
tomamos como cuando un niño nos dice que en la Antártida
los pingüinos caminan patas arriba, porque el Sur está abajo. O que la Tierra
es plana, para no irnos tan lejos. Naturalmente que el comercio del odio, la
crueldad y la tontería siempre será muy rentable para las grandes editoriales y
medios.
Si seguimos esta línea de análisis pseudo-etimológico, habrá que decir, sin ningún lugar a dudas, que “los libertarios son comunistas anarquistas”. Ese es el origen de la palabra y de la bandera libertaria. Es decir, o sea, Ron de Santis, los MAGA, los libertos de Milei, de Bolsonaro, de Kast (los neofascistas, los miembros ultraconservadores del CPAC que fundó esta corriente orgullosa de su mediocridad) son anarcosindicalistas y comunistas anarquistas. Digo, para entendernos con el nivel cloaca que domina hoy el pensamiento (si se puede llamar así) antiilustrado y anticultura.
El pensamiento de la barbarie. Claro,
para disimular, hay que acusar a los demás de nuestras dolencias. Un personaje
de El mar estaba sereno (2016), whisky mediante, reconocía que
“había fracasado
repetidas veces en el vulgar intento de ser amado por los demás. En
compensación, había logrado la admiración y el temor ajeno, como un dios
antiguo, aunque en la medida justa y necesaria. Pero no el cariño y mucho menos
el amor de nadie… Con el tiempo había desarrollado su propia teoría
psicológica, a pesar de sus rudimentos intelectuales: todo individuo que se ama
por lo que hace, se detesta por lo que es”.
*****

No hay comentarios:
Publicar un comentario