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“En resumen, el proyecto de Mark Carney es
un salvavidas de lujo para un sistema fallido que él mismo co-creó. Es una
fachada de pragmatismo ético diseñada para perpetuar los beneficios
neoliberales para una élite transnacional, ignorando una vez más el costo
social en Canadá y en el mundo. Trump, por su parte, ofrece la barbarie
desnuda, el egoísmo nacional sin máscara alguna. Ambos, sin embargo, comparten
un punto ciego fundamental: ven al Sur Global como objeto de política, nunca
como agente de cambio; como campo de extracción o de contención, nunca como
fuente de soluciones.
“Canadá, con su histórica “falsa» neutralidad
benigna, se enfrenta ahora a un espejo que muestra su complicidad. Un mundo
mejor y más estable no surgirá de los discursos recalibrados en los foros de
Davos ni de la brutalidad arancelaria, sino de solidaridades Sur-Sur
auténticas, de movimientos populares que exijan justicia redistributiva y de
una desafiante reapropiación democrática del poder sobre el capital. La
elección entre Carney y Trump es, en gran medida, una ilusión; la verdadera
disyuntiva está entre el continuismo elegante de las élites y la audacia de una
transformación real. Sigue siendo una disputa de las elites globalistas versus
las soberanistas.
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La admisión tardía de un espejismo fallido repiquetea a mentira (El Tábano Economista).
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MARK CARNEY, LA RECALIBRACIÓN ESTÉTICA DEL NEOLIBERALISMO.
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Por Alejandro Marcó del
Pont | 30/01/2026 | Economía
Fuentes. Revista Rebelión viernes 30
de enero del 2026.
Fuentes: El tábano economista [Imagen: Retrato de Marie-Thérèse Walter, Picasso 1937]
La admisión tardía de un espejismo
fallido se reitera como una mentira convenientemente afinada. El análisis que
disecciona con precisión la metamorfosis del discurso globalista frente a su
propia crisis de legitimidad nos lleva a un personaje central: Mark Carney, el
primer ministro de Canadá. Su retórica sugiere una ruptura con un mundo
unipolar agonizante, prometiendo un «realismo basado en valores» como
antídoto al trumpismo. Sin embargo, una mirada más cercana revela que no se
trata de una ruptura, sino de una recalibración estética del neoliberalismo, un
ajuste cosmético para que un orden desacreditado pueda sobrevivir en un mundo
que ya no acepta el mito ingenuo del «orden basado en normas«.
Esta propuesta, elegantemente
empaquetada, se revela como un esfuerzo superficial y sin fundamentos sólidos,
un intento de reinventar desde arriba un sistema que el propio Carney ayudó a
construir y que ahora colapsa bajo el peso de sus propias contradicciones. No
obstante, esto no exonera en absoluto el enfoque de Donald Trump, que
representa simplemente la versión cruda, autoritaria y descaradamente
transaccional del mismo egoísmo estatal.
La verdadera crisis, la que alimenta a
ambos, no es meramente diplomática; es el resultado acumulado de décadas de
transferencia sistemática de riqueza de abajo hacia arriba, de la
financiarización de la vida y del vaciamiento de la soberanía popular. Carney,
como arquitecto financiero de la era post-2008, encarna a esa élite que vació
el Estado al promover la austeridad para los ciudadanos mientras rescataba
bancos con dinero público; extendió la lógica del mercado a cada rincón de la
vida pública e ignoró deliberadamente la desigualdad creciente, desigualdad que
luego fertilizó el terreno para los mismos monstruos políticos de derecha que
hoy dice querer contener.
El supuesto «reinicio» que propone
Carney es estructuralmente insuficiente porque nace del mismo núcleo
intelectual y social que gestionó el declive. Su trayectoria lo define, un
viaje fluido entre Goldman Sachs, los bancos centrales más poderosos del mundo
(el de Canadá y el de Inglaterra), la presidencia del Financial Stability Board
del G20 y la dirección de un gigante financiero como Brookfield Asset
Management. Esta hoja de vida no es la de un disruptor, sino la del globalista
prototípico. Desde estos puestos, Carney admite ahora, cuando la presión es
insostenible, que el «orden internacional basado en normas» ha sido en gran
medida un artificio.
Señala, con razón, su hipocresía, la
invasión de Irak en 2003 basada en mentiras, el apoyo occidental a la
destrucción en Gaza a pesar del derecho internacional, las guerras
interminables y una globalización financiera que concentró la riqueza en una
élite transnacional. Canadá, bajo gobiernos liberales que Carney ahora
personifica, se benefició de este juego, exportando recursos, participando en
misiones «humanitarias» de la OTAN y disfrutando del cómodo rol de «mediador
neutral» que enmascaraba una alineación férrea con Washington.
Pero esta admisión es tardía y
profundamente selectiva. Carney critica el sistema sólo ahora que esta amenaza
los intereses geopolíticos y la estabilidad interna de Occidente, acorralado
por el desafío de Trump. Durante sus mandatos en los bancos centrales, fue un
pilar de ese mismo establishment. Promovió políticas de
Quantitative Easing que inflaron burbujas de activos financieros, beneficiando
a los ya ricos mientras erosionaban el poder adquisitivo de los trabajadores.
Su obsesión por la «estabilidad financiera» a menudo ignoró la precariedad
social que se acumulaba como gasolina bajo la economía.
Esta no es una «falsedad canadiense»
accidental; es el modus operandi de un país que se proyecta como campeón de los
derechos humanos en la ONU mientras sus empresas practican un extractivismo
depredador en América Latina y África y apoya sanciones económicas que castigan
a poblaciones enteras por la desobediencia de sus gobiernos.
Por ello, su «realismo basado en
valores» es fundamentalmente un reempaquetado sin sustancia. Se presenta
como una alternativa más humana y sofisticada al crudo transnacionalismo
de Trump, donde el fuerte simplemente extorsiona al débil con aranceles. En
teoría, la fórmula de Carney implica alinear el poder duro con principios
éticos: comercio justo, acción climática ambiciosa y cooperación multilateral
renovada. Sin embargo, en la práctica, se traduce en la misma lógica de
siempre, pero con mejor vocabulario: acuerdos comerciales con China o Qatar que
priorizan el acceso a mercados y recursos, disfrazados de cooperación
estratégica.
Un keynesianismo selectivo y
privatizador donde el Estado subsidia con fondos públicos la transición verde
liderada por corporaciones como Brookfield, de quien era CEO, mientras se
mantienen recortes de impuestos para las élites y una austeridad tácita para
los servicios sociales. Es, en esencia, un «keynesianismo militar» y
tecnocrático: presupuestos de defensa en alza para confrontar a Rusia, y tal
vez a China, justificados ahora bajo un lenguaje de defensa de valores, y
grandes inversiones en infraestructura crítica que terminan en manos de
consorcios privados.
Este realismo carece de bases
precisamente porque repite los errores del sistema que Carney dice querer
reformar. Durante el auge neoliberal de las décadas de 1980 y 1990, políticas
gemelas de desregulación financiera y tratados de libre comercio, como el
TLCAN, erosionaron el pacto social de la posguerra. No generaron la prosperidad
compartida que prometían, sino desigualdad extrema, economías financiarizadas y
vulnerables a las burbujas, y un debilitamiento profundo de la democracia,
capturada por lobbies corporativos.
Trump no surgió de la nada; es la
criatura política directa de este fracaso, la respuesta iracunda y nativista de
las clases medias empobrecidas del Rust Belt estadounidense o
de las regiones periféricas canadienses abandonadas por ese mismo modelo. Lo
que Carney ofrece no es una ruptura con los fundamentos que crearon a Trump,
sino una gestión más competente y estéticamente presentable de la misma casa en
llamas. Es, en el fondo, una disputa interna de las élites financieras globales
por el timón de un barco que hace agua, donde un sector (el representado por
Carney, vinculado a Goldman Sachs, Davos y los fondos de inversión «verdes»)
busca salvar el capitalismo globalista adaptándolo tibiamente a las amenazas
del populismo de derecha y la crisis climática, pero sin ceder el control real
sobre los flujos de capital.
La prueba más clara de la
inconsistencia de este «realismo basado en valores» es su selectividad
flagrante y su falta de autocrítica genuina. ¿Cómo puede Carney erigirse en
paladín de los valores cuando, como Gobernador del Banco de Inglaterra, retuvo
ilegítimamente el oro venezolano —31 toneladas valuadas en 1.800 millones de
dólares— en 2019? Esta decisión, parte de un régimen de sanciones occidentales
que reconoció al fantasmagórico «presidente interino» Juan Guaidó, fue un acto
de puro poder financiero disfrazado de legalidad, un instrumento de guerra
económica contra un país soberano.
Su realismo aplica los «valores» como
un arma, sólo cuando conviene a los intereses geopolíticos de Occidente. Al
asumir el liderazgo de Canadá, Carney no abandonó su mundo; lo trasplantó a la
política. Su programa de desarrollo económico «subsidiado públicamente, pero
liderado privadamente» es el credo de Brookfield llevado a escala nacional: el
Estado asume los riesgos y costos iniciales de la transición energética o de la
modernización de infraestructuras, para que luego los beneficios y el control fluyan
hacia gestores de activos y conglomerados financieros.
Las élites bancarias y mineras
canadienses, ya enormemente enriquecidas por décadas de neoliberalismo —con
bancos como el RBC o TD dominando mercados vulnerables en el Caribe, o mineras
como Barrick Gold operando con impunidad en el Sur Global— ven en Carney no a
un reformador, sino al garante definitivo de su continuación. Incluso en el
ámbito de la defensa, su promesa de una Defence Investment Agency y
de billones en gasto militar, si bien se viste de seguridad nacional, alimenta
el complejo industrial-bélico y un «keynesianismo militar» que desvía recursos
públicos hacia contratistas privados.
En resumen, el proyecto de Mark Carney
es un salvavidas de lujo para un sistema fallido que él mismo co-creó. Es una
fachada de pragmatismo ético diseñada para perpetuar los beneficios
neoliberales para una élite transnacional, ignorando una vez más el costo
social en Canadá y en el mundo. Trump, por su parte, ofrece la barbarie
desnuda, el egoísmo nacional sin máscara alguna. Ambos, sin embargo, comparten
un punto ciego fundamental: ven al Sur Global como objeto de política, nunca
como agente de cambio; como campo de extracción o de contención, nunca como
fuente de soluciones.
Canadá, con su histórica “falsa»
neutralidad benigna, se enfrenta ahora a un espejo que muestra su complicidad.
Un mundo mejor y más estable no surgirá de los discursos recalibrados en los
foros de Davos ni de la brutalidad arancelaria, sino de solidaridades Sur-Sur
auténticas, de movimientos populares que exijan justicia redistributiva y de
una desafiante reapropiación democrática del poder sobre el capital. La
elección entre Carney y Trump es, en gran medida, una ilusión; la verdadera
disyuntiva está entre el continuismo elegante de las élites y la audacia de una
transformación real. Sigue siendo una disputa de las elites globalistas versus
las soberanistas.
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