viernes, 22 de agosto de 2014

LA “CASTA” DE DAVOS CONTRA LA PLEBE MUNDIAL.

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La presencia en el Foro Económico Mundial (WEF) de Davos está tasada por la organización. El precio para los miembros es de 50.000 dólares anuales, a lo que se añaden 19.000 por cada foro. Los asociados han de satisfacer 156.000 dólares más, y 567.000 dólares si uno pretende ser socio estratégico. Estos pomposos encuentros llevan por título “Normas compartidas para la nueva realidad” (2011); “Moderando nuevos modelos” (2012) o “Dinamismo resistente” (2013). Son, además, habituales palabras como “progreso social”, “filantropía humanitaria”, “social entrepreneurs”, “igualdad de oportunidades” y “stakeholder society”. Palabrería que sin pudor se utiliza en magnos foros blindados contra la calle: tecnología punta de identificación de rostros, presencia de al menos 3.500 militares, y francotiradores estratégicamente localizados. Todo ello en un pequeño y pacífico pueblo suizo.

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Davos, pequeño y pacífico pueblo suizo, en enero de cada año se reúne la élite mundial del capital corporativo global. Mandatarios de los países globalizadores (G-7), algunos del G-20, ( como las economías BRIChS) y otros invitados. En pleno invierno, protegido por cientos de policías armados, siempre bajo la atenta mirada y control del Club de Bilderberg – Los Nuevos Amos del Mundo – dicen se reúnen para unificar la Agenda  Económico-Social y Política del año presente de cómo gobernar el mundo y el cuento del “progreso social” o la “filantropía social” De este Foro mundial, o el “Foro de los ricos”·,  salió también la llamada “Cultura Davos”, cultura de élite y cultura de los pijos. Esta es la nueva “casta”  (0.01%) mundial (350 mega-corporaciones) que dominan y explotan a los 7 mil millones de seres humanos. En Davos, en enero de cada año, se concentran los poderes fácticos globales.

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LA “CASTA” DE DAVOS CONTRA LA PLEBE MUNDIAL.
Reseña de “Un reportero en la montaña mágica”, de Andy Robinson
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Rebelión jueves 21 de agosto del2014.

Se define como “corresponsal volante”. El periodista Andy Robinson escribe para La Vanguardia y The Nation (Nueva York), y en el blog “Diario itinerante” sigue los flujos globales de capital “que desestabilizan el mundo”. Inspira su trabajo una máxima del geógrafo marxista David Harvey: “el capitalismo jamás resuelve sus problemas; se limita a desplazarlos a otros lugares”. En el libro “Un reportero en la montaña mágica. Cómo la élite económica de Davos hundió el mundo” (Ariel), Andy Robinson desvela los entresijos de los magníficos foros que se celebran en esta ciudad suiza, donde la élite mundial celebra el “filantrocapitalismo” al tiempo que ellos y sus corporaciones practican la evasión fiscal sin el menor escrúpulo.

El corresponsal escribe con un estilo muy directo, popular, anglosajón, con la fuerza y la vitalidad de las buenas crónicas, y donde acertadamente se mezclan el detalle y el dato con la crítica enérgica a unos archimillonarios que viven de espaldas, encerrados en su “montaña mágica” de Davos (el libro es también un paralelismo con la novela de Thomas Mann), al sufrimiento de la gente común. Además de información especializada, el reportero cuenta cómo “espía” las conversaciones de los magnates, sus “sueldazos”, festines y vuelos privados, los paisajes y cafeterías de la localidad que acoge los grandes foros, las conversaciones con ciudadanos corrientes, activistas o economistas críticos. Pinceladas de vitalidad que acercan un asunto supuestamente complejo a la generalidad de los mortales.

¿A qué llamamos crisis? Tras la quiebra de Lehman Brothers (octubre de 2008), “el patrimonio de los 103.000 llamados ultrarricos mundiales (individuos de los cinco continentes cuyo patrimonio rebasaba los 30 millones de dólares, había caído el 20%. Tres años después, su patrimonio había sufrido una suerte de efecto rebote: tras subir un 33%, ya rebasaba el récord de los años de la burbuja económica. A escala mundial, el número de millonarios Forbes había aumentado un 27% desde el inicio de la crisis en el año 2007”, explica Andy Robinson. Con los ejemplos podría rellenarse una hemeroteca. Brian Moynihan, cabeza del Bank of America vio cómo se cuadruplicaba su remuneración tras las crisis (hasta ocho millones de dólares), al tiempo que despedía a 30.000 empleados. O Klaus Kleinfeld (ejecutivo de Aldecoa, una de las “grandes” del aluminio), que se embolsó unos 10 millones de dólares anuales desde que fue destituido en la presidencia de Siemens.

Éste es el rostro más duro, la cara pétrea, de las reuniones de Davos y de sus protagonistas. La rapiña a gran escala. Magnates que se reúnen y conectan “en red” (networking) para cerrar negocios y pontificar sobre problemas globales. Pero la realidad así pintada, descarnada, parece de difícil venta y, más aún, en medio de una crisis sistémica. De ahí la presencia de “emprendedores” y filántropos sociales, o así se vestía a personajes como Bill Gates, Bono (cantante de U2), Bill Clinton o Paulo Coelho. “Tras las formalidades y los debates sobre la desigualdad, seguirían las juergas desenfrenadas en los hoteles”, apunta el reportero británico, pero sin que ello empañe un relamido consenso que pone en armonía a toda suerte de ONG con grandes corporaciones multinacionales.

La presencia en el Foro Económico Mundial (WEF) de Davos está tasada por la organización. El precio para los miembros es de 50.000 dólares anuales, a lo que se añaden 19.000 por cada foro. Los asociados han de satisfacer 156.000 dólares más, y 567.000 dólares si uno pretende ser socio estratégico. Estos pomposos encuentros llevan por título “Normas compartidas para la nueva realidad” (2011); “Moderando nuevos modelos” (2012) o “Dinamismo resistente” (2013). Son, además, habituales palabras como “progreso social”, “filantropía humanitaria”, “social entrepreneurs”, “igualdad de oportunidades” y “stakeholder society”. Palabrería que sin pudor se utiliza en magnos foros blindados contra la calle: tecnología punta de identificación de rostros, presencia de al menos 3.500 militares, y francotiradores estratégicamente localizados. Todo ello en un pequeño y pacífico pueblo suizo.

En la llamada “sociedad de la información” es decisiva la imagen y el control de contenidos. Y a ello no es ajena la aristocracia de Davos. Andy Robinson cuenta cómo se le impidió la entrada, acompañado de Claudi Pérez (El País) a una sesión sobre “narrativas económicas”. El reportero lucía una acreditación marrón, que no le resultó suficiente para ingresar en la conferencia. Sí pudieron hacerlo los “media leader” (acreditación blanca), como Thomas Friedman (The New York Times), Michael Elliot (Time Magazine), Nik Gowing (BBC), Charlie Rose (Bloomberg) o Juan Luis Cebrián (Prisa). En el foro de 2011, Jean-Claude Trichet, expresidente del BCE, saludó con un estentóreo “Hi Maria! How are yooou!” a Maria Bartimoro, presentadora de CNBC y aficionada a viajar en los aviones privados de Citigroup durante sus trabajos de investigación periodística.

El libro de Robinson cita numerosos ejemplos de la gran estafa global, pero tal vez el pequeño anecdotario, recogido en primera persona por el reportero, explique mejor las cosas que un tratado científico. Por ejemplo, sobre las “puertas giratorias”. Cuenta el periodista cómo trabajando en una cafetería, con la BlackBerry en la oreja, se acercó a escuchar una suculenta conversación entre Larry Summers (exsecretario del Tesoro de Estados Unidos) y el expresidente de México, Ernesto Zedillo (después consejero del Citibank y del Grupo Prisa). Hablaban sobre la posible designación como consejero delegado de Banamex, del expresidente del Banco de México, Guillermo Ortiz. Según Zedillo, “Guillermo tendrá que aguardar unos meses, para no infringir la ley de incompatibilidades”. Respondió Summers: “Pues en Estados Unidos, no. ¡Si hubiera querido, hubiese podido ir directamente desde la Casa Blanca a Goldman Sachs!”.

Son mecanismos de cooptación y endogamia entre personajes de una élite que pueden cuantificarse con números. Incluidos todos los impuestos, el tipo aplicado a los superricos (el 0,1% mejor remunerado) pasó del 60% en la década de los 60 al 30% en el año 2000. Así, el integrante medio del ranking Forbes pagaba en 2012 el 18% en impuestos. Dicho de otro modo, “muchos gestores de fondos de inversión pagan menos impuestos que las mujeres que limpian sus mansiones en Greenwich (Connecticut), una tendencia que se ha reproducido en Europa en los últimos años”, destaca Robinson.

El capítulo quinto del libro desenmascara la farsa del “filantrocapitalismo” y a alguno de sus grandes abanderados, como Bono, estrella del rock irlandés. En 2004 se creó el fondo de capital privado “Elevation Partners”, con Bono como principal socio. El fondo echó a andar con la compra de una importante participación en la revista Forbes (“muchos de quienes ocupan las posiciones más elevadas del ranking Forbes –Bill Gates, Michael Dell, Steve Jobs y demás emprendedores sociales y filantrocapitalistas- serían compañeros de Bono en la lucha contra la pobreza global”, señala Andy Robinson). Después, “Elevation Partners” adquirió una participación de 120 millones de dólares en Facebook. Otra de las grandes ideas del cantante consistió en crear el logo “(RED)”, un certificado ético que asignaba a empresas como Microsoft, Apple, Armani, American Express, Gap o Starbucks (muchas de ellas denunciadas por evasión fiscal) a cambio de que estas ingresaran parte de sus beneficios en el fondo global del artista. “Se trataba de ofrecer al cliente corporativo el producto global mejor diseñado para minimizar su factura tributaria”.

Parecida filosofía animó a los proyectos de reconstrucción en Haití de los “Davos Man”, después del terremoto de 2010 que terminó con la vida de 316.000 personas y dejó a un millón sin techo. Esta vez los protagonistas fueron el filantrocapitalista irlandés Denis O’Brien (con una fortuna de 5.000 millones de dólares amasado en el negocio de la telefonía móvil, primero en Irlanda, pero también en el Caribe, América Central y el Pacífico); y Bill Clinton a la cabeza de su Clinton Global Initiative. Ambos aprovecharon las oportunidades para el lucro que Naomi Klein explica en “La Doctrina del Shock”. Recuerda Andy Robinson que la Comisión Moriarty llegó a la conclusión de que O’Brien pagó 150.000 libras irlandesas al ministro de comunicaciones irlandés para una adjudicación de telefonía móvil. Y que es famoso en Dublín “por sus audaces maniobras para evadir impuestos”.

El capítulo séptimo se dedica a un pueblo suizo de 20.000 habitantes: Zug, “un lugar excelente donde no se pagan impuestos”. En dos o tres calles de esta localidad se alojan 29.000 empresas, entre ellas 500 sedes globales de multinacionales y cientos de otras sedes regionales. De compañías farmacéuticas y biotecnológicas como Novartis, Amgen, Roche o Biogen; otras como Siemens y Johnson and Johnson; la agencia de información Thomas Reuters, de materias primas como Glencore, de “comida rápida” como Subway y Burger King; Coca-Cola… La casuística sería interminable. Por ejemplo, según Andy Robinson, “Zug ayudó a un puñado de consejeros socios de Glencore a forrarse como jamás hubieran podido imaginarse”. Además, “de las 17.000 empresas registradas en el cantón, en 17.000 no consta ningún empleado registrado”.

La idea de fondo es la transferencia de beneficios (y minimización de gastos tributarios) a filiales radicadas en paraísos fiscales. Sea McDonald’s en Ginebra, Starbucks en Lausana (en 2012 trascendió la noticia de que esta compañía no había registrado beneficios tras diez años de implantación en el Reino Unido), etcétera. Los gigantes de Internet (Apple, Google, Yahoo, Facebook, Amazon) eligen como paraíso fiscal Luxemburgo, Holanda, Irlanda o Bermudas. Según una investigación de El País, el 99% de las ventas realizadas por Google en España se facturan en Irlanda. Es bien sabido, además, que 30 de las empresas del Ibex-35 español disponen de filiales en paraísos fiscales. La crisis…

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Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una  licencia de Creative Conmon, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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