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“En resumen, lo contrario del
pensamiento crítico implica la falta de análisis, reflexión y apertura a la
evidencia,
lo que puede llevar a conclusiones
poco fundamentadas o sesgadas. “En otros
términos: mucho de lo que genera la actual cultura digital. Un “meme” o un texto de pocas palabras
¿transmiten lo mismo que la lectura profunda de un texto de varias páginas? Un podcast de pocos minutos ¿dirá lo mismo
que todo un capítulo de un libro? No nos opongamos a todas estas nuevas
herramientas, pero sepamos claramente cuáles son los límites. Por supuesto que no es cierto que todo tiempo pasado fue mejor; las generaciones recientes criadas ya en este
ámbito digital, con primado de la imagen
y la inteligencia artificial, no son
más “tontas” que las anteriores,
donde se priorizaba la lectura. Sucede, sin embargo, que esta desaparición de la actitud crítica se
engarza a la perfección con esta
apología del “no piense y mire la pantalla, repitiendo acríticamente lo que ahí le
enseñan”. ¿Será ese el modelo
futuro hacia donde los poderes dominantes (capitalistas) desean llevar a la
humanidad?
“Sin caer en esas falsas dicotomías de “lo anterior = bueno, lo actual = cuestionable”, entendiendo que hay momentos históricos, tendencias, cambios
en las formas sociales, y que ningún
momento es el “mejor” (no
repitamos lo que decía Hesíodo hace dos mil 700 años
atrás), debemos poner especial énfasis en
la denuncia de la perspectiva actual que nos intenta llevar hacia un
conformismo acrítico, útil solamente a la clase dominante, a los detentadores
del poder. Es decir: al gran capital.
El mundo puede -¡y debe!- ser algo más
que esa mezquindad. Si las nuevas
herramientas nos sirven para
propiciar ese cambio, pues usémoslas. Pero queda una pregunta: las transformaciones sociales ¿se podrán hacer a través de una pantalla, o
necesitan de la gente de carne y hueso transpirando en la calle?
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ADIOS AL PENSAMIENTO
CRÍTICO.
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Por Marcelo Colussi. Politólogo. Catedrático e Investigador
Social.
Fuente. Prensa Latina 30 de marzo del 2025.
Firmas Selectas. Artículos de Opinión, Comentarios y Análisis.
“No piense y mire la pantalla, repitiendo acríticamente lo que
ahí le enseñan.”
Síntesis de la actual cultura
mediático-digital
“Hasta ahora los filósofos se han
dedicado a interpretar el mundo de diferentes maneras. De lo que se trata es de
transformarlo.” Carlos Marx
Suele decirse, muy equivocadamente, por
cierto, que todo tiempo pasado fue mejor.
Discurso por excelencia adulto céntrico, que da por supuesto que las nuevas generaciones son torpes, están
equivocadas, lo hacen todo mal, nunca tan bien como lo hizo, y lo sigue
haciendo, la generación que se considera la “correcta”, tomando la palabra-
ya en su madurez- y viendo en las juventudes
una suma de imperfecciones.
Estamos ahí ante una afirmación tan injusta como errónea. Sin
dudas, la experiencia cuenta, y es fuente de sabiduría; así fue durante
milenios, constituyendo la ancianidad el grupo que dirigía las
sociedades, por más conocedora de la vida (los años, por supuesto, dan esa
sabiduría). Eso ha cambiado bastante a
partir del capitalismo, donde la
innovación es su savia constitutiva,
su insaciable sed de cosas nuevas, tal como “exige”
el mercado, siempre ávido de novedades para consumir, muchas veces prescindibles, o incluso dañinas, pero que terminan
convirtiéndose en necesidades
prioritarias. De todos modos, aún con esa tendencia y esa veneración por lo novedoso, persiste siempre
la idea de que todo tiempo pasado fue mejor, lo que lleva, casi sin solución de continuidad, a la
odiosa expresión de que “la juventud
actual está perdida”, pues “en mis
tiempos hacíamos tal cosa, no como ahora que esta juventud…bla bla bla.”
Esa actitud recorre la historia de la humanidad; lo
nuevo, desde una posición
conservadora, suele verse como disruptivo y amenazante, por tanto, objeto a atacar.
Ejemplos de ellos sobran: en el 700 antes
de nuestra era Hesíodo,
considerado por algunos como el primer
filósofo de la Grecia clásica, decía que
“Ya no tengo esperanza en el futuro de nuestro país si la
juventud de hoy toma el control mañana, porque esta juventud es insoportable,
desenfrenada y terrible”.
Pareciera que estamos ante una tendencia
humana: lo nuevo asusta a quienes ya
peinan canas. Por tanto, se lo ataca,
se lo denigra y deshonra.
Esa dinámica está instalada en la dialéctica humana. Lo que sigue
primando, sin dudas como una más de
tantas contradicciones que alimentan
esas relaciones, es el adulto centrismo. “Yo te voy a explicar, muchachito inexperto”, pareciera la consigna
instalada. Lo nuevo se resiste a ser
aceptado.
Ahora bien: ¿es cierto que todo tiempo pasado fue mejor, que la juventud actual está desorientada, “es insoportable, desenfrenada y terrible”? Parece que desde hace unos cuantos milenios se dice lo mismo. Estemos claros en esto: en los tiempos pasado se hacían otras cosas, se hacían de otra manera. Punto. Es en exceso arrogante pensar que lo ido- que hace parte de mi acervo, ahora que ya peino canas- es “mejor” que lo actual que, por novedoso, desconozco. O no puedo terminar de comprender, me rebasa, me atropella.
Hoy día el mundo ha ido tomando formas imposibles de imaginar apenas unas
décadas atrás. Lo digital, el ámbito de la virtualidad asociado a la
dimensión comunicacional, ha llegado
para quedarse con una fuerza
monumental, incontenible. Prácticamente ya no hay rincón del planeta donde todas estas tecnologías no hayan hecho pie imponiendo el ritmo. Toda esta parafernalia
tecnológica ha cambiado radicalmente
las relaciones interhumanas, el modo de vincularnos.
Su omnímoda presencia está en los más
diversos ámbitos del quehacer humano:
en la producción, el estudio, el
entretenimiento, el amor, el deporte, la cotidianeidad toda. La observación de una pantalla pasó a ser una práctica habitual, dominante en muchos
aspectos. La especie humana es inteligente y realiza cosas maravillosas, sin dudas. Haber inventado estos ingenios tecnológicos
que recrean virtualmente la realidad o
permiten conectarnos con cualquier parte del planeta en tiempo real, es fabuloso. Pero eso no quita que, en
muchos aspectos, como especie biológica,
permanezca muy cerca de sus antepasados.
Al igual que sus parientes no tan
lejanos, los insectos voladores, la
fascinación por la imagen deslumbrante son evidente. Las “luces de colores” atrapan, al igual
que el bombillo eléctrico lo hace con un
insecto volador. Lo prueba nuestra
actual civilización basada en la imagen:
televisión, videojuegos, cine, internet,
pantallas de celulares, tables, redes sociales. ¿Qué tiene esta tecnología de lo iconográfico que cautiva tanto? Lo
inmediato y masivo de la imagen. Una
selfie, pretendidamente, captura
nuestras vidas y dice más de nosotros que un razonado discurso. O, al menos, esa es la ilusión.
Esta tendencia tecnológica, que es en realidad una marca civilizatoria,
asienta básicamente en las juventudes.
La gente mayor- digamos que hoy de 40
años para arriba- no se crio con todo este
arsenal, por lo que llega al mismo con mucha desconfianza. De ahí la expresión, muy popular por cierto
en gente que supera esa edad, de “la tecnología me atropella”. Es
imprescindible hacer notar que toda esta nueva
dimensión cultural, histórico-civilizatoria,
va desechando en forma creciente la
lectura, reemplazándola por el culto
a la imagen. En ese orden de ideas,
cabe una crítica que debe entenderse exactamente
contextualizada: aquellos que se sienten “atropellados” por todas
estas tecnologías, que crecen a
velocidades vertiginosas, ponen el grito en el cielo por la lenta y gradual
declinación de la lectura.
De la mano de este declive asistimos al del pensamiento crítico.
Aquí hay algo más, mucho más, que una simple protesta de viejo nostálgico que
repite aquella cantinela de “todo
tiempo pasado fue mejor”. Se constata un momento civilizatorio muy especial: el sistema capitalista ha ido encontrando antídotos cada vez más poderosos ¡y efectivos! contra cualquier atisbo
de crítica social, de fermento contestatario.
Los ideales socialistas que cruzaron buena parte del siglo XX, fueron
siendo aplastados, sacados de
circulación, denigrados. A ello
contribuyó- y continúa contribuyendo en forma exponencial- esta explosión
de tecnologías digitales. La inteligencia artificial hace un generoso aporte en ese aplastamiento. Si
de algo se trata, es de borrar, de una
vez y para siempre, el pensamiento
crítico. Ello se ve, básicamente, en
el ámbito de lo sociopolítico.
¿Qué es, entonces, ese
“pensamiento crítico”? Es una forma de pensar
que va más allá de las apariencias, que busca causas profundas y siempre con un talante cuestionador,
para llegar a conclusiones que, en el ámbito social y humanístico, pueden ser
demoledoras. Desarrollar una “crítica
implacable de todo lo existente”, pedía Marx. Ese podría ser su núcleo
central, pidiendo a la filosofía no solo interpretar el mundo sino, básicamente,
transformarlo. Su opuesto sería un pensamiento que,
definido por inteligencia artificial (atrevámonos a usarla, no seamos
retrógrados) presenta las siguientes
notas distintivas:
“1. Sensacionalismo: Aceptar información sin
cuestionarla, especialmente si es emocionalmente
impactante o coincide con creencias preexistentes.
2. Dogmatismo: Adherirse rígidamente a creencias
o ideologías sin considerar evidencia
contraria o perspectivas alternativas.
3. Pensamiento superficial: Basarse en impresiones
iniciales o información incompleta sin
profundizar en el análisis.
4. Sesgo cognitivo: Dejarse influir por prejuicios
personales, emociones o intereses, en
lugar de buscar objetividad.
5. Conformismo: Aceptar ideas o decisiones
simplemente porque son populares o están respaldadas
por figuras de autoridad, sin reflexión crítica.
6. Pensamiento emocional: Tomar decisiones basadas principalmente
en emociones, sin considerar la lógica o
la evidencia.
En resumen, lo contrario del pensamiento crítico implica la falta de análisis, reflexión y apertura a la evidencia,
lo que puede llevar a conclusiones
poco fundamentadas o sesgadas.
“En otros términos: mucho de lo que genera la actual cultura
digital. Un “meme” o un texto de
pocas palabras ¿transmiten lo mismo que la lectura profunda de un texto de
varias páginas? Un podcast de pocos
minutos ¿dirá lo mismo que todo un capítulo de un libro? No nos opongamos a
todas estas nuevas herramientas, pero sepamos claramente cuáles son los
límites.
Por supuesto que no es cierto que todo tiempo pasado fue mejor; las generaciones recientes criadas ya en este
ámbito digital, con primado de la imagen
y la inteligencia artificial, no son
más “tontas” que las anteriores,
donde se priorizaba la lectura. Sucede, sin embargo, que esta desaparición de la actitud crítica se
engarza a la perfección con esta
apología del “no piense y mire la pantalla, repitiendo acríticamente lo que ahí le
enseñan”. ¿Será ese el modelo
futuro hacia donde los poderes dominantes (capitalistas) desean llevar a la
humanidad?
Sin caer en esas falsas dicotomías de “lo anterior = bueno, lo actual = cuestionable”, entendiendo que hay momentos históricos, tendencias, cambios
en las formas sociales, y que ningún
momento es el “mejor” (no
repitamos lo que decía Hesíodo hace dos mil 700 años
atrás), debemos poner especial énfasis en
la denuncia de la perspectiva actual que nos intenta llevar hacia un
conformismo acrítico, útil solamente a la clase dominante, a los detentadores
del poder. Es decir: al gran capital.
El mundo puede -¡y debe!- ser algo más
que esa mezquindad.
Si las nuevas herramientas nos sirven para propiciar ese cambio, pues usémoslas. Pero queda una
pregunta: las transformaciones
sociales ¿se podrán hacer a través de una
pantalla, o necesitan de la gente de carne y hueso transpirando en la calle?
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