lunes, 30 de septiembre de 2019

GRETA, SAMIR Y BERTA. LA ECONOMÍA VERDE. LA ÚLTIMA FRONTERA DEL CAPITALISMO.

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LA ECONOMÍA VERDE. LA ÚLTIMA FRONTERA DEL CAPITALISMO.
“repudiamos y denunciamos la “economía verde” como una nueva máscara para ocultar mayores niveles de codicia de las corporaciones y del imperialismo alimentario en el mundo y como una forma brutal de lavarle la cara al capitalismo…”

Al igual que la Cumbre, este otro Foro de las entidades filantrópicas ha sido igualmente rechazado con sendas iniciativas. Una de ellas procedente de la Asociaciones mundiales de víctimas el amianto en el mundo, que ha solicitado al Secretario General de la ONU y a la presidenta de Brasil el que declare a Stephan Schmidheiny, fundador de AVINA, como “persona non grata”, por ser uno de los principales responsables de la tragedia de las industrias el amianto en el mundo, sentenciado hace unos meses a 16 años de cárcel, por la muerte de más de 2000 trabajadores italianos de una de sus fábricas de amianto. La otra, a iniciativa de Ecologistas en Acción y firmada por más de 200 organizaciones de 23 países, de rechazo contra AVINA y Ashoka por sus vínculos con el gran capital, las industrias contaminantes y la alianza con Monsanto para llevar los transgénicos a África.

El capital vuelve sus ojos a la naturaleza, al sector primario y a los bienes comunes.
En contra de las teorías que han sustentado al capitalismo, por las que la superación de las actividades primarias eran la señal de progreso y que consideraban el “capital” natural sustituible que la naturaleza era prescindible en gran parte, de nuevo en Río+20 escenifican una vuelta a la naturaleza. No solo a los materiales y productos que proporciona sino también a los procesos esenciales para la vida, o sea a los ecosistemas. El capital se hace “ecologista”.

“Pero no nos engañemos, lo que el gran capital viene a proponer en esta nueva Cumbre de la Tierra es cómo hacer nuevos negocios con esta última frontera de beneficio. Primero, valorando monetariamente los servicios que gratuitamente proporciona la naturaleza a todos sus habitantes, para después poder crear un mercado mundial de servicios ambientales. Por ejemplo, convertir los servicios de los bosques en bonos de carbono que las multinacionales compran, venden y llevan a los mercados secundarios especulativos”.
 

Las miserias del capitalismo verde. 
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“Los bienes comunes (agua, tierra, biodiversidad, ecosistemas, minerales de la corteza, etc.), mientras tengan tal condición no son apropiables, por tanto, no sujetos ni a valoración monetaria ni a comercialización. El primer paso, pues, es hacer de algo inconmensurable, no traducible en dinero, en algo que sí lo es. El segundo paso en eliminar los bienes comunes y establecer la propiedad privada sobre todos ellos, o la propiedad pública, que también, en última instancia, puede ser objeto de concesiones o privatizaciones. A esto se le llama economía de los ecosistemas y la Biodiversidad (TEEB): poner precio, privatizar, vender”.

“Asistimos, de nuevo, a un asalto a lo que queda de bienes comunes, que es mucho. Los estados y los fondos de inversión y pensiones compran tierras fértiles por todo el mundo. Se restringe y prohíbe la libre circulación de semillas entre campesinos, e incluso se está intentando controlar la resiembra por parte de los propios campesinos. Se practica la biopiratería para patentar genomas, o seres vivos conocidos y usados durante milenios por poblaciones autóctonas. Se trata de cobrar el uso del agua de lluvia. Se privatiza la gestión de bordes costeros y parques nacionales desalojando a las poblaciones indígenas…

Como resume la Vía Campesina, en su documento “Río+20 y más allá”, la economía verde que se promociona en Río pretende generalizar el principio que quién tiene dinero puede seguir contaminando; convertir la biomasa en un sustituto del petróleo; restringir el acceso del uso del agua de riego, que tiende a la escasez, hacia cultivos de exportación y agrocombustibles; proponer soluciones tecnológicas altamente peligrosas para solucionar el cambio climático o los problemas del hambre, como son la geoingeniería y los transgénicos, y

“el más ambiciosos y el que algunos gobiernos identifican como el mayor desafío que es el de ponerle precio a todos los bienes de la naturaleza (como el agua, la biodiversidad, el paisaje, la vida silvestre, las semillas, la lluvia, etc.) para luego privatizarla (con la excusa de que conservarlos requiere dinero) y cobrarnos por su uso”.

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GRETA, SAMIR Y BERTA.

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Katu Arkonada.

Rebelión lunes 30 de setiembre del 2019.


Durante 2018 se documentó1 el asesinato de 164 personas defensoras de la Madre Tierra, luchadoras sociales que defendían sus ríos, montañas y recursos naturales ante el avance depredador de la minería y agroindustria, generalmente a manos de transnacionales del Norte.

La mitad de estos asesinatos, 83, fueron cometidos en América Latina y el Caribe. De ellos, 14 en México.

Un caso paradigmático en México fue asesinato en febrero de este año de Samir Flores. Activista del Frente en Defensa de la Tierra y del Agua, indígena náhuatl y campesino, se había opuesto radicalmente al Proyecto Integral Morelos (PIM), un plan de construcción de termoeléctricas en manos de la multinacional española Abengoa. Esta empresa, que acumula 18.700 personas despedidas mediante 40 Expedientes de Regulación de Empleo (ERE), tuvo en 2018 unas pérdidas de 1.498 millones de euros2.

Tres años antes, en marzo de 2016, fue asesinada en Honduras Berta Cáceres, fundadora del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH). Berta era indígena lenca, se oponía a la privatización del agua en Honduras, y había recibido amenazas de la empresa Desarrollo Energéticos Sociedad Anónima (DESA), responsable de la construcción de represas hidroeléctricas en Agua Zarca, río Gualcarque.
 


Sin embargo, los asesinatos de estos dos luchadores sociales en defensa de la tierra y de la vida, con gran impacto en los movimientos sociales latinoamericanos, apenas tuvieron eco en los medios de comunicación masivos y redes sociales en general.

Ha tenido que venir una activista sueca de 16 años, Greta Thunberg, quien, tras un discurso en la Cumbre para la Acción Climática de Naciones Unidas, y un encuentro y posterior tuit de Donald Trump, se ha hecho mundialmente conocida. Las redes sociales no paran de mencionar su nombre y las referencias que ella hizo a la reforestación, transición energética y comer menos carne, junto con críticas a las industrias contaminantes o el uso de plásticos desechables, todo ello como maneras de enfrentar el desastre ambiental que vive nuestro planeta.

Las críticas a Greta no se han hecho esperar. Una chica europea, blanca, apoyada por firmas de capital riesgo en energía verde, rodeada de una narrativa muy fuerte y simbólica, por su edad (16 años) y tener síndrome de Asperger.

La polémica está servida.

¿Es positivo que, aunque en otros casos no haya sucedido, haya una voz que conciencie a la sociedad global sobre el cambio climático y la crisis medioambiental en la que nos encontramos inmersos?, ¿o más bien debemos estar prevenidos ante un nuevo producto de los medios de comunicación masivos e intereses transnacionales que buscan crear un ecologismo de mercado new age?

Sin duda el debate siempre va a ser positivo. Pero también hay que ser muy conscientes de como el capitalismo intenta cooptar todas las expresiones de lucha, sean identitarias o formen parte del programa histórico de la izquierda. Lo hizo en primer lugar con el multiculturalismo, convirtiéndolo en la expresión posmoderna del propio capitalismo en el ámbito cultural, y lo está haciendo en la actualidad con luchas tan importantes y necesarias como el feminismo (ahí está Hillary Clinton) o la reivindicación de los derechos LGTBIQ (en México, la marcha del orgullo ha pasado a ser una reivindicación a un carnaval encabezado por carrozas de Amazon o Facebook).

 


En un momento de financiarización y uberización de la economía, síntoma de una crisis estructural de un capitalismo en fase de descomposición, la economía verde intenta convertirse en alternativa que permita mantener el modo de producción capitalista, conteniendo y aplacando las luchas colectivas en pos de soluciones individuales y no estructurales.

Bienvenido sea por tanto el debate urgente sobre la crisis climática que sufrimos como humanidad, aunque venga de la manipulación de nuestras emociones por parte de una adolescente (y las trasnacionales que la financian), que por su condición de clase y ubicación geográfica difícilmente pueda entender que el problema no es que las industrias contaminan y que las personas comen carne, sino un sistema capitalista, colonial y patriarcal.

Debatamos en todos nuestros espacios, públicos y privados, como construir soluciones estructurales para lograr una verdadera justicia social y ambiental, la única forma de superar la emergencia climática, el ataque despiadado a nuestros bienes comunes, y la doctrina del shock llevada al extremo del asesinato de luchadores medioambientales.

Que el discurso de Greta sirva para que la vida y lucha de Samir Flores, Berta Cáceres, y tantas otras y otros luchadores sociales en defensa de la vida y de nuestra Madre Tierra, no haya sido en vano.

Que la intersección entre la lucha por la justicia social, climática y el feminismo, dé a luz a un nuevo proyecto político construido desde abajo y a la izquierda.

Notas:

1 ¿Enemigos del Estado? 

2 La estricta dieta para el empleo de Abengoa 

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