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Al concierto de la
mediocre derecha francesa –pocas veces ha sido tan pobre en ideas y líderes– se
le sumó la respuesta del propio campo de Merkel,
quien impugnó abiertamente a Francia y abrió con ello un frente antagónico que
rompió el sano consenso de las relaciones. Hasta
ahora, el presidente socialista François Hollande se había limitado a
evocar la “tensión amistosa” que existía entre París y Berlín. El Partido
Socialista rompió el consenso público que imperaba en el seno de la
socialdemocracia europea y los lobos liberales no tardaron en aullar sus
letanías. El Ejecutivo alemán suavizó la
controversia y habló del excelente “trabajo
mutuo” de Merkel y Hollande. El
portavoz de Merkel, Steffen Seibert, dijo que sólo importaba el trabajo “de los gobiernos, no el de los partidos”.
La formación de la canciller, CDU, en cambio, fue mucho más lejos. El diputado
Andreas Schockenhof
habló de “expresiones improcedentes” y dijo que “el de izquierda no puede
desviar la atención del hecho de que
Francia necesita reformas estructurales profundas”.
La socialdemocracia
francesa había prometido un mundo mejor, un país apaciguado, una gestión más
humana, una dimensión profundamente
social de la acción política. El liberalismo parlamentario tiene los dientes
muy sólidos como para vencerlo sólo con palabras. La frase con la que, en enero
de 2012, Hollande lanzó su campaña suena
hoy como una canción de la infancia que se entona para no olvidar que, alguna
vez, la realidad pudo ser mejor: “mi enemigo no tiene nombre, no tiene rostro
ni partido, nunca presentará su candidatura y jamás será electo: sin embargo,
ese enemigo gobierna. Ese adversario es el mundo de las finanzas”. Y
ese adversario sigue gobernando con un eje director que viene de Europa y de
cuya disciplina los socialistas nunca se apartaron. Los votantes de la
izquierda ven al socialismo gobernante como un equipo sin las agallas
suficientes como para confrontarse con los imperios de las finanzas, los mercados sin regulación, la
especulación financiera y los gobiernos de derecha liberal que pululan en
Europa.
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El desempleo record y una serie de escándalos marcaron al gobierno de
Hollande. Miles de sindicalistas franceses, el 1 de Mayo, Día del Trabajador, salen a las calles a protestar contra el masivo e incontrolable desempleo. El fracaso de socialismo socialdemócrata es evidente hoy.
***
FRANCIA: El año “terrible” de Hollande.
Las realidades barrieron los sueños nacidos en
la campaña.
*****
Quienes lo votaron en 2012 con
la esperanza de un cambio real no saben si los han engañado, anestesiado o si
todo esto es culpa de una crisis mal analizada desde la oposición. Cayó a
niveles de impopularidad tan rápidos como profundos.
Eduardo
Febbro
Desde París Página /12
jueves 2 de mayo del 2013.
La
primera plana de una de las últimas ediciones del vespertino Le Monde abrevia
en su dimensión más desdichada el escenario que se instaló en el país justo un
año después de que el socialista François Hollande llegara a la presidencia de
Francia: “Hollande, el año terrible”, escribe el diario y con ello resume la
mezcla de decepción, tibieza, crisis, mal humor, sensación de indecisión,
retrocesos y promesas incumplidas que acompañaron este primer tramo de la
presidencia. Aunque en proporciones aún mayores, François Hollande ha tenido el
mismo destino que su predecesor, el conservador Nicolas Sarkozy: en el año inaugural
del mandato, Sarkozy cayó a niveles de impopularidad tan rápidos como
profundos: Sarkozy pasó del 64 por ciento al 40 por ciento. François Hollande
lo superó: el presidente socialista llegó al poder con una popularidad del 53
por ciento para caer ahora al 27 por ciento. Quienes votaron por él en 2012 con
la esperanza de un cambio real no saben si los han engañado, anestesiado o si
todo esto no es culpa de una crisis mal analizada desde la oposición. Las
realidades internacionales, las nacionales y hasta las personales barrieron con
todos los sueños que nacieron con la campaña electoral de 2011 y 2012. El
desempleo llegó en mayo a sus niveles mal altos desde 1997 y, encima, el
socialismo tuvo que gestionar uno de esos escándalos que el imaginario popular
y un buen trabajo de comunicación de los socialdemócratas le atribuye
únicamente a la derecha: el caso de un ministro que, entre otras cosas, tenía a
su cargo la lucha contra el fraude fiscal y de quien se terminó descubriendo
que poseía una cuenta de banco en Suiza donde evadía dinero del fisco. El
mencionado ministro, Jérôme Cahuzac, fue a la vez el árbitro y el tramposo.
A
su manera contradictoria, Sarkozy y Hollande atravesaron el mismo infierno:
Sarkozy pagó el tributo de una presidencia “anormal” atravesada por los
excesos, la velocidad, la hiper presencia, el ego desmesurado y una forma de
manejar el poder donde él aparecía en lugar de todos los ministros. François
Hollande le ganó a Sarkozy con el argumento contrario: se propuso ser un
presidente “normal” y plasmar una presidencia “normal”. El argumento fue útil
como narrativa de campaña, pero una vez en el poder esa normalidad se volvió
contra él. Al principio del mandato Hollande todavía se paseaba por la calle, a
pie, saludando a la gente. Pero desnudarse del protocolo de un jefe de Estado
fue un error. Se acentuó más la imagen de un hombre sin ascendencia, indeciso,
incapaz de asumir la función con todo el aparato que se requiere. La estrategia
duró un trimestre y ese cambio también lo perjudicó. Las realidades mucho más
concretas se sumaron al desencanto: el no cumplimiento o el cumplimiento
parcial, maquillado, de sus 60 promesas de campaña, el desempleo que crece y la
imposibilidad, hasta ahora, de reorientar la política europea hacia un rumbo donde
no sean las políticas de rigor, los ajustes y el control de los déficits lo que
dibuje el presente y el futuro de millones de personas y ponga una camisa de
fuerza al crecimiento. François Hollande ganó en mayo pasado no solo porque se
presentó como el “anti Sarkozy” sino, también, como el antídoto contra las
recetas restrictivas de la canciller Alemana Angela Merkel. Nada ha cambiado:
Merkel sigue en el trono de la austeridad y Hollande se instaló en el de la
impopularidad. La crisis no se ha atenuado y el jefe del Estado no puede más
que constar que, desde que llegó al poder, 900 personas por día se inscriben en
la lista del desempleo.
La
socialdemocracia francesa había prometido un mundo mejor, un país apaciguado,
una gestión más humana, una dimensión profundamente social de la acción
política. El liberalismo parlamentario tiene los dientes muy sólidos como para
vencerlo sólo con palabras. La frase con la que, en enero de 2012, Hollande
lanzó su campaña suena hoy como una canción de la infancia que se entona para
no olvidar que, alguna vez, la realidad pudo ser mejor: “mi enemigo no tiene
nombre, no tiene rostro ni partido, nunca presentará su candidatura y jamás
será electo: sin embargo, ese enemigo gobierna. Ese adversario es el mundo de
las finanzas”. Y ese adversario sigue gobernando con un eje director que viene
de Europa y de cuya disciplina los socialistas nunca se apartaron. Los votantes
de la izquierda ven al socialismo gobernante como un equipo sin las agallas
suficientes como para confrontarse con los imperios de las finanzas, los
mercados sin regulación, la especulación financiera y los gobiernos de derecha
liberal que pululan en Europa.
Ahí
está, para muchos analistas de Francia, la posible tabla de salvación capaz de
sacar a François Hollande de la mala racha. Desviar el rumbo de las políticas
presupuestarias restrictivas llevadas a cabo en Europa. Ese había sido uno de
los grandes argumentos de su campaña: poner término a la austeridad y al
sacrificio para impulsar políticas de crecimiento en Europa. Hasta los tercos
economistas del Fondo Monetario Internacional le dieron la razón: esas
políticas restrictivas vigentes en el Viejo Continente ahogan el crecimiento.
Francia cerrará el 2013 con un crecimiento nulo por segundo año consecutivo. Hoy
se entrevé una tímida alternativa. El PS francés hizo circular un texto de 21
páginas que se debatirá a mediados de junio en un congreso sobre Europa en el
cual interpela a Hollande a “enfrentar” a la derecha europea y a la canciller
alemana. Angela Merkel es calificada en ese texto como “egoísta” e
“intransigente”.
Algunos observadores ven en ese texto la premisa de una ruptura con las
políticas actuales. Al PS le urgen cambios: las elecciones municipales y
europeas de 2014 podrían ver cómo el descontento y la decepción se traducen en
revés electorales. Sin embargo, las próximas medidas que se esperan van en
contra de esas ilusiones. El Ejecutivo socialista se apresta a recortar los
subsidios familiares, a reformar otra vez el sistema de pensiones para ahorrar
plata y a cambiar, también, el seguro del desempleo. François Hollande
permanece imperturbable, fiel a su lema: “un mandato se juzga al principio y se
sanciona al final”. Sin embargo, incluso con medidas defendibles y nuevas,
François Hollande no logra imponer al país la imagen de un hombre que gobierna,
de un hombre que sabe adónde va con su proyecto. El presidente cree en la
pedagogía y las etapas progresivas. El desencanto de sus electores y la crisis
ensombrecen su método. “Las cosas no se calmarán”, dice Hollande a sus
allegados. Lo peor está aún por venir. La sanción se anticipó varios años a un
hombre convencido de que, sin cambiar gran cosa del sistema, todo irá mejor con el
correr del tiempo.
Los socialistas franceses
interpelaron al presidente Hollande para que enfrente a la Canciller alemana.
***
París no es una fiesta para Merkel.
El Partido Socialista Francés recriminó a la
Canciller alemana por su “intransigencia egoísta”.
*****
Progresistas europeos y
economistas de renombre acusan a la Canciller alemana de llevar una
responsabilidad aplastante en la situación de crisis. La derecha alemana en el
poder y la derecha francesa acusan a Hollande de “germanofobia”.
Por
Eduardo Febbro
Desde París Página /12 miércoles 1 de mayo del 2013.
El
modelo de una amistad donde uno de los integrantes, en este caso Alemania,
domina como un amo los contenidos de la relación ha encendido un conflicto de
fuertes acentos entre la derecha francoalemana y el Partido Socialista francés.
Hace unos días, en un documento de 21 páginas emitido por la dirección del
Partido Socialista, el PS interpelaba al presidente François Hollande para que,
abiertamente, enfrentara a la canciller alemana Angela Merkel y a la misma derecha
alemana a fin de cambiar la aplanadora de austeridad que impera en Europa bajo
la batuta de Berlín. El texto contenía términos poco usuales dentro de la
relación estratégica entre los dos países. El PS francés recriminó a Merkel su
“intransigencia egoísta” y estimó que el “proyecto europeo está herido” debido
a la “alianza de circunstancia” entre Merkel y el primer ministro británico,
David Cameron. De inmediato, la dividida derecha francesa hizo causa común
contra el Ejecutivo socialista y salió en defensa de la canciller alemana, a la
cual, sin embargo, tanto conservadores, socialistas europeos y economistas de
renombre acusan de tener una responsabilidad aplastante en la situación de
recesión, crisis de la deuda y políticas de rigor por las que atraviesa Europa.
Al
concierto de la mediocre derecha francesa –pocas veces ha sido tan pobre en
ideas y líderes– se le sumó la respuesta del propio campo de Merkel, quien
impugnó abiertamente a Francia y abrió con ello un frente antagónico que rompió
el sano consenso de las relaciones. Hasta ahora, el presidente socialista
François Hollande se había limitado a evocar la “tensión amistosa” que existía
entre París y Berlín. El Partido Socialista rompió el consenso público que
imperaba en el seno de la socialdemocracia europea y los lobos liberales no
tardaron en aullar sus letanías. El Ejecutivo alemán suavizó la controversia y
habló del excelente “trabajo mutuo” de Merkel y Hollande. El portavoz de
Merkel, Steffen Seibert, dijo que sólo importaba el trabajo “de los gobiernos,
no el de los partidos”. La formación de la canciller, CDU, en cambio, fue mucho
más lejos. El diputado Andreas Schockenhof habló de “expresiones improcedentes”
y dijo que “el de izquierda no puede desviar la atención del hecho de que
Francia necesita reformas estructurales profundas”. Schockenhof señaló que el
texto del PS francés no hacía más que “mostrar la desesperanza en la cual se
encuentran los socialistas franceses. Incluso un año después de su llegada al
poder (el próximo seis de mayo) no encuentran ninguna respuesta convincente a
los problemas financieros y económicos de su país”. La derecha francesa le
agregó su manto de hipocresía a la polémica. En un comunicado conjunto firmado
por los dos hermanos enemigos de la derechista UMP, su actual presidente
provisorio Jean-François Copé y su contrincante, el ex primer ministro François
Fillon, ambos denuncian la “responsabilidad personal” de Hollande en la
degradación “constante de la relación francoalemana”. A su vez, estos dos
líderes políticos que hipotecaron su credibilidad durante la batalla indecente
que protagonizaron por el control de la UMP denunciaron el “clima germanófobo
que gana al PS y a su aliado de la extrema izquierda”, en este caso Jean-Luc
Mélenchon. La derecha francesa se ha vuelto una calamidad. No tiene ideas, ni
proyectos y sólo existe por la xenofobia, el conservadurismo rancio y la pesca
constante de los errores de sus adversarios.
En realidad, los socialistas no hicieron más que llenar con palabras
audibles los espacios en los cuales todo el mundo se expresa de la misma manera
pero en silencio. El consenso hace que cualquier crítica abierta al liberalismo
alemán se convierta en un insulto o en una falta histórica cuando, de hecho,
desde hace dos años no hay líder político que no haga la misma reflexión,
aunque con otras palabras. Pero el aparato bancario alemán es intocable. La
Europa del sur viene clamando a gritos otra política. El recién nombrado
presidente del Consejo Italiano, Enrico Letta (ver aparte), fue el último en
exponer un vibrante alegato contra las políticas de austeridad impuestas por
Alemania y la Comisión Europea. Letta dijo que “con sólo sanear las cuentas
Italia se muere. Al cabo de una década sin crecimiento, las políticas de
estímulo no pueden esperar más. Ya no hay más tiempo”. Sin embargo, el control
de los déficit, el ahorro público a costa de matar al Estado de bienestar del
Viejo Continente se imponen a cualquier estímulo público de la economía. La
posición del PS deja al descubierto la existencia de una ya encarnada guerra de
modelos. Como lo expresó muy bien el jefe de la diplomacia alemana, Guido
Westerwelle, “el debate actual sobre el porvenir de Europa no es un conflicto
entre Francia y Alemania, sino una discusión necesaria entre escuelas políticas
diferentes sobre el camino adecuado para salir de la crisis”. De hecho,
Alemania empuja a Francia a ahondar las llamadas “reformas estructurales”, es
decir, la reforma del sistema de pensiones, la del mercado de trabajo y la
supresión de puestos de trabajo en el servicio público. En una situación de
recesión grave y desempleo record, esas medidas serían una sentencia de muerte
para el socialismo francés, que en 2014 enfrenta dos elecciones: las europeas y
las municipales. Nunca hubo en Francia tantos desempleados como hoy y jamás
hasta ahora, luego de apenas un año de mandato, un presidente había llegado a
niveles tan bajos de popularidad como Hollande.
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