jueves, 28 de septiembre de 2017

MÉXICO. EL ESTADO PATÁN O LAS CAJAS VACÍAS DE PEÑA NIETO.

&&&&&


El olvido de la ciudad es el olvido de lo común y de los lugares que hacen posible el repliegue de la vida en lo inevitable del estar-en-común. La administración, el cuidado y la preocupación de lo común es lo que la metamorfosis del Estado social en Estado-mercado hace posible la multiplicación de los cadáveres que yacen debajo de las ruinas de las ciudades de México. El Estado patán y cínico multiplica los cadáveres en países donde los estándares de vida acrecientan la docilidad de las capas medias domesticadas por su capacidad de consumo. En un planeta con cambios climáticos, azotado por terremotos, tsunamis, huracanes... el nihilismo hipster facilita la labor de los estados patanes. La indiferencia y la desafección hacia aquellas clases de desposeídos y explotados hasta la muerte es un complemento indisociable del estado patán. Por eso, el olvido de la ciudad es también el olvido que fortalece y reproduce la enajenación de la distinción de las clases sociales según sus hábitos y acceso al consumo.  El estado patán y cínico es capaz de encubrir sus políticas de la muerte, su impulso necropolítico, en la estabilidad de la clase media y de la prensa humanista que las organiza en torno a la educación sentimental de la lágrima cosificada. Junto al complejo transnacionalizado de los mass media, el neoliberalismo de izquierda o de derecha es un humanismo consumado en esta forma de la lágrima con la que el estado patán compone y produce una política de los afectos cosificados. ¿Es este estado patán el único Estado posible?.

/////






MÉXICO. EL ESTADO PATÁN O LAS CAJAS VACÍAS DE PEÑA NIETO.

*****

Oscar Ariel Cabezas.

Rebelión jueves 28 de setiembre del 2017.

El único imperativo que los estados neoliberales afirman hoy es el de acumular más y más, sin ningún control sobre el modo en que se explota y somete la vida vulnerable y vulnerabilizada por la descomposición de la soberanía moderna. En países de América Latina este proceso tiene su epicentro en economías abiertas a los vaivenes de los mercados transnacionales que mediante la retirada del Estado orientado a la “cuestión social” desregula las economías nacionales a favor del capital globalizado y usurero. En la usura y el escandaloso principio de la especulación financiera ha hecho incluso que las naciones no puedan encontrar en el principio de la soberanía la posibilidad de inmunizar las contingencias de la naturaleza. La idea de que estas contingencias son ajenas a los estados que deben ocuparse por la vida en común enajena y esconde la voluntad de los especuladores que han tomado la posibilidad de que la máquina estatal sea otra cosa que un conglomerado de mafiosos y mafias destinadas a reproducir la riqueza de unos poquísimos. Para nadie es una sorpresa que la soberanía es un concepto derruido y escamoteado por bandas criminales de especuladores que operan al servicio de la acumulación voraz y salvaje. El olvido completo de la ciudad y de sus espacios y habitantes por parte de una racionalidad que opera singularmente en países empobrecidos por la usura y el cinismo de los patanes en el poder. 

El cinismo es “humano, demasiado humano” como para constituir un delito de Estado. Su modus operandi es la del paladín humanitario que emana de la las tragedias sociales y políticas. El cinismo se encarna en el patán o el conjunto de patanes desvergonzados protegidos por el poder y el dinero. No debemos engañarnos, el patán como marioneta de un Estado subordinado a los intereses de la especulación financiera no es delictivo, no constituye delito alguno. Por el contrario, el patán cínico es una figura importante de la política afectiva del neoliberalismo como producción sentimental de mecanismos culturales en los que la “ayuda humanitaria” se acopla al humanismo abstracto de la especulación y del poder de los estados en los que el tsunami de la corrupción se ha naturalizado. Sin duda, aglomerados en partidos políticos de izquierda y derecha, el conjunto de patanes que funcionan como grandes espacios del negocio de la usura y la explotación es lo opuesto al hombre de la ciudad y, así, es lo opuesto al hombre político que compone y recompone la ciudad toda vez que esta ha sido convertida en escombro por motivos de una guerra o por las contingencias de la naturaleza.

Azotada por el reciente terremoto de 7.1 en la escala de Richter, Ciudad de México se halla en medio de los escombros y las ruinas de viviendas y edificios colapsados. La apertura a la afectividad, el cuidado y la preocupación por el otro emanan de manera espontánea. Hombres, mujeres y perros buscadores se convierten en los héroes de una ciudad desamparada por la patanería del Estado. La posibilidad de rescatar a los sobrevivientes sepultados por viviendas y edificios que no estaban preparados para recibir un sismo diez veces más débil que el que dejó más de dos mil muertos el 19 de septiembre de 1985 se convierte en materia afectiva de solidaridad genuina y también en presa fácil de la prensa sensacionalista. En el calor humano de la afectividad desbordada, sin embargo, no es posible no gritar la siguiente pregunta: ¡¿Cómo es posible que en 32 años el Estado no haya podido controlar y vigilar la construcción de la ciudad?! El estado patán ha olvidado sus ciudades porque hace mucho ha dejado de comportarse como Estado, hecho y compuesto por ciudades.


El olvido de la ciudad es el olvido de lo común y de los lugares que hacen posible el repliegue de la vida en lo inevitable del estar-en-común. La administración, el cuidado y la preocupación de lo común es lo que la metamorfosis del Estado social en Estado-mercado hace posible la multiplicación de los cadáveres que yacen debajo de las ruinas de las ciudades de México. El Estado patán y cínico multiplica los cadáveres en países donde los estándares de vida acrecientan la docilidad de las capas medias domesticadas por su capacidad de consumo. En un planeta con cambios climáticos, azotado por terremotos, tsunamis, huracanes... el nihilismo hipster facilita la labor de los estados patanes. La indiferencia y la desafección hacia aquellas clases de desposeídos y explotados hasta la muerte es un complemento indisociable del estado patán. Por eso, el olvido de la ciudad es también el olvido que fortalece y reproduce la enajenación de la distinción de las clases sociales según sus hábitos y acceso al consumo. El estado patán y cínico es capaz de encubrir sus políticas de la muerte, su impulso necropolítico, en la estabilidad de la clase media y de la prensa humanista que las organiza en torno a la educación sentimental de la lágrima cosificada. Junto al complejo transnacionalizado de los mass media, el neoliberalismo de izquierda o de derecha es un humanismo consumado en esta forma de la lágrima con la que el estado patán compone y produce una política de los afectos cosificados. ¿Es este estado patán el único Estado posible?

El Estado al servicio de las ciudades como lugares de realización de la vida en comunidad y ajeno a los signos de la especulación monetaria es un estado que debe re-inventar la izquierda no-tradicional y los movimientos sociales. Esta reinvención no va a ocurrir como efecto de la afirmación de que hay que des-cosificar la lágrima para que de ella surja la solidaridad genuina. Una ciudad compuesta de cuerpos sensibles, de hombres y mujeres que sienten y luchan contra las contingencias de la naturaleza debe ser también una ciudad que lucha contra el estado patán y cínico que hunde la vida de las ciudades de México en la destrucción de las condiciones mínimas del habitar. El Estado liderado por el Sr. Peña Nieto es un estado humanista y movilizador de una política de los afectos destinada a proteger la usura, la especulación y los intereses de las clases acomodadas. Este humanismo consumado en la performance de las cajas vacías tiene el signo de la ayuda humanitaria y es una de las muestras del cinismo desvergonzado de un patán que promueve desigualdades e injusticia en un país envuelto por los escombros y el dolor causado por una mala y descuidada administración de la ciudad.

Las cajas vacías de Peña Nieto y las lágrimas de su mujer son propias de la estética de la mediocridad cínica del conglomerado de patanes del Estado neoliberal. La ayuda humanitaria es ayuda vacía, es el intento delictivo y corrupto de movilizar los afectos de una ciudadanía que cada vez más se aproxima a naturalizar el dolor y la muerte. La performance de Peña Nieto y su mujer no solo constituye delito de estafa y propaganda engañosa es también el síntoma de que los estados patanes han aprendido a administrar la muerte desde el humanismo abstracto de una política de los afectos. Así, las tragedias sociales son una buena cosa para la obtención de votos y para lucir las bondades de caraduras que no merecen ni votos ni el respeto de ningún habitante sensato que se conmueva ante el dolor del otro. En medio de la patanería de Peña Nieto los mexicanos trabajan a contrapelo de un Estado que prefiere vigilar a quienes se oponen a las políticas de los especuladores. Peña Nieto prefiere cumplir el rol policial y muchas veces asesino para asegurar que la responsabilidad con la vida cívica de una ciudad y de un país parezcan como una ilusión de otro tiempo.

Las ciudades tienen memoria porque son la morada de las experiencias y los afectos de una comunidad que hace y deshace sus lazos según los modos de habitar, convivir el espacio en común. Esperemos que la memoria no nos haga olvidar que para que haya ciudades debe haber estados orientados al bien común de sus habitantes. Pues, la solidaridad y el afecto que ha emanado de lo más doloroso del terremoto en México no son suficientes para recomponer los cimientos de la vida de las ciudades. El peligro de que esos afectos y solidaridades sea simplemente una contribución más a la historia de la lágrima mercantilizada es inminente. La patanería de los estados neoliberales y sus empresas comunicacionales vive y se fortalece con el afecto escamoteado, robado y hurtado a la miseria y el dolor de los que sufren en carne viva el dolor y la desesperanza. ¡FUERZA MÉXICO!

*****

miércoles, 27 de septiembre de 2017

REINVENTANDO LAS IDENTIDADES: HISTORIA, POLÍTICA Y COMUNIDAD.

&&&&&


DECLARACIÓN DE LAS NACIONES UNIDAS SOBRE LOS DERECHOS DE LOS PUEBLOS INDÍGENAS.-  La Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas fue adoptada en Nueva York el 13 de setiembre del 2007 durante la Sesión 61 de la Asamblea General de las Naciones Unidas,  Esta declaración tiene como predecesoras a la Convención 169 de la OIT (Organización Internacional del Trabajo) y a la Convención 107.

CARÁCTER.- Aunque una declaración de la Asamblea General no es un instrumento coercitivo del derecho internacional , sí representa el desarrollo internacional de las Normas Jurídicas y refleja el compromiso de la Organización de Naciones Unidas y de los Estados miembros. Para la ONU es un marco importante para el tratamiento de los Pueblos Indígenas  del mundo y será, indudablemente, una herramienta crucial en pro de la eliminación de las violaciones de los derechos humanos cometidas contra 370 millones de indígenas en todo el mundo y para apoyarlos en su lucha contra la discriminación.
CONTENIDO.- La Declaración precisa los derechos colectivos e individuales los  de los pueblos indígenas, especialmente sus derechos a sus tierras, bienes, recursos vitales, territorios  y recursos, a su cultura , identidad y lengua, al empleo, la salud, la educación y a determinar libremente su condición política y su desarrollo económico. Enfatiza en el derecho de los pueblos originarios a mantener y fortalecer sus propias instituciones, culturas y tradiciones, y a perseguir libremente su desarrollo de acuerdo con sus propias necesidades y aspiraciones; prohíbe la discriminación contra los indígenas y promueve su plena y efectiva participación en todos los asuntos que les conciernen y su derecho a mantener su diversidad y a propender por su propia visión económica y social.
/////





REINVENTANDO LAS IDENTIDADES: HISTORIA, POLÍTICA Y COMUNIDAD.

*****

Jimmy Muelles.

Rebelión martes 26 de setiembre del 2017.


Dicen que la historia la escriben los vencedores, aun así, eso no tiene demasiada importancia porque en tiempos de sobreabundancia de datos y cuando existen universidades para todo tipo de corrientes de pensamiento, sean conservadoras o revolucionarias, en una época en la que hay gurús de todas las escuelas apadrinados por la academia y cualquier espacio de reflexión crítico es asimilado, becado y promocionado por el sistema, el mercado oferta relatos históricos a la medida ideológica del consumidor, para que éste no desbarate una parte de su identidad predeterminada y pueda seguir con su vida normal, de producción y consumo. Porque es cómodo no tener que enfrentar los errores, sea en el plano histórico o en el personal. 

Un relato histórico es un discurso ideológico vertebrado con hechos del pasado. Pero ocurre que en muchas ocasiones esos hechos son discutidos por académicos y gente entrada en materia que, de pronto, sacan de la chistera una nueva evidencia que hace suponer que, en efecto, la virgen María pudo ser fecundada por un tercero. Y entonces, ¿al derrumbarse el mundo de ese hombre pío que basaba su vida en un dogma, la consigna “amaos los unos a los otros”, por ejemplo, debería carecer de sentido para él?

En ningún caso, la historia es la razón para realizar los proyectos políticos y sociales que consideramos justos o necesarios, sino que éstos han de justificarse por sí solos. Es decir, si la idea es buena (ej. gestión comunal de la tierra), no necesita ningún soporte histórico para realizarse (ej. patrimonio cultural indígena), máxime cuando en la actualidad, su realización responde a las relaciones de poder que se dan dentro de las instituciones (ej. Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas) y es traducido en derecho positivo por los Estados. Del mismo modo, la opresión que un pueblo ha sufrido en el pasado no le otorga derecho histórico alguno para resarcirse oprimiendo a otros pueblos (véase el Estado de Israel: el holocausto no puede ser una coartada de tipo moral para justificar una política exterior genocida).

Una cosa es hacer memoria, trabajar para que la realidad pasada se recuerde e intentar comprender el proceso y las causas que explican el presente, etc., y otra bien distinta es articular un discurso político basado en un registro de hechos específico, mitificar la historia y caer en un reduccionismo semejante a lo que Vladimir Propp denomina morfología del cuento, relativizando los hechos que no encajan bien en la fábula en la que basamos nuestra ideología de modo que, al mismo tiempo, ensalzamos aquéllos que nos hacen peculiares como grupo, todo ello con objeto de monopolizar un sentimiento, así como acaparar el testigo de una lucha que uno no ha librado: cuando alguien se identifica emocionalmente con una historia, con unos símbolos, incluso con las víctimas, cuando adopta todos estos elementos como parte de su identidad, corre el riesgo de desatender el debate racional y argumentado por el cual unas ideas se imponen a otras. Sólo en ese encuentro dialéctico puede germinar la semilla de la transformación social.

La búsqueda desesperada de referentes históricos por parte de la izquierda, con el propósito de construir un sujeto colectivo que legitime la acción política, sólo da cuenta de la fragmentación social característica de la época posmoderna y de la inexistencia de una comunidad real y cohesionada. Es un síntoma de la incapacidad de cualquier movimiento social para generar adhesiones a un proyecto sólido que sea capaz de transformar profundamente el orden establecido. La tarea central de la izquierda, no es pues la creación de filiaciones emocionales que graviten en torno a una identidad particular, sino la defensa argumentada e integrativa de las ideas de igualdad social y libertad política radical que la caracterizan.

En nuestra sociedad atomizada, los espacios comunitarios que se conformaban en torno al trabajo (sindicato, barrio, etc.), y que constituían en la práctica una extensión de la familia donde la solidaridad social era algo común, han sido prácticamente desmantelados. Tanto es así, que el sujeto experimenta una sensación de vacío y aislamiento frente a una nueva sociedad que ofrece inserción individual, siempre y cuando se acaten las condiciones de exclusión que ella misma impone. Ante ese vacío, uno se recrea en su dimensión subjetiva e identitaria, buscando desesperadamente la pertenencia a un grupo como fin en sí mismo, como un factor que le defina y proteja frente al mundo y frente a sí, como una prótesis de identidad (que es ya una prótesis otra).

Los partidos y demás organizaciones políticas, conscientes de la necesidad constante de reidentificación por parte de los proletarios desclasados, practican una estrategia de mercadotecnia emocional (como hacen los publicistas): apelan a la identificación sensible de la gente con el fin de generar adhesiones efímeras que les permitan hacerse con el poder. Así surgen las denominadas comunidades de carnaval: comunidades no dadas al debate con voluntad de conclusión y que participan en espectáculos contestatarios, dispersando la energía del conflicto con catarsis ceremoniales (manifestaciones, urnas, procesos, protestas simbólicas, etc.) que sirven para canalizar la tensión acumulada en la vida rutinaria, pero que abortan a las comunidades con voluntad de enfrentamiento real.

Una característica de la identidad en los espacios comunitarios tradicionales es su no opcionalidad, no tiene un carácter voluntario, la pertenencia social es obligada y preexiste al individuo. Paradójicamente, la libertad de elegir de la gente para adherirse a tal o a cual colectivo según sus preferencias particulares, ha traído consigo la incapacidad de sacar adelante un proyecto colectivo emancipador. Quizá sea porque esos nuevos espacios deseables son articulados por intelectuales, su configuración queda en manos de expertos con influencia en universidades y demás instituciones, y son vistos por el pueblo con desconfianza. Es decir, la afiliación es libre pero su vertebración viene dada desde arriba, no es el fruto de la producción popular.

El sujeto político basado en la particularidad, resultado de las políticas de la identidad que impregnaron los movimientos sociales de los años sesenta del pasado siglo, y que ponen de relieve las categorías sociales de diversa índole que nos atraviesan, son una construcción universitaria, ideada por profesionales académicos de extracción burguesa (en un evidente paralelismo con los nacionalistas del siglo XIX que se disfrazaban con motivos folclóricos para acudir a la aldea a soltar el discurso chapurreando la lengua vernácula, y eran expulsados a pedradas). Si bien la aportación crítica de estas políticas a la (que era) ideología dominante resulta imprescindible, el artefacto de ingeniería política creado ha acabado por integrarse en el mapa ideológico tradicional, no ha sabido liberar al individuo de los conceptos psicosociales que lo convierten en sujeto de opresión, sino que ha reforzado este papel. En lugar de romper el tablero, sólo ha movido ficha. Ha pintado los barrotes en la cárcel del pensamiento que constituye la identidad.

Si llevamos las políticas de la identidad hasta sus últimas consecuencias, dada la multiplicidad de categorías sociales que determinan la existencia de los individuos, y precisamente porque en esencia es una ideología que se construye en contraposición al otro, no nos queda más remedio que asumir que el único sujeto político posible es el propio individuo. En esas circunstancias ideológicas se genera un entorno cómodo para éste, y aún oprimido, desatiende la necesidad de encontrarse con el otro, puede dejar de hacerse preguntas relativas a la urgencia de lo común y al sentido de su existencia. Entonces la historia, esa historia real y material que construimos y cuya transformación requiere de nuestra libertad absoluta, deja de tener trascendencia.

*****