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“Entre 1984 y 2022, desaparecieron
unos 80 millones de hectáreas arbóreas en la Amazonía
mientras la expansión agrícola y ganadera ha ocupado allí unos
84 millones de hectáreas. Queda
así “ilustrada la interconexión
entre el consumo global de carne y la deforestación en la región
amazónica”, como explicaba esta investigación internacional. En
este periodo puede constatarse cómo se ha sacado provecho económico de
esa destrucción: Brasil es el primer
exportador de carne de ternera del mundo con
un mercado internacional de más de 150 países. Su
producción de carne ha pasado de 2,1 millones de toneladas en
1960 a más de 41 millones de toneladas de las que más de 10 millones son
de vacuno. En 2004,
Brasil exportó aproximadamente un millón de toneladas de carne de ternera,
según la asociación de productores y en 2025
batió todos sus récords al alcanzar los 3,5 millones con lo que ha
más que triplicado las ventas en dos décadas. Paralelamente, los ingresos
han pasado de algo más de 1.700 millones de euros en 2004 a 15.900
millones de euros en 2025.
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Fuentes: El diario [Imagen: Nuuk, Groenlandia]
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EL ANSIA POR GROENLANDIA ILUSTRA CÓMO SE DESTRUYE EL PLANETA PARA
SACAR BENEFICIO.
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Por Raúl
Rejón | 19/01/2026 | Ecología social
Fuentes. Revista Rebelión lunes 19 de enero del 2026.
La amenaza del presidente
estadounidense de hacerse con la isla tiene muchos motivos, pero todos pasan
por que el Ártico se derrite debido al calentamiento global: ocurre de manera
similar con el aire contaminado o la ruina de ecosistemas para favorecer la
producción intensiva de bienes
Destruir el medio ambiente representa un buen negocio para
algunos. La amenaza del presidente de EE. UU., Donald Trump, de hacerse
con la isla de Groenlandia “por las buenas o por las malas” tiene muchos
motivos, pero todos se basan en un único hecho: el calentamiento global
provocado por los humanos está acabando con el ecosistema helado del Ártico.
La destrucción
ecológica convierte el polo norte en una zona apetitosa para la explotación de
recursos o el control geopolítico mundial. Ocurre de manera parecida con la
contaminación del aire que respiramos, la devastación de bosques o la ruina
de ecosistemas enteros para producir bienes a escala industrial.
El Ártico se derrite porque se
recalienta a toda
velocidad debido al calentamiento global del planeta. La capa de gases
emitidos por las actividades humanas retiene la radiación del sol que sube
las temperaturas. Al tiempo que esos ecosistemas se quiebran, surge más
acceso al petróleo, gas, minerales, tierras raras, rutas comerciales, turismo y
control militar. Actualmente, el 50% del territorio ártico es
controlado por Rusia. Un 25% por Canadá y solo un 10% por EE. UU.
¿Cuánto dominio representa la isla de Groenlandia? Aproximadamente un 20%
que hoy ejerce Dinamarca. Ese es el salto de control que supondría el plan
anexionista de Donald Trump. Esa es la lucha por sacar tajada de los que
causan la destrucción mediante sus emisiones de gases de efecto invernadero.
De poco sirve que instituciones como el Banco Mundial (BM) o el Fondo Monetario Internacional (FMI) avisen de los enormes peajes económicos que impone el cambio climático. El FMI, por ejemplo, afirma que “el cambio climático supone una gran amenaza para el crecimiento económico y la prosperidad a largo plazo”. El Banco Mundial ha calculado que los daños climáticos pueden llevar a la pobreza hasta a 132 millones de personas en 2030 por impactos sobre la salud, el alza de los precios de los alimentos o los desastres meteorológicos.
Sin embargo, el beneficio más
inmediato manda.
Coches de combustión contra el aire que respiramos
Como el hielo polar, el aire es una de las víctimas
de este fenómeno: una buena parte de la cúpula de gases que recalientan
el planeta y lo contaminan proviene de
los tubos de escape de coches, furgonetas o camiones. Provocan, aproximadamente, un
quinto de las emisiones mundiales. Si se concreta, son el 30% en España,
el 12% de toda la Unión Europea.
Pero, al mismo tiempo, la industria del automóvil en
la UE representa el 7% de su
producto interior bruto,
según la Comisión
Europea, lo que se traduce en unos 1,2 billones de euros. También le
calcula Bruselas una facturación general de un billón y exportaciones
de 170.000 millones de euros.
Con esa palanca, hace bien poco, la industria
automovilística consiguió que se aguara parte de los planes europeos contra el
cambio climático: podrán venderse coches con motores
de combustión (que queman gasolina o gasóleo) más allá de 2030
cuando el Pacto Verde Europeo preveía sacarlos de las tiendas
para esa fecha y recortar así esas emisiones contaminantes.
Habrá nuevos automóviles a la venta de cuyos tubos de escape podrán
salir no solo CO₂ sino micropartículas y otros gases nocivos
como el dióxido de nitrógeno –que, a su vez, es la base química para
la producción de ozono troposférico–.
Bosques quemados para el ganado.
Los incendios de los bosques
tropicales no
son parte de su ciclo natural como ocurre en los boreales o
mediterráneos: su humedad intrínseca los protege. Sin embargo, una masa
como la Amazonía está soportando desde hace décadas una ofensiva de
fuego destinada a servir al negocio de la carne.
Este bosque perdió unos 8,5 millones
de hectáreas (el 2,8%
de su extensión) entre 1999 y 2010 debido a los incendios forestales,
según detectó un estudio de la NASA. Solo en la Amazonía brasileña,
esa pérdida creció hasta los 18 millones de hectáreas entre 2019 y 2025.
Entre 1984 y 2022, desaparecieron unos 80 millones de hectáreas
arbóreas en la Amazonía mientras la expansión agrícola y ganadera ha
ocupado allí unos 84 millones de hectáreas. Queda
así “ilustrada la
interconexión entre
el consumo global de carne y la deforestación en la región
amazónica”, como explicaba esta investigación internacional.
En este periodo puede constatarse cómo se ha sacado provecho económico
de esa destrucción: Brasil es el primer
exportador de carne de ternera del mundo con un mercado internacional de más de 150 países. Su
producción de carne ha pasado de 2,1 millones de toneladas en
1960 a más de 41 millones de toneladas de las que más de 10 millones son
de vacuno.
En 2004,
Brasil exportó aproximadamente un millón de toneladas de carne de ternera,
según la asociación de productores y
en 2025 batió todos sus récords al alcanzar los 3,5 millones con
lo que ha más que triplicado las ventas en dos décadas. Paralelamente,
los ingresos han pasado de algo más de 1.700 millones de euros en 2004
a 15.900 millones de euros en 2025.
Y no todo es pasto. Los campos abiertos en el bosque
húmedo tropical (a los que se ha añadido la destrucción
de la sabana tropical de El Cerrado) a base de abrasarlo también se dedican a cultivar
intensivamente soja que, en su mayoría –entre el 70% y
el 80% según la FAO o la OCDE–, se dedica a fabricar piensos con los
que alimentar, por ejemplo, los cerdos de la industria porcina europea y
española. Los principales exportadores mundiales son Brasil, EEUU y
Paraguay. Los
principales compradores mundiales: China, Argentina y España.
El mar muerto se seca y origina agujeros.
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Un mar seco, un mar muerto.
En Asia central, entre Kazajistán y
Uzbekistán, el regadío
intensivo de campos de algodón secó el cuarto lago más grande de la Tierra.
El agua extraída de los ríos Amu Daria y Syr Daria no llegaba al
mar de Aral hasta que fue desecado casi por completo. De 68.000
km² pasó a menos de 7.000. Ahora hay allí un cementerio de barcos
varados que, eso sí, se vende como un atractivo turístico. Mientras, hasta
el clima de la zona se ha modificado por la pérdida del mar interior.
Es un ejemplo radical de “los impactos ambientales de la
agricultura” como los llama la FAO. O la destrucción natural que conlleva
el sistema agrícola intensivo mediante lo que la misma organización
de la ONU define como “prácticas poco sostenibles”. Utiliza
el 70% del agua dulce, ocupa el 50% del suelo habitable del
planeta. También
está detrás del 26% de las emisiones de gases de efecto invernadero.
Si la muerte del mar de Aral estuvo provocada por la
Unión Soviética, el sistema opuesto de EEUU también tiene sus cadáveres
agroecológicos: En al golfo de México, que Donald Trump llama golfo
de América, se forma cada verano
“una zona muerta
de 16.000 km² –casi tanto como toda la provincia de Zaragoza– como resultado de
la contaminación de nutrientes vertida desde la cuenca del río Mississipi”, como admite
la Agencia de Protección del Medio Ambiente de EEUU.
Los nutrientes son fertilizantes
agrícolas y son
aplicados intensivamente en el llamado Círculo del maíz, muchos kilómetros
aguas arriba de la desembocadura. De media, los cultivos se quedan
un 40% de los fertilizantes añadidos (nitrógeno y fósforo). El sobrante
se filtra a la corriente hasta llegar al mar en el golfo. El cálculo es
de 1,5 millones de toneladas de fertilizantes cada año. Entre 1990 y
2023, los estados del Círculo del maíz aumentaron en un 26% el uso
de fertilizantes, según los datos federales. La patronal
del maíz afirma que su sector genera unos 150.000 millones de dólares cada curso.
Esos vertidos favorecen un estallido
de crecimiento de algas
que consumen el oxígeno y bloquean la luz del sol. Cuando las algas
mueren acaban con el oxígeno lo que hace imposible la vida acuática.
¿Lejano? Se trata del mismo patrón que
ha sucedido en el mar Menor de la Región de Murcia donde los vertidos de fertilizantes
han llevado a la laguna al borde del colapso ecológico. El sector
hortofrutícola de la región exporta más
de dos millones de toneladas y más de 3.000 millones de euros, según la Asociación de productores-exportadores de
frutas y hortalizas de la Región Murcia.
El plan del Ministerio de Transición
Ecológica para recuperar
el ecosistema tiene un presupuesto de 675 millones de euros púbicos.
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