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“Estados
Unidos se enfrenta
ahora a un punto de inflexión similar. Con Musk y Trump al mando, el Estado
se está convirtiendo en un juguete para
una pequeña parte de la élite. Si la historia sirve de guía, esta no es una
receta para profundizar en el capitalismo
estadounidense sino una fórmula para su desmantelamiento. Las teorías marxistas del Estado son atractivas precisamente porque son lo
suficientemente ambiciosas como para ofrecer predicciones. En mi opinión, una versión de la teoría puede dar cabida a una inmensa democratización y
reforma socialista. Pero un
pronóstico directo que los teóricos marxistas del Estado le ofrecerían a
los Estados Unidos de Trump es que
es una fantasía creer que un Estado estrecho de clientelismo puede garantizar
indefinidamente los amplios requisitos del capitalismo contemporáneo. La teoría sugiere que la disfunción —y
el eventual fracaso del DOGE y
proyectos similares— es el resultado más probable.
“Como señaló recientemente el historiador Adam Tooze, Musk
está lejos de ser el primero en destinar
sumas colosales a causas políticas. La diferencia es que, históricamente, el retorno de esas
inversiones políticas era más difuso. Al menos en la historia de EE. UU., ningún capitalista había tenido hasta ahora la inteligencia orgánica para
simplemente instalarse como copresidente. Tal vez las élites anteriores hayan tenido razones para dudarlo. Sospecho que este proyecto acabará desmoronándose: el retroceso democrático, junto con una contundente respuesta económica, impedirá un destino similar al
de la Argentina de los años treinta. Pero incluso si el estado capitalista acaba por volver a alinearse
con los requisitos funcionales de la
economía, nada impide la existencia
de un período prolongado e idiota de disfunción mientras se gestione el Estado a instancias de una pequeña comunidad de empresarios.
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UNA TEORÍA MARXISTA PARA ELON MUSK.
*****
Elon
Musk está destrozando al gobierno de los Estados Unidos. Si leyera algo de
teoría marxista del Estado, al menos entendería cómo funciona
Por.
David Calnitsky, Jacobin.
Fuente.
Jaque al neoliberalismo. jueves, 27 de marzo de 2025
Elon
Musk y Donald Trump están
intentando transformar la arquitectura del gobierno federal. Bajo su influencia,
el Estado estadounidense no es
simplemente un vehículo para una amplia gobernanza capitalista sino una
herramienta para el enriquecimiento personal de las élites empresariales
individuales.
Muchos de los recortes que hasta ahora le
aplicó el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE, por sus siglas en inglés) al gasto público siguen siendo más
performativos que transformadores, pero la intención es clara: destruir el aparato regulador, saquear los
recursos públicos y erosionar una de las funciones básicas del Estado:
proporcionar las condiciones para que el capitalismo se reproduzca. Un cambio
verdaderamente transformador, como un recorte importante de Medicaid en el Congreso, marcaría un
giro decisivo en esta trayectoria. Esto no es simplemente un ataque al estado
administrativo; también es un intento de
sustituir un sistema orientado al funcionamiento del capitalismo en su conjunto
por otro que privilegia a capitalistas específicos.
Se pueden
extraer lecciones de la teoría marxista,
que, con su largo e inquebrantable historial de tener razón en este tipo de
cuestiones, rara vez dejó pasar la oportunidad de enfatizar la diferencia entre
el sistema capitalista en su conjunto y los agentes que actúan dentro de él.
El capitalismo,
a pesar de su habitual salvajismo,
requiere de un marco básico para funcionar: cierto grado de competencia,
costosas inversiones públicas en educación y capital físico, la contención de
externalidades, un sistema financiero semirregulado y el control de las
prácticas comerciales más depredadoras. El Estado
desempeñó tradicionalmente un papel crucial en el mantenimiento de estas
condiciones, no por benevolencia sino por necesidad.
Las teorías marxistas
del Estado reconocieron
desde hace mucho tiempo que, para que el capitalismo se mantenga, el Estado debe actuar en nombre del
capitalismo como sistema, y no simplemente a petición de los
capitalistas individuales. Cuando el Estado
abandona su función de supervisar la
viabilidad a largo plazo del capitalismo y, en su lugar, atiende de forma
limitada a empresas (o individuos) específicos, los resultados pueden ser
ruinosos.
La
teoría marxista del Estado,
en su registro más opaco, denominó a esto como «autonomía relativa». Los marxistas tienen una cierta
debilidad por lo que el teórico político
griego Nicos Poulantzas llamó conceptos grandiosos y aterradores, pero la
idea tiene su fuerza. Si un Estado no logra forjarse ni siquiera una modesta
independencia de sus propios capitalistas de miras estrechas, descuida las
condiciones mismas que el capitalismo necesita para perdurar.
Cuando
los capitalistas
gobiernan directamente, tienden a ser miopes, orientando al Estado a la ejecución de sus propios
intereses estrechos e inmediatos. Los
gobiernos que son directamente comandados por capitalistas tienden a vaciar las
condiciones de acumulación. Con el tiempo, estos gobiernos se encuentran con una inmensa retroalimentación
negativa y pueden ser eliminados de la historia. Para sobrevivir, el Estado requiere de cierta autonomía
relativa respecto de los capitalistas.
En el Manifiesto Comunista, Karl Marx describió al Estado capitalista como «un
comité para gestionar los asuntos comunes de toda la burguesía». Pero, ¿por qué «toda la burguesía» y no un
sector reducido? La respuesta está en la durabilidad institucional. Cuando
los gobiernos se convierten en herramientas para las ambiciones parroquiales de
un puñado de excéntricos, se tambalean. Privados de su relativa autonomía, esos
gobiernos toman malas decisiones y tienden a enfrentarse a presiones de
selección. Cuando eliminan necesidades
más generales de regulación, inversión y gasto, incurren en fuertes costos
políticos y económicos, lo que a menudo convierte a sus Estados en regímenes estancados y políticamente frágiles. Esto
puede obligarlos a adaptarse bajo presión. Sin embargo, si no corrigen el
rumbo, corren el riesgo de ser reemplazados por rivales políticos. Incluso si
perseveran, pueden ser marginados y, finalmente, superados por estados más
estables y productivos en el escenario global. Tarde o temprano —muchas veces tarde—, la vida política y económica
vuelven a realinearse en líneas generales.
Un
poco de historia
resumida aclara lo que está en juego. A principios del siglo XX, Argentina y Canadá eran economías de
productividad relativamente alta con dotaciones de recursos similares. En aquel momento, no estaba nada claro qué
nación se desarrollaría más rápidamente. Como muestran las estadísticas del
PIB que figuran a continuación, en
el primer tercio del siglo, Argentina
parecía estar igual de preparada para convertirse en una potencia industrial a
finales de siglo. Pero sus trayectorias políticas divergieron bruscamente.
En Canadá,
el Estado mantuvo cierta autonomía relativa respecto al capital, lo que le
permitió proporcionar la estructura básica de inversión, regulación y gasto
estatales, condiciones esenciales para una expansión capitalista sostenida. Argentina, por el contrario, vio cómo
su Estado era capturado por completo
por facciones capitalistas específicas, que lo saqueaban en busca de ventajas a
corto plazo, sin preocuparse por la estabilidad
del sistema a largo plazo. Sus instituciones políticas se convirtieron en
instrumentos de clientelismo, lo que frenó cualquier perspectiva de
acumulación dinámica.
Esta lógica
encontró su expresión más clara en el Tratado Roca-Runciman, un acuerdo entre Argentina y Gran Bretaña que favoreció
en gran medida los intereses comerciales británicos (especialmente en la
industria cárnica) y a los agroexportadores argentinos (especialmente a los
grandes ganaderos). La economía argentina siguió encadenada a las exportaciones de materias primas, lo que
benefició a algunos de los grandes terratenientes, pero ahogó la
industrialización. Este es solo un ejemplo, pero cuanto mayor era la
influencia directa de élites económicas específicas, más débil se volvía la
autonomía del Estado. Y los
resultados fueron evidentes: Argentina se sumió en una disfunción económica,
atrapada en un modelo político frágil, mientras que Canadá avanzaba con dificultad, creciendo a un ritmo constante.
El punto de
ruptura para Argentina llegó en 1930
con su primer golpe militar. Esto marcó
el fin del gobierno democrático y sentó un precedente para la intervención
militar que se repetiría a lo largo del siglo XX. Antes de 1930, la democracia en Argentina y Canadá, según los datos de Varieties of democracy que
se muestran a continuación, era más o menos comparable. Pero después del golpe,
las instituciones democráticas de Argentina
se derrumbaron. No se recuperaron hasta el final de la última dictadura
militar, a principios de la década de 1980.
Los datos económicos mostrados anteriormente cuentan una historia paralela: el PIB per cápita en los dos países había evolucionado casi al unísono hasta esta divergencia. Si bien el PIB es un indicador imperfecto del nivel de vida, sigue siendo una medida instructiva, y aquí su lección es clara: la trayectoria económica de Argentina flaqueó al igual que sus instituciones políticas, mientras que la de Canadá siguió al alza. El mecanismo de selección de la teoría marxista del Estado encuentra apoyo empírico en esta historia: los Estados cuyas superestructuras políticas descuidan las necesidades del capitalismo tienden a flaquear. En la jerga marxista, cuando la superestructura dejó de reforzar a la base, la base se derrumbó. Desde esta perspectiva, los sucesivos golpes de Estado de Argentina pueden interpretarse como un proceso de ensayo y error que solo se estabilizó cuando la gobernanza de la élite superó el dominio exclusivo de una sola facción económica.
Esta
divergencia en las
trayectorias nacionales no fue accidental. Refleja un mecanismo de selección
que a menudo se pasa por alto en la teoría
marxista del Estado: un Estado
que no logra asegurar las condiciones para la acumulación capitalista corre el
riesgo de desmoronar al propio sistema. El
saqueo a corto plazo puede enriquecer a algún sector de la élite, pero sabotea
la reproducción más amplia del capitalismo. Aunque la larga historia del
capitalismo sugiere que las superestructuras políticas tienden a adaptarse a
las bases económicas, no hay garantía de que sean funcionales en un momento
dado. Como ocurre con cualquier mecanismo
de selección, algunos organismos prosperan, otros se marchitan y son
desechados.
Estados
Unidos se enfrenta ahora a un punto de inflexión similar. Con Musk y Trump al mando, el Estado se está convirtiendo en un juguete para una pequeña parte de la élite. Si
la historia sirve de guía, esta no es una receta para profundizar en el capitalismo estadounidense sino una fórmula
para su desmantelamiento. Las teorías
marxistas del Estado son atractivas
precisamente porque son lo suficientemente ambiciosas como para ofrecer
predicciones. En mi opinión, una
versión de la teoría puede dar cabida a
una inmensa democratización y reforma socialista. Pero un pronóstico directo que los teóricos marxistas del Estado le
ofrecerían a los Estados Unidos de Trump
es que es una fantasía creer que un Estado estrecho de clientelismo puede
garantizar indefinidamente los amplios requisitos del capitalismo
contemporáneo. La teoría sugiere que la
disfunción —y el eventual fracaso del DOGE
y proyectos similares— es el resultado más probable.
Como señaló recientemente el historiador Adam Tooze, Musk está lejos de ser el primero en
destinar sumas colosales a causas políticas. La diferencia es que, históricamente, el retorno de esas
inversiones políticas era más difuso. Al menos en la historia de EE. UU., ningún capitalista había tenido hasta ahora la inteligencia orgánica para
simplemente instalarse como copresidente. Tal vez las élites anteriores
hayan tenido razones para dudarlo.
Sospecho que este proyecto
acabará desmoronándose: el retroceso
democrático, junto con una
contundente respuesta económica, impedirá un destino similar al de la Argentina de los años treinta. Pero incluso si el estado capitalista acaba por volver a alinearse con los requisitos funcionales de la economía,
nada impide la existencia de un período
prolongado e idiota de disfunción mientras se gestione el Estado a instancias de una pequeña comunidad de empresarios.
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