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CHILE: RECUERDOS DE DON CHICHO. Mempo Giardinelli. A principios de septiembre de 1970, el hoy
mundialmente reconocido fotógrafo Carlos
Bosch y yo éramos pibes, principiantes en el periodismo. Trabajábamos en
una revista que se llamaba Semana Gráfica, que era una de las tres
publicaciones de actualidad de la Editorial
Abril, por entonces una de las dos empresas periodísticas más importantes
de la Argentina (la otra era Atlántida). Quizá porque éramos los más jóvenes de
aquella redacción, nos tocaba cubrir notas juntos, y también viajar, a
diferentes puntos del país y el continente. Y a veces nuestras notas se
publicaban también en otras revistas de la casa, 7 Días Ilustrados y Panorama,
entre ellas. La Editorial Abril,
entonces, era una extraordinaria cantera de fotógrafos, periodistas y
escritores. Entre éstos, Juan Gelman,
Olga Orozco, Tomás Eloy Martínez, Osvaldo Soriano y tantos y tantas más. La
semana del 4 de septiembre de 1970, cuando Salvador Allende ganó las elecciones presidenciales en Chile,
nos tocó volar a Santiago y lo entrevistamos por primera vez. Por ahí ha de
andar el texto que escribí para la
revista, pero ahora me importa más evocar aquello como lo recuerdo.
Nos veo en una casa solariega de
Providencia junto a Don Chicho, como todos
llamaban confianzudamente a aquel médico cirujano socialista, quien hablaba con
rigor y vehemencia, movía las manos acompañando sus explicaciones y miraba
trabajar a Carlos con mirada tierna y
paciente, mientras nos explicaba sus planes de gobierno. Era notable su
serenidad, pero también su preocupación por la existencia en la Argentina de
una dictadura que sabía hostil. Pero lo mejor era su optimismo, que nos pareció
fenomenal. Es curioso que lo que me
impresiona ahora, más de cuarenta años después, es la vigencia empecinada
de algunos detalles: un garaje y jardín colmado de buganvillas; los sucesivos
cafés en tazas de té que servía su diligente esposa, Doña Hortensia Bussi; y hasta las
andanzas de dos de sus sobrinas, a las que reencontré décadas después en Italia. No diré que nos hicimos amigos,
pero seguramente la audacia juvenil con que lo asediamos hizo que Don Chicho –llegamos a llamarlo así–
nos reconociera con una sonrisa bonachona cuando varias semanas después
volvimos a entrevistarlo para el pool de revistas de la Editorial Abril. Fue a comienzos de noviembre de ese 1970, cuando
la asunción presidencial. Y fue para
nosotros una aventura desopilante.
La juventud Rebelde de Chile, rinde tributo a Salvador Allende, a 4 décadas del golpe fascista más criminal de Nuestra América, financiado por la CIA, el sr. Nixon y su Secretario de Estado sr. Kissinger.
***
Así lo contó Carlos hace poco a la
revista Le Monde Diplomatique: “Fue un caos porque el director de Semana
Gráfica se negó a mandarnos a la asunción, en noviembre, porque el tipo no era
de izquierdas. Entonces nos miramos con Mempo
y dijimos: ‘¡Nos vamos a Ezeiza!’. Había un avión oficial que venía de
París con los cubanos, donde venían Cortázar, Nicolás Guillén..., pero estaba
lleno y no nos dejaron subir”. Ahora no sé cómo, pero ahí mismo conseguimos, a
pura insistencia, pasajes para el siguiente vuelo. Carlos, con sus tres Nikon y cargado de negativos; y yo con un
grabador a pilas y mi vieja Lettera 22 portátil, llegamos a Santiago y
escuchamos el traspaso de mando en un taxi que nos llevó hasta La Moneda. Corrimos hasta el Patio de
los Naranjos, donde enseguida apareció Salvador Allende por una escalera. Carlos, que era
liviano y agilísimo, se metió entre cientos de reporteros y emergió en posición
perfecta para tomar las mejores fotografías de Don Chicho presidente. Hay una, memorable, en la que Allende camina hacia Carlos, reconociéndolo. Tengo entendido
que los negativos de esas fotos fueron destruidos por la dictadura, pero
existen en la tira de contactos.
En 1971 regresamos a Chile para cubrir la
visita de Fidel Castro a Santiago. Don Chicho ya era presidente, y en aquel
momento y lugar todo trabajo periodístico era caótico. Miles de colegas de todo el mundo atestaban calles y embajadas, plazas
y conferencias de prensa, y hoy me parece que éramos demasiados los que
creíamos ser testigos de un hito irreversible de la Historia. Después lo volvimos a ver en Buenos Aires en 1973, el día en que asumió la presidencia argentina
otro hombre que venía del campo de la salud, el odontólogo Héctor J. Cámpora,
natural de San Andrés de Giles y a cuya asunción en la Casa Rosada asistió Allende junto
con su colega cubano Osvaldo Dorticós.
Entonces, Carlos volvió a fotografiarlo en la explanada de la Casa Rosada, y yo
vi la escena desde más lejos. Carlos me contó que Don Chicho le sonrió, reconociéndolo, y a mí se me hizo, de ahí
para siempre, que acaso esa sonrisa era para los dos. Tiempo después, en ese septiembre negro del que ahora se cumplen 40
años, Don Chicho moría bajo una lluvia de balas en el
Palacio de La Moneda.
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"Sigan
ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el
hombre libre para construir una sociedad mejor”. Palabras finales del Dr.
Salvador Allende desde la Moneda, en ple no golpe de estado, el 11 de
septiembre del 2013.
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Chile hace catarsis cuarenta años después.
*****
Prácticamente todos los sectores de la
sociedad se expresaron sobre el golpe del 73.
Documentales
transmitidos a toda hora, visitas guiadas por espacios de la memoria,
pronunciamientos de políticos en torno del perdón, quejas por la Constitución
heredada del pinochetismo: el golpe en la memoria colectiva de Chile.
Por Mercedes López San Miguel
Desde Santiago. Miércoles 11 de septiembre del
2013.
Como si
fuera una catarsis colectiva no hubo quien no tuviera ánimo de decir algo sobre
el drama que ocurrió en Chile el 11 de septiembre de 1973. Documentales
transmitidos por canales y radios a toda hora; visitas guiadas por espacios de
la memoria, pronunciamientos de políticos en torno del perdón, quejas por la
Constitución heredada del pinochetismo, carabineros desoyendo y desmontando una
muestra con lienzos y murales de la organizaciones de derechos humanos que
reclamaban, como hace 40 años, que se castigue a los responsables del
terrorismo de Estado. Los carteles por el aniversario se mezclaron con imágenes
de campaña. Porque habrá elecciones en noviembre y las dos mujeres y
principales candidatas, Michelle Bachelet y Evelyn Matthei, fueron hijas de
generales de la fuerza aérea, pero con un pasado antagónico.
La casa
número 38 ubicada en una callecita empedrada de nombre Londres, cerca del
Palacio de La Moneda, se convirtió entre 1973 y 1974 en un centro de detención
y tortura en donde fueron asesinados 98 secuestrados de la dictadura de Augusto
Pinochet. En la fachada un gran cartel señala “40 años de luchas y resistencia”
acerca del lugar de tormento, en el que se usó la descarga eléctrica para
interrogar en una sala del segundo piso y quebrar más rápido la voluntad de los
detenidos. Ayer, en la víspera del aniversario del día que cambió la historia
de este país, la casa despojada de objetos era visitada por numerosas personas.
La organización Londres 38 puso a circular un video por las redes sociales en
el que se muestra cómo en la madrugada del domingo pasado un grupo de
carabineros sacó los lienzos colgados en los puentes del río Mapocho que
llevaban la consigna: “¿Dónde están los desa-parecidos?”. El guía y militante
de los derechos humanos Felipe Aguilera se indignó ante esta enviada por la
remoción de la muestra, en la que trabajó durante semanas. “Los carabineros
pasaron por encima de la autorización de los municipios y actuaron por fuera
del estado de derecho. Enviamos una carta al gobierno pidiendo la restitución
de los lienzos.”
A unas
cuadras de ese espacio de la memoria, los transeúntes de la zona céntrica de la
ciudad se mostraban proclives a recordar el derrocamiento de Salvador Allende
como una fecha fatídica. Yeri Chávez, empleada en una empresa de acero, señaló
que ella tenía 12 años, pero la imagen del bombardeo al edificio de La Moneda
quedará grabada en su memoria. “Nunca más debiera ocurrir semejante abuso del
poder en manos de un dictador. Ahora estamos libres de decir lo que queramos,
existe libertad de expresión. Lo que pasó fue trágico.” Un hombre de 55 años,
mientras daba algunas pitadas al cigarrillo, dijo que entre el ’80 y el ’90
todo dolía. “Estamos en camino de lograr la paz con nosotros mismos. Me acuerdo
de que me contaban que mataban a las personas y las tiraban en basurales.
Personalmente me dolió a mí cuando desaparecieron a estudiantes de la
universidad”, dijo el ingeniero Jaime Flores.
Como uno de
los lastres del pinochetismo, existen vacíos en los procesos judiciales. La
socióloga Marta Lagos señaló que esto se vincula con el modelo chileno de
reconciliación. “La transición fue posible porque no se exigió la verdad el día
uno. La verdad estuvo congelada, en espera.” En la cercanía de la conmemoración
del 11 de septiembre, el presidente conservador Sebastián Piñera afirmó que la
Justicia no estuvo a la altura de las obligaciones y desafíos. “El Poder
Judicial pudo haber hecho más, porque por mandato constitucional le
correspondía cautelar los derechos de las personas y proteger las vidas. Por
ejemplo, acogiendo los recursos de amparo que rechazó de forma masiva.” Sin
embargo, a él se le cuestiona no haber hecho lo suficiente en la materia.
Amnistía Internacional entregó ayer en el palacio presidencial un petitorio
firmado por más de 25 mil personas para reclamar al gobierno chileno que
elimine todas las barreras que protegen a los perpetradores de violaciones a
los derechos humanos. “No es aceptable que 40 años después del golpe militar
continúen existiendo dificultades para la búsqueda de la verdad, la justicia y
la reparación en Chile. La ley de Amnistía sigue protegiendo a los violadores
con inmunidad procesal, continúa habiendo largos retrasos en las actuaciones
judiciales y las condenas no reflejan la gravedad de los crímenes cometidos”,
señaló la organización.
Según cifras
oficiales, el número de personas desaparecidas o asesinadas en Chile entre 1973
y 1990 superó las 3000 y cerca de 40.000 personas sobrevivieron al
encarcelamiento por motivos políticos o la tortura. El Decreto Ley de Amnistía,
aprobado en 1978, exime de responsabilidad penal a todas las personas que
cometieron violaciones de derechos humanos entre el 11 de septiembre de 1973 y
el 10 de marzo de 1978. Si bien algunas sentencias han eludido la aplicación de
la norma, el hecho de que siga existiendo es incompatible con las obligaciones
internacionales de Chile en materia de derechos humanos.
Aunque
Piñera votó por el No a la continuidad de Pinochet en el referéndum del 5 de
octubre de 1988 y él no se identifica con el ala pinochetista de la Alianza de
derecha (UDI-Renovación Nacional), sí apoyó a la candidata Evelyn Ma-tthei,
quien hasta hace poco se de-sempeñaba como su ministra de Trabajo. Matthei
pertenece al partido más conservador de Chile, UDI, que alberga a simpatizantes
del dictador, como ella. Evelyn y Michelle fueron hijas de generales de la
fuerza aérea, con vidas cruzadas. Alberto Bachelet murió en 1974 por un ataque
cardíaco, derivado de las torturas que sufrió por ser leal a Allende, mientras
que Fernando Matthei, padre de Evelyn, integró la Junta Militar que gobernó
Chile de 1973 a 1990 y se sospecha que tiene responsabilidad en la muerte de
Bachelet.
También
atravesado por la historia y con poco más de 40 años, el ex socialista y hoy
candidato independiente Marco Enríquez Ominami es hijo del cofundador y
secretario general del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), Miguel
Enríquez. El candidato del Partido Progresista instó a Matthei a que
rectifique. “Hemos querido invitar, sin odio y sin rencor, a que la candidata
de los dos partidos que sostuvieron la dictadura militar, a que pida perdón. Es
importante en esta elección, empujemos los pisos éticos.”
Y es que
Matthei señaló que respecto de las violaciones a los derechos humanos ocurridas
tras el derrocamiento de Allende, ella no tenía nada de por qué disculparse.
“Yo tenía 20 años para el golpe, no tengo nada por lo que pedir perdón”,
sostuvo tajantemente Matthei. Aludió así a las declaraciones del senador de la
UDI, Hernán Larraín, quien hace unos días hizo un mea culpa por lo ocurrido con
posterioridad al 11 de septiembre.
Sin
escaparle al debate político, la ex mandataria y aspirante de Nueva Mayoría dio
un discurso en el Museo de la Memoria el lunes –un espacio que se gestó durante
su gobierno–, en paralelo al acto oficial que encabezó Piñera. “No existe
reconciliación que se construya ante la ausencia de verdad, justicia o un
duelo”, dijo Bachelet, la mejor posicionada para ganar las elecciones del 22 de
noviembre, ante la mirada de referentes de familiares de víctimas de la
dictadura, como Ana González, cuyo
esposo, dos de
sus hijos y su nuera fueron secuestrados por la policía secreta de Pinochet.
Chile ha vivido una catarsis de la que nadie quedó
afuera.
La candidata a las Elecciones Nacionales de Chile, por el Movimiento Nueva Mayoría Dra Michel Bachelet, asiste a los diversos homenajes para condenar el golpe fascista de hace 4 décadas.
***
EL DÍA EN QUE TODO CAMBIÓ.
*****
Ariel
Dorfman *
Si estoy con vida, si cuarenta años más tarde puedo contar la historia
del golpe del 11 de septiembre de 1973, es gracias a la ciega generosidad de mi
amigo Claudio Jimeno.
Lo recuerdo ahora
tal como lo vi entonces, cuando me despedí de él sin saber que se trataba de
una despedida final, sin saber que en poco tiempo él estaría muerto y yo iba a
sobrevivir, ninguno de los dos anticipando que los militares lo matarían a él
en vez de ensañarse conmigo.
Nos
conocimos en 1960, cuando los dos cursábamos el primer año de estudios en la
Universidad de Chile. Incisivos sobresalientes y una mata de pelo negro erizado
le habían merecido un apodo, Conejo, que luciría hasta el día de su muerte.
Estaba de novio con Chabela Chadwick, una estudiante de química, y cuando yo
comencé a salir con Angélica, mi futura mujer, los cuatro participábamos, junto
a otros entusiastas condiscípulos, en un raudal de actividades: bailes y paseos
a la playa y, sobre todo, sumándonos a manifestaciones de protesta. Porque lo
que en última instancia más nos unía, más allá de compartir confidencias y
esperanzas, era una feroz necesidad de batallar por la justicia social en un
continente de extrema pobreza y desarrollo frustrado.
Como
millones de otros chilenos, Claudio y yo éramos fervientes seguidores del
socialista Salvador Allende, que proclamaba –en una época en que la guerrilla
se alzaba con furia en toda América latina– que era posible una revolución en
nuestro país sin recurrir a la violencia, que podíamos crear una sociedad más
justa y soberana por medios democráticos y pacíficos. Nuestros sueños se
hicieron realidad cuando, diez años más tarde, Allende ganó las elecciones
presidenciales de 1970.
Los sueños y
la realidad, sin embargo, no siempre van de la mano.
Ya a
mediados de 1973, el gobierno de Allende estaba asediado por sus enemigos
internos y externos y la creciente amenaza de un pronunciamiento militar. De
manera que cuando Fernando Flores, el secretario general de Gobierno del
Presidente, me pidió que sirviera como su asesor de prensa y cultura, no tuve
la menor duda. Una de mis responsabilidades más urgentes era que debía hacer
guardia una vez, cada cuatro noches, en La Moneda, para que pudiera comunicarme
con Allende en caso de alguna emergencia. Las otras noches se rotaban entre
tres otros asesores, uno de los cuales era Claudio Jimeno.
De manera
que cuando me di cuenta de que me tocaba dormir en La Moneda la noche del lunes
10 de septiembre, nada más natural, entonces, que canjear ese turno con mi
viejo amigo, pedirle si era posible hacerme cargo de su guardia del domingo 9
de septiembre. Me convenía ese domingo porque era la única ocasión que tenía
para mostrarle a Rodrigo, mi hijo de seis años, la galería de retratos de los
primeros mandatarios de Chile y para que experimentara, antes de que su madre
viniera a buscarlo, ese momento mágico en que las luces del Palacio se prendían
al crepúsculo.
Claudio
asintió sin la menor vacilación. En esos tiempos azarosos, pasar aunque fuera
una hora extra con el hijo al que no teníamos la certeza de ver al día
siguiente constituía un regalo insuperable. De hecho, me agradeció el trueque,
ya que le permitía gozar de un domingo tranquilo con Chabela y sus dos hijos.
Y entonces
quiso la buena y la mala suerte que fuera Claudio Jimeno el que respondió el
teléfono en la madrugada del 11 de septiembre de 1973, recibiendo la noticia de
que el golpe, liderado por el general Augusto Pinochet, había comenzado. Y fue
Claudio el que llamó a Allende y Claudio el que luchó a su lado en La Moneda y
Claudio el que terminó siendo apresado y luego torturado y finalmente muerto,
convirtiéndose en uno de los primeros chilenos desaparecidos. Mientras que yo
desperté al lado del amor de mi vida, de Angélica, y traté de llegar a La
Moneda y no pude lograrlo y heme aquí, cuarenta años más tarde, conmemorando a
mi amigo y lo que se perdió y lo que se aprendió, y recordando, porque Claudio
no lo puede hacer, cómo mantuvimos viva la esperanza en medio de la oscuridad.
Heme aquí, todavía sin poder visitar la tumba de Claudio porque los militares
que lo mataron todavía no revelan dónde echaron su cuerpo vejado.
El destino
de Claudio prefiguró el de su país.
Nos
aguardaban décadas de represión y pavor, de pesadumbre y combate. Aun cuando
terminamos derrotando a la dictadura, nuestra democracia restaurada se vio
severamente restringida. La siniestra Constitución de Pinochet, aprobada en un
referéndum fraudulento en 1980, sigue siendo hasta el día de hoy la ley suprema
de la república, obstaculizando tantas reformas imprescindibles que el país
reclama.
Si bien
aquel 11 de septiembre de 1973 fue trágico para tantos chilenos, también tuvo
consecuencias más allá de nuestras orillas remotas. El naufragio de la revolución
chilena repercutió en forma significativa en Europa, donde llevó a una
fundamental reorientación de la izquierda en varios países (notablemente
España, Francia e Italia), la certeza de que no bastaba con una mayoría
electoral exigua para llevar a cabo transformaciones sustanciales en la
sociedad, sino que se necesitaba un consenso amplio y profundo. En los Estados
Unidos, la intervención de la CIA en la caída de Allende fue uno de varios
factores que condujeron a investigaciones del Congreso, estableciendo leyes
limitando las intromisiones del Poder Ejecutivo norteamericano en los asuntos
internos de otras repúblicas, abriendo una discusión que es en este momento más
perentoria que nunca, en vista de que los presidentes norteamericanos siguen
adjudicándose el derecho a inmiscuirse ilegalmente en cualquier rincón de la
Tierra donde sus intereses podrían peligrar, es decir, matar y espiar en todo
el mundo.
El legado
más crucial, sin embargo, del 11 de septiembre chileno fueron las estrategias
económicas implementadas por Pinochet. Mi país se convirtió, en efecto, en un
laboratorio para un salvaje experimento neoliberal, una tierra donde la
avaricia desmedida, la extrema desnacionalización de los recursos públicos y la
supresión de los derechos de los trabajadores fueron impuestas con virulencia a
un pueblo desamparado. Muchas de estas políticas fueron adoptadas más tarde por
Margaret Thatcher y Ronald Reagan (así como por líderes en el resto del globo),
acarreando una disparidad escandalosa en la distribución del ingreso y la
riqueza y, podría argüirse, creando condiciones para las últimas crisis
financieras que han sacudido al planeta. Por cierto, este modelo chileno de un
libre mercado exorbitante y sin frenos no ha perdido hoy su atractivo. La
drástica y desastrosa privatización del sistema previsional sufrida en Chile es
enaltecida por derechistas de todas las estampas como una “solución” al
“problema” de las pensiones de los jubilados. Y recientemente, The Wall Street
Journal, en un editorial, sugería que “ojalá los egipcios tuvieran la buena
suerte de que sus nuevos generales reinantes resultaran ser como Augusto
Pinochet de Chile”.
Afortunadamente,
Chile no exportó únicamente las peores experiencias surgidas de la asonada
militar. También ha servido como un modelo de cómo un pueblo desarmado puede, a
través de la no violencia y una ardua campaña de desobediencia civil,
conquistar el miedo y liquidar a una dictadura. Los alentadores movimientos de
resistencia y en favor de la democracia que han brotado en todos los
continentes durante estos últimos años prueban que el futuro no tiene que ser
despiadado, que el 11 de septiembre chileno no marcó el final de la búsqueda de
libertad y justicia social por la que murió Claudio Jimeno, que tal vez su
sacrificio no fue enteramente en vano.
Y, sin
embargo, no me puedo consolar. Cuarenta años más tarde todavía recuerdo su
sonrisa de conejo cuando me dijo adiós en La Moneda aquella noche del 10 de
septiembre de 1973.
Al día
siguiente, ese martes desbordante de terror en Santiago, muchas cosas cambiaron
para siempre, cambios políticos y económicos que alteraron a Chile y, se podría
aventurar, también al mundo. Pero cuando contemplamos el pasado, lo que
necesitamos recordar es que finalmente la historia la hacen y padecen seres
humanos reales, hombres y mujeres que quedan penosamente afectados. La historia
consiste de muchos Claudios y muchos Jimenos de nuestra especie, uno más uno
más uno.
Esa es la
historia irreparable, la que nos duele y conduele: no puede Claudio despertar,
como lo hago yo cada mañana, al canto interminable de los pájaros.
Claudio
Jimeno, el amigo que murió en mi lugar cuarenta años atrás, nunca ha de ver a
sus nietos crecer, nunca podrá sonreírse cuando lo llamen Abuelo Conejo.
* Escritor chileno. Su último libro es Entre sueños
y traidores: un striptease del exilio.
El Presidente de Chile, de la Unidad Popular - el socialismo chileno - en una celebre entrevista sobre el rumbo estratégico del Socialismo Democrático en América Latina.
***
COMBATIR EN TODAS PARTES.
*****
Por Oscar R.
González *
Ahora que se conmemoran los 40 años del golpe
pinochetista quizás haya llegado la hora de recordar a un anónimo militante
socialista argentino que fuera una de las víctimas de aquel episodio que truncó
la vida del legendario Salvador Allende y su “vía chilena al socialismo”.
Oscar
Bugallo, más conocido entonces como El Chileno, había llegado a militar con los
jóvenes socialistas que mimeografiábamos Pueblo Rebelde y acompañábamos la
lucha de algunas comisiones internas fabriles. Se había sumado para fortalecer
la organización de ese pequeño destacamento que provenía del antiguo socialismo
argentino con la voluntad de emular al Che y al Compañero Presidente.
De
origen comunista, Oscar rápidamente se mimetizó con la modesta organización –y
con el Frente de los Trabajadores, que patrocinaba– y asumió en ella el rol de
capacitador, no sólo en materia política sino también de cierta autodefensa que
era imprescindible para garantizar la presencia militante en aquella época
difícil.
Tras
un año de compartir la experiencia con aquel grupo que se pretendía afluente de
una futura construcción alternativa revolucionaria para un país sometido a una
recurrente dictadura cívico-militar, Oscar se fue a Chile para integrarse al
Partido Socialista y a la CUT, dejándonos una carta de despedida que concluye
premonitoriamente con una doble consigna: “Por el socialismo, a combatir en
todas partes. A morir bajo cualquier bandera”.
El
golpe del 11 de septiembre lo encontró abocado a organizar la resistencia en
los cordones industriales de Santiago. Tiempo después, su compañera, Margie,
recibió la funesta noticia de su muerte. Tras los reclamos, pudimos conseguir el
envío del cadáver, que recibimos en un tétrico furgón de ferrocarril en la
estación Retiro. Un día después, con banderas rojas y puños en alto, lo
enterramos en el cementerio de la Chacarita.
Pasaron
cuatro décadas intensas en la Argentina, en Chile y en el mundo. Cayeron muros,
hubo amaneceres y crepúsculos políticos. Durante esa larga etapa, no supimos en
detalle cómo había muerto nuestro compañero. Hasta que, hace unos días, su
compañera obtuvo apenas un indicio que fue transformándose en versión y terminó
siendo el testimonio de un socialista chileno que compartió militancia con
Oscar, estuvo con él durante “aquel fatídico 11 de septiembre” y lo dejó tras
una reunión de resistentes, pocos instantes antes de que llegara la partida
militar que lo arrestaría y le daría muerte. Era el 8 de noviembre de 1973; Oscar tenía sólo 24 años.
* Socialistas para la Victoria.
Secretario de Relaciones Parlamentarias del gobierno nacional.
"La revolución no
pasa por la universidad, y esto hay que entenderlo, la revolución pasa por las
grandes masas, la revolución la hacen los pueblos, la revolución la hacen,
esencialmente, los trabajadores".
***
VICTORIA Y DESESTABILIZACION.
*****
Por Atilio
A. Boron *
El 4 de septiembre de 1970, Salvador Allende, el candidato de la Unidad
Popular –coalición formada por los partidos Comunista, Socialista y Radical y
otras tres pequeñas agrupaciones políticas–, obtenía la primera minoría en las
elecciones presidenciales chilenas. Allende representaba la línea más radical
del socialismo chileno y durante la década del 60 había demostrado en los
hechos su profunda solidaridad y amistad con el pueblo y el gobierno cubanos, a
punto tal que cuando se crea la OLAS, la Organización Latinoamericana de Solidaridad,
para defender a la cada vez más acosada Revolución Cubana y ofrecer una
cobertura a la campaña del Che en Bolivia, la presidencia de esta institución
recayó en las manos del por entonces senador chileno. Tres candidatos se
presentaron a las elecciones del 4 de septiembre: aparte de Allende concurría
el candidato de la derecha tradicional, el ex presidente Jorge Alessandri; y el
de la desfalleciente y fracasada Revolución en Libertad, impulsada por la
democracia cristiana, Radomiro Tomic. Al final de la jornada, el recuento
arrojó estos guarismos: Allende (UP), 1.076.616 votos; Alessandri (Partido
Nacional), 1.036.278; y Tomic (DC), 824.849. La legislación electoral de Chile
establecía que si el candidato triunfador no obtenía la mayoría absoluta de los
votos, el Congreso Pleno debía elegir al nuevo presidente entre los dos más
votados. A nadie se le escapaba la enorme significación histórica que asumiría
la consolidación de la victoria de Allende: sería el primer presidente marxista
de la historia, que llegaba al poder en un país de Occidente en el marco de las
instituciones de la democracia burguesa y en representación de una coalición de
izquierda radical. El impacto en la derecha latinoamericana y mundial de la
victoria de Allende fue enorme y tremendas presiones desestabilizadoras se
desataron desde la misma noche de su victoria.
El Congreso
fijó para el día 24 de octubre de 1970 la fecha de la sesión que confirmaría el
triunfo de Allende. Pero un día antes un comando de la derecha hiere
mortalmente, en un atentado terrorista, al general constitucionalista René
Schneider, quien habría de morir pocos días después. Schneider había
manifestado que las fuerzas armadas chilenas debían respetar el veredicto de
las urnas y lo pagó con su vida. La CIA, que venía siguiendo los sucesos de
Chile muy de cerca desde comienzos de los sesenta, fue la que, en colaboración
con un grupo de la extrema derecha chilena, planeó y ejecutó ese luctuoso
operativo. Pese a la conmoción del momento, el Congreso procedió a ratificar el
triunfo de Allende por 153 votos contra 35 para Alessandri.
Vale la pena
recordar estos antecedentes ahora que se acaban de cumplir 43 años de la
magnífica gesta del pueblo chileno y de Salvador Allende. Y recordar también
que, según documentación desclasificada de la CIA, el 15 de septiembre de 1970,
pocos días después de las elecciones, el presidente Richard Nixon convocó a su
despacho a Henry Kissinger, consejero de Seguridad Nacional; a Richard Helms,
director de la CIA, y a William Colby, su director adjunto, y al fiscal general
John Mitchell a una reunión en la Oficina Oval de la Casa Blanca para elaborar
la política a seguir en relación con las malas nuevas procedentes desde Chile.
En sus notas, Colby escribió que “Nixon estaba furioso” porque estaba
convencido de que una presidencia de Allende potenciaría la diseminación de la
revolución comunista pregonada por Fidel Castro no sólo a Chile sino al resto
de América latina. En esa reunión, Nixon propuso impedir que Allende fuese
ratificado por el Congreso a cualquier precio. Estas fueron sus instrucciones:
“Una chance en diez, tal vez, pero salven a Chile. Vale la pena el gasto. No
preocuparse por los riesgos implicados en la operación. No involucrar a la
embajada. Destinar 10 millones de dólares para comenzar, y más si es necesario
hacer un trabajo de tiempo completo. Mandemos los mejores hombres que tengamos.
De inmediato: hagan que la economía grite. Ni una tuerca ni un tornillo para
Chile. En 48 horas quiero un plan de acción”.
El encargado
de monitorear todo el proyecto fue Henry Kissinger y ya sabemos cómo terminaría
esta conspiración tres años más tarde.
Si miramos
el panorama actual de América latina y el Caribe veremos que la actuación de
Washington poco o nada ha cambiado. Que como decía la poesía de Violeta Parra,
“el león es sanguinario en toda generación”. La actuación del imperialismo en
los países de Nuestra América, y especialmente en la vanguardia formada por
Cuba, Venezuela, Bolivia y Ecuador, no difiere hoy lo que la CIA y las otras
agencias del gobierno estadounidense aplicaran con salvajismo en el Chile de
Allende: Schneider asesinado, Carlos Pratts asesinado en Buenos Aires, Orlando
Letelier (ex canciller de Allende) asesinado a cientos de metros de la Casa
Blanca, amén de los miles de detenidos, torturados y desaparecidos después del
golpe militar de 1973. Sería ingenuo pensar que hoy, en la Oficina Oval de la
Casa Blanca, el inverosímil Premio Nobel de la Paz convoque a sus asesores para
elaborar estrategias políticas distintas en relación con las resistencias que
se alzan en contra del imperialismo en Cuba como en Venezuela, en Bolivia como
en Ecuador y, por añadidura, en toda América latina y el Caribe, región
absolutamente prioritaria para preservar la integridad de la retaguardia
imperial. En contra de los discursos colonizadores, racistas y
autodescalificadores que pregonan la irrelevancia de esta parte del mundo, los
trágicos sucesos de Chile ya demostraban hace más de cuarenta años nuestra
crucial relevancia para la dominación global de Estados Unidos. Hoy podemos
afirmar, sin temor a equivocarnos, que por comparación a lo ocurrido en
aquellas aciagas jornadas de 1970, la importancia de Nuestra América es
muchísimo mayor, como lo es la virulencia terrorista del imperio en su empeño
por retrotraer la situación de nuestros países a la existente antes del triunfo
de la Revolución Cubana. De ahí la necesidad de tomar nota de las lecciones que
nos deja el caso chileno y no bajar la guardia ni por un segundo ante tan
perverso e incorregible enemigo, cualesquiera sean sus gestos, retóricas o
personajes que lo representen. Nixon, Reagan, Bush (padre e hijo), Clinton y
Obama son, en el fondo, lo mismo: marionetas que administran un imperio que
vive del saqueo y el pillaje, amparado por un formidable aparato ideológico y
comunicacional y un todavía más tremendo poder de fuego capaz de eliminar toda
forma de vida en el planeta Tierra. Sería imperdonable que nos equivocáramos en la
caracterización de su naturaleza y sus verdaderas intenciones.
* Director del PLED, Centro Cultural de la
Cooperación Floreal Gorini.
Dr. Salvador Allende y Dr. Fidel Castro Ruz. Visita oficial del Comandante de la Revolución Socialista Cubana a su gran amigo y camarada Dr. Salvador Allende Presidente Constitucional de Chile.
***
CUARENTA AÑOS DE EXILIOS Y DESEXILIOS.
*****
Una visión sobre los cambios que marcó en Chile su
dictadura más feroz.
Miguel Rojas es un escritor y académico que se define
como “un latinoamericano nacido en Chile”. Debió exiliarse en 1973. Aquí,
recuerda a su país como Víctor Jara recordaba a Amanda, comenzando con una
historia que “en cinco minutos quedó destrozada”. Sus impresiones.
Por Miguel
Rojas *
Opinión. Miércoles 11 de septiembre del 2013.
El golpe nos
mostró un Chile distinto. Un Chile en el que nunca hubiéramos creído si nos lo
hubieran contado. Teníamos entonces una memoria democrática, aunque la veíamos
amenazada: “Un golpe, sí, posible, pero no así”.
El avión lo
alcancé un tiempo después, pero a tiempo. El 17 de noviembre salía de Chile
rumbo a París, donde viví cerca de veinte años con pasaporte de las Naciones
Unidas que, socarronamente, los exiliados llamábamos “bluyín”, por la tela de
su encuadernación. Entonces volví. “Volver” fue el tango del exilio. Se
equivocó Gardel, me dije cuando pisé la tierra del regreso, veinte años son
muchos. Muchas cosas habían cambiado: el tono de la vida, la ciudad, el
proyecto social... y paro de contar. ¿Cómo fue el antes y cómo y cuándo el
después? El después está claro: comienza el 11 de septiembre de 1973. El antes
es más complicado. Hay un antes, de antes de los mil días de la Unidad Popular
y un antes durante.
Cuando se me
plantea qué ha cambiado en Chile en estos cuarenta años, por cierto no puedo
responder ni con objetividad ni con la experiencia de quien ha vivido desde
entonces en el país y experimentado la historia en su día a día. Mi visión es
subjetiva. Hablo desde impresiones que van del exilio al desexilio. Gran parte
está basada en la memoria, sin olvidar que la memoria es engañosa. En realidad,
memoria es lo que se decide recordar. Recuerdo a Chile como Víctor Jara
recordaba a Amanda, comenzando con una historia que “en cinco minutos quedó
destrozada”.
Así, voy a
hilar recuerdos para compararlos con las impresiones del desexilio. Voy a hacer
un tremendo esfuerzo para ser objetivo, pero que nadie me pida que sea neutral
frente a la dictadura.
A mediados
de la década de los sesenta me trasladé a Alemania, donde permanecí
investigando y recorriendo Europa hasta comienzos del ’69. Volví con un
proyecto cultural que se plasmó en la creación del Instituto de Arte
latinoamericano, desde donde se creó el Museo de la Solidaridad. Probablemente
a causa del paréntesis, visualizo dos imágenes de Chile, la de antes de la
Unidad Popular y la de durante la Unidad Popular. El triunfo de la UP abrió,
desde la izquierda, las puertas a la esperanza. Pero la lucha política se
envenenó a causa de la “campaña del terror” que desencadenó la prensa opositora
y los desbordes de determinados sectores de la izquierda. Vivimos situaciones
que parecían escenificar la lucha de clases. Así lo entendió el propio
Pinochet, que respondió a un periodista: “Aquí, señor, hemos suprimido la lucha
de clases”.
Chile, antes
de estos cuarenta años, era un país en el que había más pobreza, pero menos
desigualdad. Un país en el que, pese a que siempre hubo una férrea estructura
de clases, el cuerpo social no se encontraba escindido. En la Escuela de
Derecho fui compañero de muchos futuros próceres políticos y económicos.
Coincidimos en la Facultad con Ricardo Lagos y Anselmo Sule, figuras del
radicalismo; con Osvaldo Letelier, socialista; Andrés Zaldívar, demócrata
cristiano. Compañeros de graduación fueron Ricardo Claro, entonces muy lejos de
ser un millonario con patrimonio de cuatro mil millones de dólares, y Margarita
Labarca, que representaba la historia del Partido Comunista. Pese a las
diferencias ideológicas, y sin perjuicio de discusiones y peleas en época de
elecciones, todos vivíamos, cuando no en franca amistad, al menos en un
civilizado compañerismo. Eso cambió ya en la época de la Unidad Popular; y, por
cierto, en mucha mayor medida después del golpe, donde se escindió el cuerpo
social y los opositores al régimen fueron perseguidos, asesinados y catalogados
de antichilenos.
Ha cambiado
la gente, se ha transformado la ciudad, pero sobre todo han cambiado los
valores. Hemos transitado de una sociedad republicana con valores humanistas, a
una sociedad de mercado con valores economicistas. Mi memoria urbana guarda la
imagen de dos ciudades, Santiago y Valparaíso. En Santiago constaté el cambio.
Desde un urbanismo de traza colonial, que tenía como centro la plaza, habíamos
pasado a un urbanismo neoliberal que tiene sus centros en los malls. Han
cambiado las calles y la toponimia no trae siempre buenos recuerdos. Hasta hace
poco transitábamos por una avenida que conmemoraba el golpe. Han desaparecidos
los cafés que animaban la vida nocturna. No soportaron el toque de queda. Ya no
está El Bosco, café emblemático para la bohemia intelectual, en el que
inclusive paraban los entierros de los habitués para ofrecerle al muerto su
última copa. ¿Y Valparaíso? Ciudad hecha de escaleras y sueños, un balcón en el
mar, con las chicas de piernas más lindas de Chile, de tanto subir y bajar
graderías. Pancho, como le decían a la ciudad por la Iglesia San Francisco,
faro de los navegantes. Era entonces, sin duda, el puerto con más magia del
Pacífico Sur. Ciudad noctívaga con restaurantes que abrían a la una de la
mañana y un bar mítico, el Roland, con un Libro de Recuerdos firmado por los
más grandes escritores que habían acompañado a Neruda a escanciar la noche.
Valparaíso, una ciudad llena de colores, había perdido el color. Constato con
alegría que ahora parece recuperarlo. Cuando menciono el proyecto social, me
refiero a dos servicios que son las grandes plataformas de la democracia: la
educación y la salud. Sobre la educación ya los estudiantes han hablado. Ha
cambiado catastróficamente. No puedo dejar de pensar que en las condiciones
actuales yo no habría tenido los medios para ir a la universidad. El proyecto
de educación neoliberal ha rentabilizado todo. En Chile ya no hay universidades
públicas, hay universidades estatales, que no son un servicio público;
funcionan con los mismos criterios mercantiles de la educación privada.
El tema de
la salud para mí se revela en una anécdota que me dice todo. A fines de los ’80
recibí una llamada urgente que me comunicaba que mi madre había tenido un
derrame cerebral y que ningún hospital la recibía si no se firmaba un cheque en
blanco. Conseguí un amigo que lo hiciera y partí en el primer avión. Encontré a
mi madre llena de tubos. A su lado escuché a un enfermo que decía a su esposa:
“Has vendido el auto para pagar la clínica, no vayas a vender la casa, porque tú y los
niños van a quedar en la calle y yo me voy a morir de todas maneras”.
* Escritor, historiador, filósofo. Publicado en Le
Monde Diplomatique, edición chilena.
El fascismo criminal llegó a la
Moneda y arrasó con todo. Cientos de víctimas sólo el primer día. Y después,
miles en el Estadio Nacional, las fábricas, las calles, los sindicatos, las
Universidades, los Partidos Políticos, fue el centro del salvajismo fascista. El Dr. Salvador Allende, desde la Moneda, expresó:
"Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no
será en vano, tengo la certeza de que por lo menos será una lección moral que
castigará la felonía, la cobardía y la traición".
***
ALLENDE EL CAMBIO Y LA CODICIA.
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Martín
Granovsky
La reunión fue en Washington. Se realizó cuando el ataque de los Estados
Unidos al gobierno de Salvador Allende estaba por conseguir el jaque mate. Por
los Estados Unidos participaron siete funcionarios del Departamento de Estado,
con su jefe William Rogers al frente. Por Chile otros siete. Encabezaba la
delegación chilena el entonces embajador en Washington, el socialista Orlando Letelier,
que terminaría como ministro de Defensa de Allende y en 1973 sufriría prisión y
tortura antes de que una campaña internacional obtuviese su liberación y le
permitiese viajar al exterior. También participó un joven diputado de la Unidad
Popular, Luis Maira. El encuentro fue áspero y duro. Por si alguno tenía dudas,
al final de dos días de discusiones bilaterales, Rogers y Kissinger mantuvieron
una reunión a solas con Letelier. Como consejero de Seguridad Nacional, el
cargo desde donde Washington articula la política exterior y la de inteligencia
de la presidencia, Kissinger no tenía obligación funcional de encontrarse con
los chilenos. Pero quiso hacerlo.
Rogers se
quejó del trato de Allende a las empresas norteamericanas nacionalizadas. Y
luego de Rogers, Kissinger habló sin vueltas: “América latina es una región de
casi ninguna importancia... Chile no tiene ningún valor estratégico. Nosotros
podemos recibir cobre de Perú, Zambia, Canadá. Ustedes no tienen nada que sea
decisivo. Pero si hacen ese proyecto de camino al socialismo del que habla
Allende, vamos a tener problemas serios en Francia e Italia, donde hay
socialistas y comunistas divididos, que con este ejemplo podrían unirse. Y eso
afecta sustancialmente el interés de Estados Unidos. No vamos a permitir que
tengan éxito. Tengan eso en cuenta”.
Maira, que
fue embajador del gobierno de la Concertación en la Argentina, suele contar el
episodio para ilustrar hasta qué punto la situación chilena era clave para
Washington en el tablero mundial de la Guerra Fría. Y también cuenta Maira que
pocos meses después de esa reunión en Washington, él y otros sobrevivientes del
golpe de Augusto Pinochet terminaron en el exilio. (Refugiado primero en
Caracas y después en los Estados Unidos, Letelier fue asesinado por un comando
pinochetista en Washington el 21 de septiembre de 1976.)
Un día,
cenando en Buenos Aires con Ricardo Lagos y un grupo de argentinos, narró
Maira: “Cuando llegamos a México nos dimos cuenta de que nos había derrocado
una potencia a la que no conocíamos bien por dentro. En 1974 fundamos el Centro
de Investigación y Docencia Económicas, el CIDE. Y nos pusimos a estudiar todo.
Todo. Desde la Constitución de los Estados Unidos hasta su historia. Desde sus
mecanismos de decisión hasta el papel del Congreso. No podíamos seguir
ignorando en detalle una realidad tan decisiva”.
No solo los
exiliados chilenos se hicieron cargo de analizar en profundidad qué había
ocurrido en Chile y por qué. También la izquierda europea buscó entender el
mensaje enviado por Washington sobre todo a Italia, donde el Partido Comunista
había crecido hasta ser el más grande de Occidente y ya representaba a uno de
cada tres votantes.
Enrico
Berlinguer era el secretario general del PCI. En 1980, diez años después del
triunfo de la Unidad Popular y siete años después del golpe, Berlinguer analizó
el papel obligatoriamente bivalente de Allende. Primer papel: el Compañero
Presidente debía ser “el supremo aval de la legalidad vigente”. Segundo papel:
estaba obligado a convertirse en “el líder del movimiento popular para su
profunda renovación”.
Según
Berlinguer, esa contradicción que el propio Allende encarnaba en sí mismo
“podía resolverse en la medida en que la Unidad Popular hubiese logrado
mantener aislado al ‘enemigo principal’, por un lado, y por el otro fundir en
la sociedad la alianza entre las masas inorgánicas, el proletariado y las capas
medias, además de mantener en el Parlamento un entendimiento mínimo entre las
fuerzas que habían elegido a Salvador Allende”. De ese modo, “la realización
del programa habría dado origen al nacimiento de una mayoría social –antes que
electoral–, o sea la formación de un bloque histórico que, en su proceso de
desarrollo, fundaría la nueva legalidad, la nueva democracia chilena”.
Para Berlinguer,
un gran mérito de Allende es que “murió ejerciendo su papel de magistrado
supremo de una legalidad pisoteada por traidores, por fascistas”, y su ejemplo
significó lo contrario de lo que el dirigente italiano llama “grandes
cinismos”.
Y otra
virtud del gobierno de la Unidad Popular que señalaba el secretario del PCI fue
“haber abstraído por primera vez la noción de ‘justo provecho’ del contexto
ético-religioso medieval, precapitalístico, en que nació, para instalarlo como
principio jurídico internacional: con la ley de nacionalización del cobre
chileno, que fija en el 12 por ciento anual los márgenes de provecho reconocido
a las compañías que habían explotado las minas, sustrayendo de la indemnización
debida a raíz de la nacionalización lo que ellas habían percibido más allá de
ese plafond”. Leída desde hoy, parece una crítica a la agresión contra la
humanidad por parte de un sistema financiero hipertrofiado.
El mundo es
otro, pero dos desafíos parecen vigentes a cuarenta años del golpe en Chile y
el suicidio de Allende, el 11 de septiembre de 1973: cómo lograr una gobernabilidad que permita
cambiar las cosas y cómo colocar un límite a la codicia desenfrenada.
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