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“En
cuanto a la unidad de América Latina y el Caribe desde los mismos pueblos, es
perentoria la necesidad de hacer comprender a nuestros movimientos y dirigencias la proyección regional y acaso mundial
de nuestra acción, aunque comience desarrollándose en espacios acotados. El poder reside en el efecto demostración
que se pueda generar, vinculado a la
posibilidad de que, aun sin el control de los canales de comunicación, esto
despierte una oleada en cadena que el sistema no pueda contener. Así ha ocurrido siempre con las distintas transformaciones revolucionarias,
actos lanzados y abrazados colectivamente
que suponen mejoras significativas en las vidas de los pueblos, pero que en
ocasiones quedan inconclusos o se desvían
a la espera de su realización histórica posterior.
“La
historia se construye de a peldaños y los objetivos de cada generación se alcanzan
siempre parcialmente o de manera imperfecta, lo que en nada desmerece los avances logrados. En vista de ello, además de agradecer los mejores esfuerzos de nuestros
predecesores en todos los campos del
quehacer humano, es coherente retomar y reavivar con fuego nuevo aquellas buenas intenciones que quedaron latentes, aguardando una renovada
oportunidad. Muchos luchadores
se desaniman hoy al observar el
avance de fuerzas retrógradas y el apoyo popular que reciben, en un reflujo
decadente momentáneo. Es preciso
comprender entonces que, al igual que en otros momentos, el fascismo hoy contingente es solo la
resultante del fracaso capitalista por
garantizar mejores condiciones de vida para
todos los seres humanos. Es un indicador
de final y no de venturosos principios, es el momento culmine de la reacción ante los avances anteriores, la que más adelante será reemplazada en su debilitamiento por nuevos vientos emancipadores.
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INTEGRACIÓN
REGIONAL Y DEMOCRATIZACIÓN DE LA COMUNICACIÓN.
¿Sueños anticuados o aún vigentes?
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Por Javier Tolcachier | 20/03/2025 | América Latina y Caribe, Mentiras y medios
Fuentes
Revista Rebelión jueves 20 de marzo del 2025.
Fuentes: Rebelión
La
vertiginosa aceleración de estos tiempos, el reemplazo diario del foco de
atención por coyunturas cambiantes hace que frecuentemente los objetivos
estratégicos se pierdan de vista. En esta inmediatez radical, los proyectos de
cambio profundo pueden dar la impresión de quedar obsoletos, siendo abandonados
o menospreciados.
Tal
es el caso de ideales visionarios como el que llevaron a la construcción de lazos de unidad de los pueblos latinoamericanos y caribeños en pos
de la integración regional. Lo mismo vale para el clamor de multiplicar las
voces, reclamando la democratización de la comunicación, en un contexto de
relatos de la realidad cada vez más manipulados y monocordes.
Sin embargo, para que estas aspiraciones no se transformen en lemas vacíos, es preciso de tanto en tanto apearse de las propias certezas y revisar, sin prejuicios ni premura, la validez de premisas que antaño concitaron una total y profunda adhesión. Al mismo tiempo, será oportuno revisar los procedimientos necesarios para su realización, en el caso de reafirmar la continuidad de su vigencia.
Mirando un poco hacia atrás
La
dictadura del mercado, el
“sálvese quien pueda”, la globalización corporativa propagadas
desde Londres y Washington
desde mediados de los años 80’ del siglo XX, calaron con fuerza en las
políticas de América Latina y el Caribe,
haciendo trizas los esfuerzos de justicia social y demonizando lo público como
supuesta fuente de corrupción e ineficacia. La
idea era simple: había que privatizar todo, achicar y desfinanciar el Estado, dejando a las grandes
mayorías indefensas ante la codicia empresarial.
En
todo ello, los medios de comunicación masivos, concentrados
mayormente en unos pocos conglomerados,
fueron funcionales y sumamente eficaces para instalar ese sentido común, impidiendo
en la práctica que cualquier relato distinto pudiera florecer y generar
alternativas. No por nada el lema publicitario de la entonces primera ministra
de Inglaterra, ideología difundida por
los medios masivos como verdad
revelada fue “No hay alternativa”.
Sin
embargo, la reacción de los pueblos fue poderosa. La
primera década del siglo XXI despertó con fuerza sueños que parecían
aniquilados por ese neoliberalismo impuesto, una vez más, por el impulso
neocolonial del Norte Global.
Tiempo
antes, desde los corazones sobrevivientes del terror patrocinado por el mismo poder económico, había surgido también una
resistencia comunicacional, una guerrilla de voces silenciadas cuya única arma era la palabra, que fue creciendo acompañando al clamor
popular.
A
la barbarie del capital
y la pretendida enajenación de la riqueza humana y económica de América Latina y el Caribe por el
entonces hegemón, al intento de su anexión geopolítica, los movimientos
organizados respondieron con un rotundo ¡No
al ALCA! Un grito emancipador en el
que las redes de comunicación popular tuvieron mucho que ver.
Corría
el año 2005. La Revolución bolivariana había triunfado y superado un golpe
de Estado y se avecinaban sendas victorias populares en varios países de la
región. Urgidos los nuevos gobiernos
por la inmediatez de las imperiosas necesidades del pueblo de salir de la
miseria, de recobrar derechos como la atención sanitaria, la educación, la
vivienda e ingresos dignos – por solo mencionar algunos -, no consiguieron
efectuar con la radicalidad necesaria la desconcentración del monopolio mediático
imperante. Y no fueron pocos los subterfugios
que utilizaron los medios hegemónicos para impedirlo, lo que demostró la
importancia de democratizar la comunicación como herramienta de transformación
ineludible.
De ese modo, las usinas narrativas
del capital, continuaron minando en la opinión pública
la credibilidad y justicia de los intentos transformadores.
Otro
tanto ocurrió con los proyectos de colaboración y articulación regional que esos mismos gobiernos generaron para lograr
al menos un relacionamiento conjunto soberano en un mundo asimétrico. Por otra parte, las prácticas formales y
burocráticas hicieron que la integración
regional se alejara cada vez más del sentir y las necesidades del pueblo, al cual se le asignó una participación
periférica, cuando no inexistente.
Así,
ese impulso integrador y democratizador de soberanía popular participativa se
fue desvaneciendo, quedando reducido a consignas o a lo sumo, a prácticas
minoritarias.
El
tiempo pasó y
asomaron en el escenario político nuevas generaciones, que acunadas entre
seductoras promesas de consumo y libertad individual e históricamente cada vez más distanciadas de las vivencias de sus predecesores, comenzaron a desconocer la lucha
histórica por derechos, volcándose muchos de ellos a adherir a la ilusión retrógrada y ficticia de las derechas.
Esta
transformación del
mapa generacional se combinó con rasantes
modificaciones tecnológicas, en las cuales
el capital, una vez más, llevó la delantera, cambiando no solamente las
modalidades productivas y de consumo,
sino también las relaciones y formas de comunicación.
Internet, una idea surgida al calor de proyectos militares, pero también del intercambio de conocimiento universitario –
aspectos de íntima ligazón en las mentes
belicosas del Norte –, coincidente además con la expansión globalista, terminó de instalarse en casi todas las actividades humanas como un elemento
esencial. Esta tecnología asombrosa,
que logró conectar a grandes segmentos
poblacionales, prometió inicialmente
la posibilidad de expresión universal
e irrestricta, pero terminó, un par de décadas después, sucumbiendo a la misma dictadura monopólica de sus
antecesores analógicos.
La situación actual
Nos
encontramos ante un panorama de fragmentación social, en el que el poder
corporativo se aprovecha de la primacía del individuo por sobre la noción de
conjunto.
En
América Latina y el Caribe,
sin embargo, con una importante población cuyos rasgos culturales aún conservan fuertes elementos subjetivos colectivos, esto produce tensiones que afloran abriendo grietas en
esa malla desintegradora del individualismo.
Desintegración que, sin embargo, desde la misma vida cotidiana hasta las
esferas institucionales de los Estados y sus relaciones, conspira a su vez contra proyectos de integración y asociación orgánica, permanente y
creciente.
¿Es ingenuo entonces
pensar en estas circunstancias en la reapropiación de la comunicación por parte
del pueblo y sus organizaciones? ¿Es creíble y alcanzable la
utopía de una progresiva unidad latinoamericana y caribeña desde su base
social? Aún más, ¿son objetivos
necesarios, deseables y todavía vigentes, o apenas sueños nostálgicos de
una generación encanecida y un mundo que ya no existe?
Comunicación y unidad regional
popular como objetivos revolucionarios
La esencia del capitalismo como sistema cosificador y depredador no se ha modificado, sino que ha solo adaptado, como en otras oportunidades, su modo de explotación. Las mayorías continúan sometidas a condiciones de vida deplorables, siendo controlados por minorías insensibles que, a través de la manipulación comunicacional, pregonan la competencia y acentúan la desigualdad.
No
es posible transformar el sistema sin democratizar la comunicación
y es más que probable que no sea posible democratizarla dentro del mismo
sistema. La revolución del modo de
pensar y de vivir es el aspecto clave. Pero
¿cómo contribuir a forjar y alimentar la revolución de la conciencia sin la
posibilidad cierta y efectiva de comunicarla? Ese desafío continúa teniendo
plena vigencia, o quizás aún más, habida cuenta de la desinformación y
los elaborados sistemas digitales de control social instalados en nuestros propios dispositivos. De esta manera, la revolución social
adquiere hoy también visos de rebelión tecnológica.
En
cuanto a la unidad de América Latina y el Caribe desde los mismos pueblos, es perentoria la necesidad de
hacer comprender a nuestros
movimientos y dirigencias la proyección regional y acaso mundial de nuestra
acción, aunque comience desarrollándose en espacios acotados. El poder reside en el efecto demostración
que se pueda generar, vinculado a la
posibilidad de que, aun sin el control de los canales de comunicación, esto
despierte una oleada en cadena que el sistema no pueda contener.
Así
ha ocurrido
siempre con las distintas
transformaciones revolucionarias, actos lanzados
y abrazados colectivamente que suponen mejoras significativas en las vidas de
los pueblos, pero que en ocasiones
quedan inconclusos o se desvían a la espera de su realización histórica
posterior.
La
historia se construye de a peldaños y los objetivos de
cada generación se alcanzan siempre parcialmente o de manera imperfecta, lo
que en nada desmerece los avances
logrados. En vista de ello, además de agradecer
los mejores esfuerzos de nuestros predecesores en todos los campos del quehacer humano, es
coherente retomar y reavivar con fuego nuevo
aquellas buenas intenciones que quedaron
latentes, aguardando una renovada oportunidad.
Muchos
luchadores se desaniman
hoy al observar el avance de fuerzas
retrógradas y el apoyo popular que reciben, en un reflujo decadente
momentáneo. Es preciso comprender
entonces que, al igual que en otros momentos, el fascismo hoy contingente es solo la resultante del fracaso capitalista por garantizar mejores
condiciones de vida para todos los
seres humanos. Es un indicador de
final y no de venturosos principios, es el momento culmine de la reacción ante los avances anteriores, la que más adelante será reemplazada en su
debilitamiento por nuevos vientos emancipadores.
Vientos
en los que a la resistencia
y la denuncia de la monstruosidad
habremos de sumar la formulación de poderosas utopías que, una vez más,
enamoren y movilicen a los grandes conjuntos sociales.
En
el corto plazo, es
previsible que continúen los vaivenes
políticos al interior de cada país, pero algo está claro, el derecho a comunicar y la unidad de los
pueblos de América Latina y el Caribe no solo son objetivos revolucionarios vigentes, sino que también son la vía y
un indicador fehaciente de que una nueva
etapa se habrá abierto en la vida de nuestros pueblos.
Con
la mira en esos objetivos, nuestra tarea en este momento histórico es dilucidar
cómo realizarlos.
(*) Javier Tolcachier es investigador en el Centro Mundial de Estudios
Humanistas, organismo del Movimiento Humanista y comunicador en agencia
internacional de noticias Pressenza.
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