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“Solo cuando ese deterioro
de las condiciones de vida
carece de un imaginado futuro redentor, deja de ser un costo plausible de la
esperanza popular y deviene en fracaso. Mas eso no es inmediato. Requiere un
tiempo. Ahí y solo ahí, las nuevas ideas fuerza del progresismo podrán
sustituir gradualmente las actuales lealtades populares a las injusticias. Finalmente,
se requiere conducir una transición pactada del liderazgo carismático al
rutinario, implementando esquemas flexibles de cogobierno con líderes
emergentes y autónomos poseedores de un capital político electoral propio. Se
trata de un bicefalismo en la sombra. Con un líder rutinario con suficiente
poder en las candidaturas y en la imprescindible forma unitaria del gobierno de
Estado; pero a la vez, la realidad subyacente de un poder compartido con el
líder carismático en determinados espacios del partido, de otras candidaturas y
del propio gobierno, a través de terceros. La izquierda y el progresismo puede
recuperar el gobierno, pero, está claro, renovando sus estrategias.
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(AFP/AFP)
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¿QUÉ HACER?
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Por
Álvaro García Linera.
Dr. en Sociología.
Ex Vicepresidente de Bolivia.
Docente hoy Universidad Buenos Aires Argentina.
Fuente
Página /12 domingo 25 de enero del 2026.
Hoy, y como siempre será, los
inconformes con la realidad que nos rodea nos volvemos a hacer la misma
pregunta: ¿Qué hacer ante sociedades cada vez más injustas, racistas y
autoritarias? ¿Qué hacer ante un mundo en el que las crueldades humanas se
pavonean en medio de una repugnante impunidad pública? ¿Qué hacer ante un
“orden” internacional salvaje en el que la brutalidad de la fuerza es la única
ley que impera?
Es un tiempo en el que los Estados,
como aves Fénix de la mitología griega, vuelven a levantarse sobre los
escombros de los languidecientes mercados globales, y se lanzan, cual
enfurecidos leviatanes geopolíticos, unos contra otros en guerras arancelarias,
invasiones y chantajes. Pero también son esos Estados, esas “bestias
magnificas” (Foucault), los que centralizan las riquezas comunes, las
conquistas colectivas y los derechos de todos; por lo que hoy son
imprescindibles para sobrevivir como sociedades. Y, por supuesto, para
apuntalar nuevos derechos y justicias sociales emergentes de las venideras
luchas colectivas.
Por ello, allá donde la izquierda ha
llegado al gobierno, la primera y central tarea es la economía. Solo si se
aborda prioritariamente este punto fundamental para las mayorías populares, los
otros temas de identidad, medioambiental, comunicación, etc., pueden tener un
soporte material que garantice sean asumidos por las políticas públicas.
La propia soberanía nacional ya no es
un acuerdo de cumplimiento universal porque ya no hay legalidad internacional.
El respeto y reconocimiento mundial es un producto de la fuerza estatal
(económica y política). La soberanía, que renace como bandera contra la
humillación externa, en adelante será densidad infraestructural del Estado;
alta cohesión social emergente del bienestar económico; un industrialismo
expansivo y la capacidad de defenderse infringiendo daño al Estado agresor.
La gestión de gobierno tiene que
presentar escalonadamente nuevos logros económicos favorables a las amplias
mayorías sociales: mejoras salariales, acceso a la salud gratuita, a la
vivienda, a créditos baratos, a educación superior, etc. Para el progresismo
detenerse y creer que son suficientes los primeros beneficios alcanzados al
principio de gestión, es el inicio de la derrota.
Al inicio, todo ello es posible hacerlo con un reajuste del sistema económico heredado subiendo impuestos a los ricos (inversión extranjera y oligarquías), mejorando el sistema recaudatorio, canalizando el ahorro bancario hacia las clases menesterosas, etc. Pero con el tiempo será insuficiente para mantener las expectativas aspiracionales.
Para ello, hay que pasar a un plan
estratégico de reformas económicas de segunda generación que den una base
productiva a las políticas redistributivas. Esto supone un productivismo
industrioso para el mercado interno y mercados regionales, como también un
productivismo en los servicios en los que se encuentra la mayoría de la
población.
En el caso del progresismo y las
izquierdas que perdieron el gobierno y buscan retomarlo, el panorama es mucho
más complicado. Con seguridad su derrota fue fruto de sus propios actos, de la
frustración que generaron sus timoratas medidas de reforma y, claro, de las
penurias económicas que se intensificaron sobre las mayorías laborales del
país.
Si el mundo ya hubiera resuelto cual
es el modelo de crecimiento económico expansivo que va a sustituir al
neoliberalismo y al “consenso de Washington”, hoy hubiera afirmado que el
progresismo y la izquierda tiene que adecuarse a una estrategia de acumulación
de resistencias intersticiales de 20 a 30 años. Tal como sucedió en los años
80-90 del siglo XX. Y que, después de un largo desierto, su nueva oportunidad
se anunciara con inéditas rebeliones sociales y liderazgos políticos totalmente
nuevos.
Pero no. El mundo aún no ha superado
la etapa liminal de la transición de régimen de acumulación y, por tanto, por
un tiempo más, tendremos una sobreposición coetánea de oleadas y controladas de
izquierdas y derechas sin que ninguna todavía se estabilice duraderamente.
Pero una izquierda o progresismo
derrotados electoralmente, son, temporalmente, una organización sin proyecto
alternativo para resolver la actual crisis; devaluada en el apego popular y
estigmatizada con todos los males universalmente existentes. Es el inevitable
escarnio de los vencidos.
A su favor, está el recuerdo de una
anterior buena gestión gubernamental y, en algunos casos, de liderazgos
carismáticos en su etapa tardía. Esto garantiza una base mínima de adherencia
política en sectores populares, de más de 40 años, que se beneficiaron del
ciclo progresista. Pero solo con eso ya no se gana elecciones ni se cambia el
curso político de un país. No es esperanza de un porvenir. Es melancolía.
Aunque, claro, sin eso, tampoco se puede llegar al gobierno.
Un proyecto de poder requiere romper
la actual situación de minoría política influyente en la que se halla él
progresismo.
Para ello, a la crítica tiene que
acompañarle el desarrollo contencioso de un proyecto de reformas viables y
efectivas que resuelvan, practica y convincentemente, de manera diferente a
como lo hace la derecha, los principales problemas económicos que otra vez
agobian a las clases populares: inflación, bajos salarios, empleo, acceso a
vivienda, servicios básicos, crédito laboral, desigualdad, educación pública de
calidad, etc.
¿Como lograr ello sin ajuste fiscal,
sin privatizar los bienes públicos, sin vasallaje externo o nuevas inflaciones?
Y, lo más difícil, ¿cómo hacerlo sostenible en el tiempo?
Pero no basta elaborar un programa de
transformaciones económicas para que este “prenda” en la sociedad.
Un programa de reformas alternativo
debe escarbar en las emociones vitales más profundas de la gente corriente.
Debe aprender de la acción colectiva y de las expectativas soterradas de los
múltiples segmentos laboriosos. Y tiene que ser capaz de comprimir en una frase
la experiencia y la pulsión más íntima de las mayorías sociales. Se trata del
“mágico” paso de lo sensible a lo inteligible.
Además, y esta es la segunda gran
tarea, debe foguearse, ponerse a prueba, reformularse y enriquecerse en el
debate público, en las asambleas sindicales y barriales, en las conferencias
académicas, en los platos televisivos, en el tik tok, el wasap y las redes
penetradas, asediadas, ocupadas por un ejército de activistas del pensamiento,
de la palabra, la imagen creativa y la polémica.
En todos los casos, la facultad
irradiadora de las nuevas ideas fuerza, será directamente proporcional a la
frustración y desapego político de la sociedad hacia el gobierno. Y ello solo
podrán emerger gradualmente de fallidos o débiles resultados económicos que
beneficien a la población.
Solo cuando ese deterioro de las
condiciones de vida carece de un imaginado futuro redentor, deja de ser un
costo plausible de la esperanza popular y deviene en fracaso. Mas eso no es
inmediato. Requiere un tiempo. Ahí y solo ahí, las nuevas ideas fuerza del
progresismo podrán sustituir gradualmente las actuales lealtades populares a
las injusticias.
Finalmente, se requiere conducir una
transición pactada del liderazgo carismático al rutinario, implementando
esquemas flexibles de cogobierno con líderes emergentes y autónomos poseedores
de un capital político electoral propio. Se trata de un bicefalismo en la
sombra. Con un líder rutinario con suficiente poder en las candidaturas y en la
imprescindible forma unitaria del gobierno de Estado; pero a la vez, la
realidad subyacente de un poder compartido con el líder carismático en
determinados espacios del partido, de otras candidaturas y del propio gobierno,
a través de terceros.
La izquierda y el progresismo puede
recuperar el gobierno, pero, está claro, renovando sus estrategias.
Publicado en el Diario Red de España.
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